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“Maestro, he caído de nuevo en el abismo. Las aguas
son profundas y oscuras”.
“Recuerda una cosa –responde el maestro-. Lo que ahoga
no es la zambullida, sino el permanecer bajo el agua”.
Es la nota que Pitu dejó a sus seres queridos (la mayoría
imaginarios) antes de saltar por la ventana. Había permanecido
demasiado tiempo bajo el agua y ya era hora de comprobar por sí
mismo qué es lo que hay al otro lado. Desde enero pensaba
en dar ese último paso, que no sabemos si se trata de un
paso hacia adelante o hacia atrás, pero con el frío
del invierno ni siquiera se atrevía a abrir la ventana, no
fuera a congelársele la nariz. Pero el otro día por
fin se puso manos a la obra, ayudado quizá por el calor que
emanaba del sol de la primavera y de las piernas desnudas de las
quinceañeras que en esta época del año no necesitan
abrir los labios para besar.
Los amigos de Pitu comentan por los bares lo ocurrido, en parte
sorprendidos, en parte no. Uno de los que ya lo veía venir
es José Luis, a quien lo único que le ha extrañado
ha sido la forma elegida por Pitu para intentar quitarse de en medio.
“Yo creo que le hubiera pegado mucho más utilizar una
forma que estuviera en conexión con la Semana Santa, como
crucificarse o darse latigazos hasta desangrarse de pasión”,
comenta.
‘Desaparezca aquí’ es la frase que según
dicen los más allegados a Pitu éste creyó leer
al otro lado de su casa en los carteles de neón que le guiñaban
el ojo como un carmín de labios de esos que sólo están
dispuestos a dejarnos su huella en el paquete de cigarros que acabará
quemando el humo de la madrugada.
El salto, que quienes lo presenciaron aseguran que estuvo acompañado
de una carcajada (la firma del autor), afortunadamente no acabó
con la vida de Pitu, aunque sí con algunas que otras de sus
costillas, que ahora tratan de repararle en el hospital, ese taller
mecánico para seres humanos por el que todos acabamos pasando,
muchos para desaparecer.
Miguel y sus amigos se han pasado en estos días por la casa
de Pitu para “echar un vistazo” y han decidido quemar
todas aquellas pertenencias que pudieran haberle abocado a tomar
la decisión de hacerle un corte de mangas al destino. El
fuego se llevó ya libros como ‘Menos que cero’,
de Breat Easton Ellis; discos enteros como el último
de Nacho Vegas; canciones tristes como ‘Pequeño
rockandroll’, de Quique González,
o ‘Por amor al comercio’, de Esclarecidos; películas
como ‘Delitos y faltas’ o ‘Interiores’,
de Woody Allen, y por supuesto todas las de Bergman.
Tampoco se olvidaron esas carreteras que no llevan a ninguna parte
ni de las fotos de todas las novias que Pitu ha tenido hasta la
fecha, aunque en este caso sólo encontraron la imagen un
albañil.
“Pobre Pitu. Todavía no entiendo cómo ha podido
hacerlo. ¡Y eso que llevaba una semana sin beber!”,
comenta un conocido de Pitu, a lo que José Luis responde:
“Es cierto, llevaba una semana sin beber, pero es que antes
de eso se había pasado cuarenta años bebiendo…”
No hay ninguna flor en la habitación de hospital de Pitu,
a quien para más inri esta misma semana le toca cumplir un
año más a pesar de su deseo de bajarse de una vez
por todas este mundo cruel. Pero así es la vida. La muerte
sólo nos llega al final, justo cuando ya estamos a punto
de empezar a aceptar la vida tal y como es. Así que Pitu
sobrevivirá ahora que ha sido él quien ha deseado
morir, pero no tardará en palmarla en cuanto le toque la
lotería o encuentre una chica que le quiera. O al menos un
albañil para arreglarle la casa. Pero todavía queda.
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