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“La vida es aceptar que la mayor parte del tiempo las banderas
estarán tendidas, la ropa por el suelo de la habitación,
los muelles de la cama rotos, los labios sin pintar y los árboles
sin hojas”, escucha Miguel a uno de sus inconfesables amigos
en la cafetería de un museo en la que suele recalar últimamente
para darse cierto aire intelectual. Reconoce no obstante que las
tapas de chorizo que le ponen y que no tiene más remedio
que comer para quedar bien con la camarera, que desde luego que
no para parecer más atractivo, no contribuyen especialmente
a ello.
Este tipo, llamémosle David o Estrella, que el nombre es
lo de menos, ha aceptado ya hace tiempo que la vida es un fracaso
de por sí y que por tanto no hay triunfo posible salvo el
de morir. El problema está en que, según él
(o ella, como prefiera cada cual) ser consciente de que no hay triunfo
posible es ya un triunfo en sí mismo que además nos
permite vivir más relajados, sin ningún tipo de ambición
que nos enturbie la existencia salvo la de seguir tumbados en una
hamaca de las islas sandwich (más conocidas como Hawai) mientras
nos abanica un hermafrodita (no vamos a decir una mujer y mucho
menos una negra, que luego nos acusan de machistas o racistas o
ambas cosas a la vez).
“De todas formas, tampoco te tomes muy en serio lo que te
acabo de decir –le dice a Miguel su amigo/a-. Ya sabes que
en esta vida no hay que darle demasiada importancia a nada, ni si
quiera al hecho de que uno decida no darle importancia a nada, es
decir, que ni siquiera tiene que importarnos que las cosas no tengan
importancia”.
No sabemos si por la influencia de David, de Estrella o de Pitu,
pero el caso es que son ya muchas las personas que le tachan de
pesimista al protagonista de estos artículos. Y lo cierto
es que dicen bien, porque hace ya varios años que Miguel
entendió que el pesimismo es la única postura coherente
siempre, eso sí, que se tome con humor. Al que Nacho
Vegas, opina así que “la única manera
de hablar de las cosas positivas de la vida es tomar conciencia
de que éstas tienen un final y que esto es lo bueno de ellas”.
“La vida es bella”, le suelen decir a Miguel sus amigas
cada dos por tres, pero él siempre les responde que ese es
el nombre de una película italiana que no estaba mal, pero
nada más.
“Si la miramos con perspectiva, nuestra vida no es más
que la crónica de un suceso que terminará en un desenlace
trágico porque por muchas batallas que ganemos siempre perderemos
la última, que es la que importa”, apunta con amargura
nuestro amigo.
Afortunadamente, las conversaciones trascendentales sobre lo perra
que es la vida y la proximidad de la muerte pueden ser tema a tratar
en el bar más próximo de la esquina o en las cafeterías
de los museos, pero no en las discotecas. De lo contrario Miguel
sería rechazado mucho más de lo que ya es ahora por
todas esas quinceañeras que parece que sólo tienen
oídos para escuchar música horripilante. Quiero decir
que no tienen oído. Aunque en lo que principalmente se suele
fijar nuestro amigo es en su pandero, para qué nos vamos
a engañar.
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