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Cuenca, miércoles 3 de mayo de 2006

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La vida como suceso trágico
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“La vida es aceptar que la mayor parte del tiempo las banderas estarán tendidas, la ropa por el suelo de la habitación, los muelles de la cama rotos, los labios sin pintar y los árboles sin hojas”, escucha Miguel a uno de sus inconfesables amigos en la cafetería de un museo en la que suele recalar últimamente para darse cierto aire intelectual. Reconoce no obstante que las tapas de chorizo que le ponen y que no tiene más remedio que comer para quedar bien con la camarera, que desde luego que no para parecer más atractivo, no contribuyen especialmente a ello.

Este tipo, llamémosle David o Estrella, que el nombre es lo de menos, ha aceptado ya hace tiempo que la vida es un fracaso de por sí y que por tanto no hay triunfo posible salvo el de morir. El problema está en que, según él (o ella, como prefiera cada cual) ser consciente de que no hay triunfo posible es ya un triunfo en sí mismo que además nos permite vivir más relajados, sin ningún tipo de ambición que nos enturbie la existencia salvo la de seguir tumbados en una hamaca de las islas sandwich (más conocidas como Hawai) mientras nos abanica un hermafrodita (no vamos a decir una mujer y mucho menos una negra, que luego nos acusan de machistas o racistas o ambas cosas a la vez).

“De todas formas, tampoco te tomes muy en serio lo que te acabo de decir –le dice a Miguel su amigo/a-. Ya sabes que en esta vida no hay que darle demasiada importancia a nada, ni si quiera al hecho de que uno decida no darle importancia a nada, es decir, que ni siquiera tiene que importarnos que las cosas no tengan importancia”.

No sabemos si por la influencia de David, de Estrella o de Pitu, pero el caso es que son ya muchas las personas que le tachan de pesimista al protagonista de estos artículos. Y lo cierto es que dicen bien, porque hace ya varios años que Miguel entendió que el pesimismo es la única postura coherente siempre, eso sí, que se tome con humor. Al que Nacho Vegas, opina así que “la única manera de hablar de las cosas positivas de la vida es tomar conciencia de que éstas tienen un final y que esto es lo bueno de ellas”.

“La vida es bella”, le suelen decir a Miguel sus amigas cada dos por tres, pero él siempre les responde que ese es el nombre de una película italiana que no estaba mal, pero nada más.

“Si la miramos con perspectiva, nuestra vida no es más que la crónica de un suceso que terminará en un desenlace trágico porque por muchas batallas que ganemos siempre perderemos la última, que es la que importa”, apunta con amargura nuestro amigo.

Afortunadamente, las conversaciones trascendentales sobre lo perra que es la vida y la proximidad de la muerte pueden ser tema a tratar en el bar más próximo de la esquina o en las cafeterías de los museos, pero no en las discotecas. De lo contrario Miguel sería rechazado mucho más de lo que ya es ahora por todas esas quinceañeras que parece que sólo tienen oídos para escuchar música horripilante. Quiero decir que no tienen oído. Aunque en lo que principalmente se suele fijar nuestro amigo es en su pandero, para qué nos vamos a engañar.

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