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Nuria tiene un aire de desatada y loca en la noche, aunque por
el día está igual de desatada y loca.
Sólo toma pastillas para después de dormir. Me dijo
que me iba pasar alguna para combatir esas resacas que se niega
a compartir conmigo, pero aquí sigo esperando, bajo la lluvia,
a que me abra las ventanas de los días de después.
Sus tetas amamantan a su hermana y a las amigas de su hermana, de
las que cuida como la mejor madre del mundo. Miguel y yo daríamos
la vida porque a nosotros también nos acunara en ellas, pero
se niega su recato. “Que ya nos conocemos”, dice, y
dice bien, pero el caso es que a los dos nos gustaría conocerla
algo mejor. Ella sería la madre perfecta para los hijos que
nunca tendremos.
Sus labios están pintados con los restos de una fiesta que
acaba de empezar, que nunca acaba. Y su mirada de diva de cabaré
da lumbre a las cenizas que esconde el interior de cada hombre menos
pensado.
Baila bajo la noche con estrellas agarrando con fuerza su cubata
de ron, para que no se le escape el duende. La bebida le dura poco
pero qué importa eso si la noche seguirá bajo su falda.
Es una mujer pegada a un móvil de los muchos amigos que tiene.
A Miguel y a mí nos tiene en la cola de su agenda y por eso,
la verdad, nos llama poco. Pero por más que nos llamara siempre
nos parecería poco porque nunca es suficiente cuando hay
alguien que merece la pena.
Su regazo es un columpio que atraviesa las nubes grises de oficina,
aunque sus cuerdas están rotas de tanto columpiarnos en los
sueños que nos negamos a dormir si no es con ella.
Sólo fuma besos que dejan en los labios del receptor la huella
de su amabilidad, que no se borra. Y nunca dispara a matar porque
no cree en la guerra y mucho menos en el amor si no se siente en
libertad.
Por sus altas montañas quisiera Miguel escalar hasta caer
para quedarse cojo de las tres piernas. “Que la de en medio
es de todas formas la que menos importa”, dice, convencido
de que le bastaría con sus manos para hacerla más
feliz de lo que ya no necesita ser.
Es de Madrid pero está afincada en donde pisa, que es el
mundo. Y el felpudo de su casa, casi siempre reluciente, a veces
tiene la huella de los países que todavía le quedan
por recorrer.
Sabe ondear al viento la bandera de sus bragas, que no son de ningún
país pero son suyas, aunque hay quien opina que las debería
compartir con sus paisanos, sean de donde sean.
Tiene las piernas largas como la vida, y en lo alto hay una luna
de verano que se niega a ser mayor y que desde hace mucho tiempo
sabe que el verano son sus dos piernas al aire.
Sus zapatillas de andar por casa parecen zapatos de tacón
de aguja en sus pies, y tiene la boca grande para poder besar mejor
a los amantes que hacen cola bajo la ventana de su casa de Antón
Martín.
Su cuerpo desnudo debe ser como una sirena sin escamas, y se le
rizan los ojos cada vez que mira en los míos el reflejo de
los suyos.
Tiene metida la noche en el interior de su bolso, entre las compresas
y el cargador del móvil, y por eso sale con él a pasear,
de barra en barra, aunque a ella le gusta más el medio de
la pista. No lo hace por hacerse notar, pero se nota.
Y aunque tiene muchas curvas, nunca vuelve a casa haciendo eses.
Ella es inmune a la noches y por eso son muchas las veces que me
tiene que llevar a casa a cuestas. Allí me pone el pijama
y después se despide con un beso de buenas noches en la mejilla.
Pero yo no se lo agradezco porque a la mañana siguiente nunca
me acuerdo de nada.
Quizá le falta ponerse de vez en cuando unas medias negras
que hagan juego con su bolso, donde se esconde el porvenir, pero
no hay media más bonita que su piel, que siempre ladra.
“Nuria, sencilla y complicadamente Nuria, boca con besos,
vino guerrero, aceituna sin hueso y tapa de boquerón siempre
en su tinta”, proclama al viento de mayo su Miguel, nuestro
Miguel.
Yo me quedé hasta tarde escribiendo estas líneas de
las que sé que ella se reirá por esa costumbre que
tiene de no tomarse en serio ni las bromas que le gasto. Digamos
que es el único pero que le podríamos poner, pero
mejor no tomarlo en cuenta para que no se enfade, que tampoco lo
haría. Es lo que tiene ser feliz y estar dispuesta a seguir
siéndolo. Pese a quien pese.
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