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La madre de Pili acostumbra a tomar el sol de los domingos desnuda
sobre el césped del jardín de su casa de Guadalajara.
Miguel y sus amigos han sido descubiertos por algún Policía
Local en más de una ocasión cuando trataban de escalar
la tapia del muro que separa la calle de esas curvas al aire que
son un revulsivo para cualquier pulmón. Pero a pesar de ser
conocedor de sus intenciones, el Policía Local nunca osa
detenerles, sino que se une a la fiesta como un descerebrado más.
Pili todavía no se ha atrevido a seguir la estela de su madre
y provocar al sol con su cuerpo ingenuamente sensual para hacer
más apetecibles que nunca los gin-tonics a los borrachos
que darían la vida por contemplarla desde el otro lado. Prefiere
quedarse en su habitación, preparándose para los exámenes
del último curso de Carrera. Las malas lenguas dicen no obstante
que, aunque es cierto que estudia, lo hace desnuda, y que cuando
se agobia con el tema en cuestión suda gotas de mar del Caribe
que recorren su cuerpo hasta mojar al gato que se protege, acurrucado,
bajo sus piernas de sombrilla.
No es que Pili sea más atractiva que su madre, pero tampoco
lo es menos. Y lo curioso del asunto es que tal concentración
de rayos sexuales en una misma vivienda hace que el repartidor de
pollos pierda un pollo cada vez que pasa por delante de su jardín.
Pili es flor de muchos días pero pocas noches, porque lo
suyo es salir a la calle cuando el sol acaba de aparecer en escena,
probablemente para ver cómo despierta Pili. Así aprovecha
mucho mejor la vida (o eso dice, porque uno nunca sabe si la vida
es algo a lo que se puede sacar algún provecho) y se realiza
a sí misma desde el primer café hasta la hora de la
leche con galletas. Sus amigos le dicen que el tiempo también
está para perderlo, pero ella responde que no, que todo puede
ser oro si se mira bien. Y para evitar perderse dentro de sí
misma, siempre lleva consigo una brújula con la que se orienta
hasta en los días en los que la niebla trata de colarse por
el blanco de sus ojos.
Como Pili y Miguel llevan unos horarios tan descompensados, nuestro
amigo pocas veces logra coincidir con ella. Con mayor frecuencia,
lo hace cuando él acaba de salir de uno de esos garitos de
mala muerte, como ‘El puerto’, y ella acude a comprar
el pan de cada día al supermercado ‘Champion’
de las proximidades. A Miguel no le importaría en absoluto
ser una de esas barras de pan que le calientan a Pili las axilas.
Y a su amigo Pitu, tampoco.
“Hay tres cosas que nunca vuelven atrás: la palabra
pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida”,
le dice Pitu a Miguel mientras, sentados en una terraza que hay
frente a la casa de Pili, observan a la chica de sus sueños
alejarse en un coche rojo de la casa de sus padres y piensan en
la cantidad de oportunidades que han perdido y en las muchas que
todavía les quedan por perder. Lo bueno es que ya están
tan acostumbrados a ello que tampoco les afecta tanto. Que lloren
los futbolistas.
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