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Cuenca, miércoles 17 de mayo de 2006

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Pili
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La madre de Pili acostumbra a tomar el sol de los domingos desnuda sobre el césped del jardín de su casa de Guadalajara. Miguel y sus amigos han sido descubiertos por algún Policía Local en más de una ocasión cuando trataban de escalar la tapia del muro que separa la calle de esas curvas al aire que son un revulsivo para cualquier pulmón. Pero a pesar de ser conocedor de sus intenciones, el Policía Local nunca osa detenerles, sino que se une a la fiesta como un descerebrado más.

Pili todavía no se ha atrevido a seguir la estela de su madre y provocar al sol con su cuerpo ingenuamente sensual para hacer más apetecibles que nunca los gin-tonics a los borrachos que darían la vida por contemplarla desde el otro lado. Prefiere quedarse en su habitación, preparándose para los exámenes del último curso de Carrera. Las malas lenguas dicen no obstante que, aunque es cierto que estudia, lo hace desnuda, y que cuando se agobia con el tema en cuestión suda gotas de mar del Caribe que recorren su cuerpo hasta mojar al gato que se protege, acurrucado, bajo sus piernas de sombrilla.

No es que Pili sea más atractiva que su madre, pero tampoco lo es menos. Y lo curioso del asunto es que tal concentración de rayos sexuales en una misma vivienda hace que el repartidor de pollos pierda un pollo cada vez que pasa por delante de su jardín.

Pili es flor de muchos días pero pocas noches, porque lo suyo es salir a la calle cuando el sol acaba de aparecer en escena, probablemente para ver cómo despierta Pili. Así aprovecha mucho mejor la vida (o eso dice, porque uno nunca sabe si la vida es algo a lo que se puede sacar algún provecho) y se realiza a sí misma desde el primer café hasta la hora de la leche con galletas. Sus amigos le dicen que el tiempo también está para perderlo, pero ella responde que no, que todo puede ser oro si se mira bien. Y para evitar perderse dentro de sí misma, siempre lleva consigo una brújula con la que se orienta hasta en los días en los que la niebla trata de colarse por el blanco de sus ojos.

Como Pili y Miguel llevan unos horarios tan descompensados, nuestro amigo pocas veces logra coincidir con ella. Con mayor frecuencia, lo hace cuando él acaba de salir de uno de esos garitos de mala muerte, como ‘El puerto’, y ella acude a comprar el pan de cada día al supermercado ‘Champion’ de las proximidades. A Miguel no le importaría en absoluto ser una de esas barras de pan que le calientan a Pili las axilas. Y a su amigo Pitu, tampoco.

“Hay tres cosas que nunca vuelven atrás: la palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida”, le dice Pitu a Miguel mientras, sentados en una terraza que hay frente a la casa de Pili, observan a la chica de sus sueños alejarse en un coche rojo de la casa de sus padres y piensan en la cantidad de oportunidades que han perdido y en las muchas que todavía les quedan por perder. Lo bueno es que ya están tan acostumbrados a ello que tampoco les afecta tanto. Que lloren los futbolistas.

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