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Cuenca, miércoles 31 de mayo de 2006

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En el asiento de atrás
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Miguel recuerda los asientos traseros de los coches en los que se dejó llevar, no importaba adonde, pues nunca faltaba el sitio al que dirigirse, incluso aunque no hubiera ningún sitio adonde ir: bastaba con que la chica de paso en cuestión hubiera dejado su coche aparcado en la esquina más discreta de la ciudad, en uno de esos lugares donde ni la luna de los escaparates en las que se refleja el paso de las estaciones se detiene a espiar la indecencia que se esconde debajo una de esas faldas que abrigan más que el frío de la vida, que son todas las faldas.

Miguel, que nunca fue fiel, siempre guardó fidelidad a las chicas que se le mostraban naturales en moteles de una noche, esas chicas que son las mejores chicas y que hacen que los moteles en los que desnudan sean a su vez los mejores moteles. Entre sus pechos acostumbraba a quedarse dormido como un niño con las persianas bajadas a los pegajosos rayos que deja en el cielo de la aurora la resaca. Y, ya después, en ese momento en que uno se hace consciente de que todo ha terminado, quizá porque todo es nada, nuestro amigo acostumbraba a cambiar los besos de tornillo de la noche por uno más calmado en la mejilla, como para verificar que todo es pasajero y que lo único que uno desea más pronto que tarde es despedirse para no volver a verse nunca.

“Las cosas son como son, aunque siempre las cuenten de otra manera en los telediarios”, piensa para sí Miguel, a quien últimamente le da por decir, incluso en las fiestas, unas palabras que no son sino una trágica variación de una de las frases más conocidas de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis enfermedades”, dice, mientras trata de acordarse de las veces que ha estado ingresado en el hospital. Y, aunque la memoria no le alcanza, contabiliza por lo menos catorce enfermeras.

“No eres nada sensato”, le respondió a Miguel, tras conocer su revisión de Ortega, una novia que tuvo hace muchos años, una tipa con un carácter tan posesivo que le llegó a cansar antes incluso de llevársela a la cama. “Sensatez no me falta”, le dijo Miguel poco antes de abandonarla para siempre, “si acaso lo que tengo es una sensatez descontrolada. Y ojala que dure”.

Nuestro amigo no tardó en volver a los asientos traseros que no le llevaban a ninguna parte, pero en los que a veces llegaba hasta el fin del mundo. Y a pesar de vivir con una depresión a cuestas como una úlcera incurable, de vez en cuando logra dejar atrás todas esa nubes negras que a menudo se le cruzan en el camino acelerando el acelerador en compañía de una de esas rubias de bote que le ofrecen besos en almíbar por las autopistas de otro mundo es posible todavía, aunque tenga que ser en otra parte y a cada paso vayamos escupiendo el humo de un tubo de escape que parece que se descompone en nuestro estómago. En algún lugar del mundo hay que empezar de nuevo, o eso dicen.

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