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Miguel recuerda los asientos traseros de los coches en los que
se dejó llevar, no importaba adonde, pues nunca faltaba el
sitio al que dirigirse, incluso aunque no hubiera ningún
sitio adonde ir: bastaba con que la chica de paso en cuestión
hubiera dejado su coche aparcado en la esquina más discreta
de la ciudad, en uno de esos lugares donde ni la luna de los escaparates
en las que se refleja el paso de las estaciones se detiene a espiar
la indecencia que se esconde debajo una de esas faldas que abrigan
más que el frío de la vida, que son todas las faldas.
Miguel, que nunca fue fiel, siempre guardó fidelidad a las
chicas que se le mostraban naturales en moteles de una noche, esas
chicas que son las mejores chicas y que hacen que los moteles en
los que desnudan sean a su vez los mejores moteles. Entre sus pechos
acostumbraba a quedarse dormido como un niño con las persianas
bajadas a los pegajosos rayos que deja en el cielo de la aurora
la resaca. Y, ya después, en ese momento en que uno se hace
consciente de que todo ha terminado, quizá porque todo es
nada, nuestro amigo acostumbraba a cambiar los besos de tornillo
de la noche por uno más calmado en la mejilla, como para
verificar que todo es pasajero y que lo único que uno desea
más pronto que tarde es despedirse para no volver a verse
nunca.
“Las cosas son como son, aunque siempre las cuenten de otra
manera en los telediarios”, piensa para sí Miguel,
a quien últimamente le da por decir, incluso en las fiestas,
unas palabras que no son sino una trágica variación
de una de las frases más conocidas de Ortega y Gasset:
“Yo soy yo y mis enfermedades”, dice, mientras trata
de acordarse de las veces que ha estado ingresado en el hospital.
Y, aunque la memoria no le alcanza, contabiliza por lo menos catorce
enfermeras.
“No eres nada sensato”, le respondió a Miguel,
tras conocer su revisión de Ortega, una novia que tuvo hace
muchos años, una tipa con un carácter tan posesivo
que le llegó a cansar antes incluso de llevársela
a la cama. “Sensatez no me falta”, le dijo Miguel poco
antes de abandonarla para siempre, “si acaso lo que tengo
es una sensatez descontrolada. Y ojala que dure”.
Nuestro amigo no tardó en volver a los asientos traseros
que no le llevaban a ninguna parte, pero en los que a veces llegaba
hasta el fin del mundo. Y a pesar de vivir con una depresión
a cuestas como una úlcera incurable, de vez en cuando logra
dejar atrás todas esa nubes negras que a menudo se le cruzan
en el camino acelerando el acelerador en compañía
de una de esas rubias de bote que le ofrecen besos en almíbar
por las autopistas de otro mundo es posible todavía, aunque
tenga que ser en otra parte y a cada paso vayamos escupiendo el
humo de un tubo de escape que parece que se descompone en nuestro
estómago. En algún lugar del mundo hay que empezar
de nuevo, o eso dicen.
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