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Cuenca, miércoles 14 de junio de 2006

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Lo que se puede encontrar uno a ciertas horas de la noche
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Se encuentra uno a veces con gente de lo más variopinta por los bares. El sábado pasado, por ejemplo, Miguel estuvo charlando con un tipo alto y delgado con los mofletes sonrosados por el vino (aunque también había bebido coñac), al que sólo le faltaba la cola para que ser un clon de la pantera rosa. La persona en cuestión se le puso hablar a nuestro amigo sobre asuntos que él consideraba de lo divino y lo humano, pero que a Miguel le parecían casi tan inhumanos como la cola que temía que en cualquier momento pudiera salir del culo de su interlocutor.

Entre otras muchas cosas le contó que una de sus últimas amantes, una tal Lorena, tuvo hace unos pocos días un accidente y está en coma. Y que el coche hizo que, aunque tampoco tenía muchas, sus neuronas se fueran a tomar por culo y que lo más probable es que no salga de esta salvo en plan vegetal, que es como no salir de ningún sitio o salirse demasiado de uno mismo. “La pobre chica sólo tenía 21 añitos y un día y mira ahora”, le decía a nuestro amigo, a quien no paraba de recordar que los coches son en realidad ataúdes con ruedas y que la única salida que nos queda en este mundo es hacer todo el mal posible a los demás antes de que nos lo hagan a nosotros, que nos lo harán.

También le dijo que su última novia, con la que llevaba seis años compartiendo piso y alguna que otra decepción, le había abandonado. Que se había ido de casa arrojándose por la ventana y que aunque él todavía suele dejar la puerta entreabierta por las noches, por si las moscas, no tienen ninguna esperanza de que vaya a regresar. “Quizá por el Día de todos los Santos, pero por lo demás la cosa está complicada. Yo desde luego que no pienso ir a visitarla al cementerio. Que no me hubiera dejado”, dice.

Aquel tipo le habló después a Miguel sobre la tarde en la que se topó con una tía que, temblorosa en lo alto de un muro, amenazaba con suicidarse y darle un último corte de mangas a la vida, o a lo poco que le quedaba ya de ella. Pese a lo extremo de la situación, él, ni corto de perezoso, le pidió que se tirara desnuda o que esperara hasta pasadas las ocho de la tarde, cuando el parque estaría lleno de esos jóvenes que practican a destajo el botellón, que seguro que se animaban a tomar fotografías de su caída. “También se me pasó por la cabeza pedirle que echara conmigo el último polvo de su vida, pero era demasiado fea”, le confesó a Miguel, quien no dudó en preguntarle si finalmente la chica se tiró o no. “Eso ya no lo sé”, le respondió, “yo me fui porque estaba a punto de empezar el fútbol”.

Tras tanto suceso triste Miguel le dijo que le contara algo feliz. Y entonces su nuevo ‘amigo’ le habló sobre lo bien que se lo había pasado la noche anterior dándole una paliza a unos tíos que habían tratado de robarle la cartera. Que le dio patadas incluso a un chaval menor de edad que se había desmayado y que hasta le hizo tragar polvo del suelo. “Me comporté como un cabrón, lo admito, pero no sabes la de adrenalina que se suelta”, le dijo a Miguel, a quien en ese momento se le vino a la memoria una vieja frase de José Luis Coll: “Cuando apaleo a un anciano enfermo, después me remuerde la conciencia”.

Miguel terminó su cubata de un trago, se puso la chaqueta y el bombín, cogió su paraguas (siempre llueve, cuando no en la calle al menos en los pulmones de las ciudades de noche) y se marchó con un “hasta otra”, aunque lo cierto es que esperaba no volver a ver jamás a aquel tipo con físico de pantera rosa y cerebro de cabra. Aunque las cabras no pegan a la gente y además dan quesos.

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