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Se encuentra uno a veces con gente de lo más variopinta
por los bares. El sábado pasado, por ejemplo, Miguel estuvo
charlando con un tipo alto y delgado con los mofletes sonrosados
por el vino (aunque también había bebido coñac),
al que sólo le faltaba la cola para que ser un clon de la
pantera rosa. La persona en cuestión se le puso hablar a
nuestro amigo sobre asuntos que él consideraba de lo divino
y lo humano, pero que a Miguel le parecían casi tan inhumanos
como la cola que temía que en cualquier momento pudiera salir
del culo de su interlocutor.
Entre otras muchas cosas le contó que una de sus últimas
amantes, una tal Lorena, tuvo hace unos pocos días un accidente
y está en coma. Y que el coche hizo que, aunque tampoco tenía
muchas, sus neuronas se fueran a tomar por culo y que lo más
probable es que no salga de esta salvo en plan vegetal, que es como
no salir de ningún sitio o salirse demasiado de uno mismo.
“La pobre chica sólo tenía 21 añitos
y un día y mira ahora”, le decía a nuestro amigo,
a quien no paraba de recordar que los coches son en realidad ataúdes
con ruedas y que la única salida que nos queda en este mundo
es hacer todo el mal posible a los demás antes de que nos
lo hagan a nosotros, que nos lo harán.
También le dijo que su última novia, con la que llevaba
seis años compartiendo piso y alguna que otra decepción,
le había abandonado. Que se había ido de casa arrojándose
por la ventana y que aunque él todavía suele dejar
la puerta entreabierta por las noches, por si las moscas, no tienen
ninguna esperanza de que vaya a regresar. “Quizá por
el Día de todos los Santos, pero por lo demás la cosa
está complicada. Yo desde luego que no pienso ir a visitarla
al cementerio. Que no me hubiera dejado”, dice.
Aquel tipo le habló después a Miguel sobre la tarde
en la que se topó con una tía que, temblorosa en lo
alto de un muro, amenazaba con suicidarse y darle un último
corte de mangas a la vida, o a lo poco que le quedaba ya de ella.
Pese a lo extremo de la situación, él, ni corto de
perezoso, le pidió que se tirara desnuda o que esperara hasta
pasadas las ocho de la tarde, cuando el parque estaría lleno
de esos jóvenes que practican a destajo el botellón,
que seguro que se animaban a tomar fotografías de su caída.
“También se me pasó por la cabeza pedirle que
echara conmigo el último polvo de su vida, pero era demasiado
fea”, le confesó a Miguel, quien no dudó en
preguntarle si finalmente la chica se tiró o no. “Eso
ya no lo sé”, le respondió, “yo me fui
porque estaba a punto de empezar el fútbol”.
Tras tanto suceso triste Miguel le dijo que le contara algo feliz.
Y entonces su nuevo ‘amigo’ le habló sobre lo
bien que se lo había pasado la noche anterior dándole
una paliza a unos tíos que habían tratado de robarle
la cartera. Que le dio patadas incluso a un chaval menor de edad
que se había desmayado y que hasta le hizo tragar polvo del
suelo. “Me comporté como un cabrón, lo admito,
pero no sabes la de adrenalina que se suelta”, le dijo a Miguel,
a quien en ese momento se le vino a la memoria una vieja frase de
José Luis Coll: “Cuando apaleo a un anciano enfermo,
después me remuerde la conciencia”.
Miguel terminó su cubata de un trago, se puso la chaqueta
y el bombín, cogió su paraguas (siempre llueve, cuando
no en la calle al menos en los pulmones de las ciudades de noche)
y se marchó con un “hasta otra”, aunque lo cierto
es que esperaba no volver a ver jamás a aquel tipo con físico
de pantera rosa y cerebro de cabra. Aunque las cabras no pegan a
la gente y además dan quesos.
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