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Cuenca, miércoles 21 de junio de 2006

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Nos volveremos a ver
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Hay veces en las que cuesta ventilar la habitación en la que ella se quedó a pasar la noche, y varios días después seguimos sintiendo en el aire esa mezcla de perfume, tabaco y sudor que hace que el alma se nos caiga al pie de la cama, como la ropa que ella se quitó justo antes de empezar a hacer el amor.

Miguel recuerda demasiados despertares de esos en los que se despertó solo (o abrazado a la almohada) porque ella ya se había ido, en medio de la noche, adónde nunca lo supo, y demasiadas mañanas en las que, aunque amaneció acompañado, tuvo que precipitar su marcha de la habitación en cuanto ella, perdida la memoria de la noche anterior, abrió los ojos y se puso a gritarle con sus uñas afiliadas de tormenta.

Sucede que algunos de esos amores de una noche, que a veces no pasan de los cinco minutos, se llegan a prolongar en el recuerdo durante toda una vida. Y Miguel ha recibido tantos besos de esos que le secaron la saliva para después marchar que cada vez le cuesta más respirar por la boca y si lo hace por la nariz no puede evitar oler las manchas de humedad que le han ido dejando el tiempo y las mujeres en las paredes de su cuerpo.

Son chicas que, en realidad, en la mayoría de los casos ni siquiera nos dejan una huella ni un nombre que recordar, pero que en otros es como si nos hubiera pasado por encima una apisonadora o como si su lengua fuera un abrelatas que acabó degollándonos la oreja del corazón.

“Nos volveremos a ver”, le mintió a Miguel una chica a la que acompañó hasta su casa y que luego nunca le llamó ni volvió a dirigirle la boca para besarle bajo la tormenta y electrocutarse juntos de pasión.

Y desde entonces anda Miguel como desorientado, o desorientado a secas, sin el como y casi sin comer, buscándose por los espejos de los bares la sonrisa que se le ha evaporado del rostro y que sabe que no podrá encontrar hasta que vuelva a dar con unos de esos ojos capaces de electrocutarle a primera vista.

“No te preocupes, que las únicas chicas que valen la pena son las que has podido conocer a fondo y no sólo no te han hecho caer por su agujero, sino que te han permitido salir de muchos agujeros”, le dice a Miguel su amigo José Luis, que desde que tiene novia se ha limpiado de la sangre de tinta roja que se escapa de los tangos de Calamaro y vive feliz sin tener que cerrar todos los bares de la ciudad. “Lo único malo es que se hace más el amor cuando no se tiene novia”, reconoce, “pero al menos así me acuesto y me levanto acompañado”.

Y entonces piensa Miguel en que probablemente sea imposible vivir sin hacer el amor, pero que también el amor es necesario, aunque sólo sea para dormir, por más que con el tiempo se rompa en tantos pedazos como el espejo en el que hace tiempo que no logramos vernos reflejados. Y es que también con el tiempo llegará una mañana en la que nos veremos paseando por la calle con los zapatos nuevos y relucientes, enteros y con ganas de volver a pisar mierda.

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