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“Yo no soy una chica para ti”, le dijo a Miguel, nada
más dejarla en casa, una chica a la que le propuso compartir
algo más que unas caricias pero que, al parecer, no estaba
dispuesta a más darle más tiempo del que, aunque a
regañadientes, se dejó robar en una noche de esas
en las que, como todas, dieron demasiado pronto las diez de la mañana.
“Tú estás demasiado obsesionado con la muerte
y sus arrugas, con las canciones que ese tal Nacho Vegas parece
haber sacado del subsuelo, con los desamores con aliento a tequila
de José Alfredo, con esos cineastas suecos o coreanos a los
que ni entiendo ni quiero entender, con eso de que no hay final
feliz pero el final es inevitable, con el tedio de las tardes del
domingo y con esas pensiones de mala muerte de París por
cuyas grietas entra el aguacero de los días tristes. Pero
yo soy una chica vitalista a la que le gusta la vida, los gimnasios,
el campo, las vitaminas, las series más tontas de la tele,
las canciones de los 40, el cine americano, el reaggeton, los best-seller,
los zumos de piña o de naranja, Brasil y las palmeras”,
le dijo mirando al suelo.
Miguel, boquiabierto, le contestó, por si colaba, que en
el fondo tampoco eran tan distintos, que a él le gustaban
todas las películas americanas de Woody Allen, que a veces
se animaba a bailar (aunque después de cuatro copas), que
de pequeño veía ‘Matrimonio con hijos’,
que en los 40 también radian a Sabina, que él no era
persona si no se tomaba un zumo de naranja todas las mañanas,
que el gimnasio está lleno de chicas muy guapas y que el
campo le encantaría si no fuera por los mosquitos.
Pero nada, que ella insistía en que no y que no. “Sé
que si me quedo contigo acabaré odiando la vida y con ello
te odiaré a ti. Y yo no quiero odiar sino a la muerte. Paso
de comerme la cabeza con las enfermedades, las guerras, los hospitales,
la injusticia y las almas en pena que vagan por los bajos barrios
y por la mañana amanecen muertos en la esquina o en el armario
de una mujer fatal. No es que pida demasiado. Simplemente quiero
poder fumar tranquila”.
Así que la mujer en cuestión se apresuró hacia
su casa y en el ruido de sus tacones, que se alejaban en la mañana,
Miguel sintió el dolor de una nueva oportunidad perdida clavándosele
en el costado del corazón. Se secó el sudor de la
frente con uno de esos pañuelos que se agitan en las estaciones
para decir adiós y paró un taxi con la esperanza de
perderse con él por la ciudad y de que el viaje se le hiciera
lo más largo posible. Porque no tenía ganas de regresar
al hogar con las manos vacías en los bolsillos donde probablemente
ya no le cabrían nuevos sueños. Bastantes perdió
ya.
Epílogo
Pero el verano es muy largo y a nuestro amigo se le presentó
una nueva oportunidad, pasado un tiempo, de intentar conquistar
el corazón de aquella buena chica que le recordaba a las
mejores tardes del verano de su juventud, cuando se escapaba con
su bicicleta del centro de su ciudad para perderse por los extrarradios
y tumbarse en algún parque, cuanto más perdido mejor,
para soñar con las chicas a las que nunca conoció.
El caso es que volvió a encontrarla en una discoteca y entonces
ella, que había pasado una mala semana, le dijo que tal vez,
a lo mejor, tampoco era tan mala la idea esa de confrontar dos caracteres
tan dispares para crear, juntos, uno propio y diferente, una mezcla
de dos personalidades en la que cada componente conserve, y a la
vez rechace, su propia personalidad, con depresiones de un lado
y alegrías del otro para llegar así un equilibrio
que sólo se pueda romper porque la balanza caiga del lado
del amor.
Convencido de que las cosas podían, por fin, cambiar, esa
noche nuestro amigo la dejó escapar (no quería agobiarla)
pero, a la noche siguiente, contrató a una banda de mariachis
de Jalisco y se fue con ellos hasta su casa para cantarle bajo su
balcón por José Alfredo eso de “que no somos
iguales dice la gente / que tu vida y mi vida se van a perder /
que yo soy un canalla y que tú eres decente / que dos seres
distintos no se pueden querer. / Pero yo ya te quise y no te olvido
/ y morir en tus brazos es mi ilusión / y como alguien me
dijo que la vida es muy corta / esta vez para siempre he venido
por ti.”.
Y entonces ella, tan emocionada que hasta parecía que se
había emocionado de verdad, le tendió las coletas
para que nuestro amigo pudiera trepar, sin riesgos, hasta su habitación,
donde se besaron como si ambos fueran vírgenes de boca y
no tuvieran tantos desengaños que ocultar bajo una piel cada
vez más envejecida.
Al amanecer, Miguel se sintió tan feliz que hasta pensó
en huir: no podía ser que por fin hubiera conseguido hacer
realidad algo parecido a un sueño. Sin embargo, al instante
recapacitó y dejó que pasaran muchas, muchas horas,
y recostado en los pechos de aquella mujer comprendió que
en realidad ya se encontraba huido (huido del puñetero mundo
exterior) y que ahora lo que tenía que hacer era esperar
que nadie le encontrara y le volviera a sacar a ese ruedo donde
hasta el más débil en apariencia está dispuesto
a clavarnos banderillas en el alma. Su deber era, por tanto, quedarse
con ella en aquella habitación y tomarse unas vacaciones
del mundo exterior hasta, por lo menos, septiembre, que ya está
bien de sufrir tanto cuando lo único que merece la pena es
el amor. “No te me acabes nunca, dúrame toda la vida”,
le cantó Miguel al oído del verano de su nueva vida,
poco antes de volver a quedarse dormido entre sus brazos.
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