joliva@sincolumna.com
Cuenca, miércoles 20 de septiembre de 2006

:: Inicio >> Gorka Díez >> Columna

Y vámonos
Opina en el foro
Portada sincolumna.com

La poesía no sólo se puede encontrar en los versos de Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Luis García Montero, José Luis Panero o Jorge Luis Borges. Porque hay lugares menos pensados donde de repente un verso puede sorprendernos como uno de esos conejos que salen del sombrero de los magos o una teta que se escapa del sujetador color rosa de una cantante de cabaret en el momento de máxima audiencia en los canales de la necesidad.

Ahí están esos árboles donde los enamorados cursis (todo enamorado es cursi, y hace bien) inscriben sus nombres para dejar la huella de un sentimiento que probablemente sólo se conservará en un árbol al que irremediablemente se le caerán las hojas. Una de las más graciosas y certeras inscripciones es la que se recoge en el libro ‘Cuatro amigos’, de David Trueba: la del amante desencantado que vuelve al árbol donde antaño inscribió su nombre y el de su amor para añadir “de sabios es rectificar, te odio, Marisa”.

También están esas paredes donde a veces uno se topa con frases tan profundas como esa que dice que “la esperanza es lo último que se perdió”, o las puertas de los retretes en las que se agolpan los números de teléfonos de toda esa gente vicios que nos confirma que la soledad sigue siendo la bandera más internacional.

Hasta en las canciones de compositores que no destacan precisamente por su buen hacer literario se pueden encontrar algunas joyas. Es el caso de algunas letras de José Luis Perales, que es un fenómeno y encima de Cuenca, y que en su canción ‘Gente maravillosa’ da cuentas como nadie de ese sentimiento que nos puede producir una cama vacía y viene a preguntarse si será “la soledad o la falta de comunicación” eso que nos hace dudar de si es mejor olvidar de una vez o intentarlo de nuevo.

En el disco ‘Ciudades de paso’, de Mikel Erentxun, de letras firmadas junto a J. M.. Corman, también encontramos versos interesantes, que podría haberlos firmado el mismo Jaime Gil de Biedma: “La soledad es una ventana / que puedes abrir o puedes cerrar”, nos dice en ‘El club de las horas contadas’. Aunque todavía son más emocionantes los siguientes versos: “Cuando menos lo merezca ámame / que será cuando mas lo necesite”, de la canción ‘Amara’. Eso sí, al parecer es una copia de un proverbio chino.

A propósito de los proverbios chinos, tampoco está mal ese otro que dice que “el hombre tiene la edad de la mujer que ama”, una frase que a su vez nos lleva a esa petición que le hace Joaquín Sabina a la chica de la cuarta fila: “Te cambio mis arrugas por tu acné”.
Luego están los epitafios, algunos muy conocidos como el “perdonen que no me levante”, de Groucho Marx, aunque quienes han visitado su tumba aseguran que lo único que hay inscrito en ella es su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte, ya tan lejanas. Pero también hay otros epitafios destacables como el “ya decía yo que ese médico no valía mucho”, de Miguel Mihura, o el “lo he intentado”, del canciller alemán Willy Brandt, que desde luego que yo personalmente no tengo ni puta idea de quién fue, ni tampoco me importa. Además, ya está muerto.
“Hasta aquí hemos llegado”, dicen que dice Miguel a sus amigos que quiere que le pongan en su epitafio cuando muera.
Otra frase que le gustaría que inscribieran en la tumba, en este caso dirigida a todas aquellas chicas que nunca le quisieron y que después de muerto quizá se atrevan a ir a visitarle al cementerio, es esa estrofa de El Último de la Fila que se pregunta: “¿Dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité”?
De todas formas, lo que realmente quiere nuestro amigo es que le incineren y arrojen sus cenizas al mediterráneo. Así que para visitarle la gente tendrá que pegarse un baño en Benidorm, que siempre es más divertido.

Pero el caso es que la poesía más interesante es la que sale de los labios de los más borrachos del sábado a la noche, como es el caso de Amador, aquel personaje de ‘Los lunes al sol’ que nos abría su tristeza para decirnos que todos somos siameses, que si le dan por el culo a uno nos darán por el culo a todos y que el problema no es si uno cree en Dios, sino si Dios cree en nosotros, que no lo hace.

Y junto a la de los borrachos hay que destacar esa otra literatura que uno a veces se encuentra, sin quererlo, en unos labios de mujer: esos poemas vivos que no dicen nada o que lo dicen todo con un beso o un bostezo (porque a veces nos tenemos que conformar con ver a la chica que nos gusta bostezar).

Y el caso es que Miguel se ha pasado el verano tratando de leer los libros en los labios de las chicas con las que se topó en la playa, y lo cierto es que ha venido bastante instruido de frases de saliva en las que ha nadado tanto sin guardar la ropa que ahora no le queda más remedio que pagar la factura que deja el amor por la mañana.

En este preciso momento me dice que no sabe si prepararse una manzanilla o algo de cicuta. Pero tranquilos, que aunque acabe consigo mismo yo seguiré contando sus historias, siempre imaginarias, en esta página web, como si estuviera más vivo de lo que hace tiempo hemos dejado de estar los dos. Que, a fin de cuentas, antes muertos que sencillos.

Información sobre el columnista