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La poesía no sólo se puede encontrar en los versos
de Jaime Gil de Biedma, Ángel González, Luis
García Montero, José Luis Panero o Jorge
Luis Borges. Porque hay lugares menos pensados donde de
repente un verso puede sorprendernos como uno de esos conejos que
salen del sombrero de los magos o una teta que se escapa del sujetador
color rosa de una cantante de cabaret en el momento de máxima
audiencia en los canales de la necesidad.
Ahí están esos árboles donde los enamorados
cursis (todo enamorado es cursi, y hace bien) inscriben sus nombres
para dejar la huella de un sentimiento que probablemente sólo
se conservará en un árbol al que irremediablemente
se le caerán las hojas. Una de las más graciosas y
certeras inscripciones es la que se recoge en el libro ‘Cuatro
amigos’, de David Trueba: la del amante desencantado
que vuelve al árbol donde antaño inscribió
su nombre y el de su amor para añadir “de sabios es
rectificar, te odio, Marisa”.
También están esas paredes donde a veces uno se topa
con frases tan profundas como esa que dice que “la esperanza
es lo último que se perdió”, o las puertas de
los retretes en las que se agolpan los números de teléfonos
de toda esa gente vicios que nos confirma que la soledad sigue siendo
la bandera más internacional.
Hasta en las canciones de compositores que no destacan precisamente
por su buen hacer literario se pueden encontrar algunas joyas. Es
el caso de algunas letras de José Luis Perales,
que es un fenómeno y encima de Cuenca, y que en su canción
‘Gente maravillosa’ da cuentas como nadie de ese sentimiento
que nos puede producir una cama vacía y viene a preguntarse
si será “la soledad o la falta de comunicación”
eso que nos hace dudar de si es mejor olvidar de una vez o intentarlo
de nuevo.
En el disco ‘Ciudades de paso’, de Mikel Erentxun,
de letras firmadas junto a J. M.. Corman, también
encontramos versos interesantes, que podría haberlos firmado
el mismo Jaime Gil de Biedma: “La soledad es una ventana /
que puedes abrir o puedes cerrar”, nos dice en ‘El club
de las horas contadas’. Aunque todavía son más
emocionantes los siguientes versos: “Cuando menos lo merezca
ámame / que será cuando mas lo necesite”, de
la canción ‘Amara’. Eso sí, al parecer
es una copia de un proverbio chino.
A propósito de los proverbios chinos, tampoco está
mal ese otro que dice que “el hombre tiene la edad de la mujer
que ama”, una frase que a su vez nos lleva a esa petición
que le hace Joaquín Sabina a la chica de
la cuarta fila: “Te cambio mis arrugas por tu acné”.
Luego están los epitafios, algunos muy conocidos como el
“perdonen que no me levante”, de Groucho Marx,
aunque quienes han visitado su tumba aseguran que lo único
que hay inscrito en ella es su nombre y las fechas de su nacimiento
y muerte, ya tan lejanas. Pero también hay otros epitafios
destacables como el “ya decía yo que ese médico
no valía mucho”, de Miguel Mihura,
o el “lo he intentado”, del canciller alemán
Willy Brandt, que desde luego que yo personalmente
no tengo ni puta idea de quién fue, ni tampoco me importa.
Además, ya está muerto.
“Hasta aquí hemos llegado”, dicen que dice Miguel
a sus amigos que quiere que le pongan en su epitafio cuando muera.
Otra frase que le gustaría que inscribieran en la tumba,
en este caso dirigida a todas aquellas chicas que nunca le quisieron
y que después de muerto quizá se atrevan a ir a visitarle
al cementerio, es esa estrofa de El Último de la Fila que
se pregunta: “¿Dónde estabas entonces, cuando
tanto te necesité”?
De todas formas, lo que realmente quiere nuestro amigo es que le
incineren y arrojen sus cenizas al mediterráneo. Así
que para visitarle la gente tendrá que pegarse un baño
en Benidorm, que siempre es más divertido.
Pero el caso es que la poesía más interesante es la
que sale de los labios de los más borrachos del sábado
a la noche, como es el caso de Amador, aquel personaje de ‘Los
lunes al sol’ que nos abría su tristeza para decirnos
que todos somos siameses, que si le dan por el culo a uno nos darán
por el culo a todos y que el problema no es si uno cree en Dios,
sino si Dios cree en nosotros, que no lo hace.
Y junto a la de los borrachos hay que destacar esa otra literatura
que uno a veces se encuentra, sin quererlo, en unos labios de mujer:
esos poemas vivos que no dicen nada o que lo dicen todo con un beso
o un bostezo (porque a veces nos tenemos que conformar con ver a
la chica que nos gusta bostezar).
Y el caso es que Miguel se ha pasado el verano tratando de leer
los libros en los labios de las chicas con las que se topó
en la playa, y lo cierto es que ha venido bastante instruido de
frases de saliva en las que ha nadado tanto sin guardar la ropa
que ahora no le queda más remedio que pagar la factura que
deja el amor por la mañana.
En este preciso momento me dice que no sabe si prepararse una manzanilla
o algo de cicuta. Pero tranquilos, que aunque acabe consigo mismo
yo seguiré contando sus historias, siempre imaginarias, en
esta página web, como si estuviera más vivo de lo
que hace tiempo hemos dejado de estar los dos. Que, a fin de cuentas,
antes muertos que sencillos.
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