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Cuenca, miércoles 27 de septiembre de 2006

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No está mal volver de vez en cuando a uno de esos sitios a los que de una u otra manera pertenecimos en alguna ocasión. A muchos nos trae sin cuidado la consigna esa de que uno no debe regresar a las ciudades donde fue feliz, sobre todo porque sabemos que feliz feliz no se puede ser en ningún sitio. A lo sumo, podemos aspirar a sentirnos bien en momentos muy concretos. Y para eso no importa tanto el lugar como el acompañante. E incluso a veces no hay mejor compañía que la soledad, que nunca se enfada con nosotros ni nos grita salvo con su silencio.

Eso sí, los que somos poco dados a la nostalgia, cuando volvemos a una ciudad que habíamos dejado atrás no es para recordar momentos pasados o calles que transitamos y que, visto está, no nos condujeron a ninguna parte, sino para vivir nuevos momentos, descubrir rincones en los que, despistados, nunca nos detuvimos, y confirmar que el paso del tiempo y su progreso casi siempre mejora las ciudades y a nosotros nos otorga el don de saber apreciar más lo que tenemos, por poco que sea.

Una de las ciudades en las que Miguel pasó una temporada importante de su vida haciendo no sabemos muy bien el qué es Salamanca, y el caso es que le pareció un buen destino al que retornar por unos días, entre otras cosas porque cualquier excusa es buena para escapar del frío de Madrid y probar otros fríos. En su cabeza no paraba además de de sonar el verso de Enrique Bunbury y Nacho Vegas que dice eso de que "al final, para un hombre de mundo es muy exótico volver a casa". Y no es que Miguel se encontrara al final de algo ni que Salamanca fuera su casa, pero el caso es tampoco le apetecía nada irse a la India o a Perú y que, vestido con su traje gris de otoño, para tierras salmantinas se nos fué.

Como ya preveía, en su vuelta no se encontró en los bares con ninguna de esas malas compañías con la que años atrás había compartido noches interminables y llenado ceniceros de deseperanza. "Tendrán miedo de verme por si les reclamo el dinero que les presté", se dijo, y confirmó que todo cambia con el tiempo y que aunque a veces sea para mal hasta los cambios malos ayudan a algo: a sentir que estamos vivos y que esto sigue.

Entre los nuevos personajes con que se topó, y que a fin de cuentas eran igual de raros que los de años atrás, estaba el músico Quique González. Nuestro amigo le ayudó a buscar su chupa de cuero e intercambió unas palabras con él.

- Yo también soy un pájaro mojado -le dijo, y poco después le alabó por uno de sus versos-. Me encanta ese que dice que eso de que tu sexo es carne de aceituna de un olivo en la carretera.

Quique, sosteniendo su cubata y empinando su barba de Don Quijote en medio de la noche, le respondió que sí, que ese era muy bueno. Pero no lo dijo con vanidad, sino como si esas líneas que había escrito años atrás en un momento de inspiración hubieran dejado de pertenecerle y ahora fueran parte de su público, de la gente, de la calle. Claro que el que sigue cobrando los derechos de autor por sus canciones no es otro sino el propio Quique.

Miguel también se topó con alguna ex-compañera de trabajo a la que ya apenas reconocía, pero a la que no dudó en decirle que qué guapa seguía. "Pues te equivocas de cabo a rabo", le confesó ella, "el muy cabrón del tiempo me ha llevado más por hospitales que por bares y ya no soy ni la sombra de lo que algún día creí ser. Y lo peor de todo es que me están menguando las tetas".

Más tarde, ya muy borracho, creyó encontrarse con los fantasmas de esas mujeres que antaño le ofrecieron cama y sopa en su ático de la zona antigua de Salamanca. Pero, temoroso de volver a penetrar por agujeros sin salida a su ya avanzada edad, huyó de ellas subiéndose a un carrito de la compra del Alcampo y deslizándose por la primera cuesta empinada que encontró. Casi se choca contra un semáforo, pero un niño que montaba en bicicleta se chocó antes que él y le dejó el camino libre.

Lo peor es que también creyó encontrarse con Almudena, la compañera de clase que tanto le gustaba. Y en este caso su fantasma no es que le horrorizara, sino que le dolía hasta los huesos. Y es que se dió cuenta de que todavía seguía queriendo a esa mujer por la que en su época de la juventud hubiera sido capaz de darlo todo y por la que ahora seguiría dándolo, también, todo. Pero ni ella ni su fantasma querían nada con él, así que la llevaba clara.

- No es que me acuerde de ti, sino que nunca te he olvidado -le dijo de todas formas por si acaso, de nuevo parafraseando a Enrique Bunbury y Nacho Vegas.

Pero ella, como era un fantasma, pasó de contestarle y se marchó con su sábana y sus cadenas de hierro a cuestas rumbo a algún lugar que probablemente ni Miguel ni nosotros llegaremos nunca a conocer.

Finalmente, nuestro amigo acabó tumbado en medio de la Plaza Mayor, tratando de contar las estrellas que había en el cielo. Pero eran ya las diez de la mañana y no vió ninguna.

Miguel terminó yéndose de Salamanca casi como hace veinte años años: con las manos metidas en los bolsillos para aparentar que no se iba de vacío y resignado de saberse incapaz de encontrarse a sí mismo ni de vislumbrar en la fachada de la Universidad esa rana que le ayudara a aprobar los exámenes a los que nunca se presentó o a desencantar a la princesa de la boca de fresa de los sueños que nunca durmió, o durmió demasiado.

Al menos, cuando la chica que le vendió el billete de vuelta para Madrid le sonrió, en su rostro volvió a renacer cierta esperanza. "Con lo guapa que es esta chica y me ha mirado... Esto es algo que antes nunca me había pasado. Será que estoy en mi mejor época", se dijo, aunque no se lo creyó ni él.

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