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No está mal volver de vez en cuando a uno de esos sitios
a los que de una u otra manera pertenecimos en alguna ocasión.
A muchos nos trae sin cuidado la consigna esa de que uno no debe
regresar a las ciudades donde fue feliz, sobre todo porque sabemos
que feliz feliz no se puede ser en ningún sitio. A lo sumo,
podemos aspirar a sentirnos bien en momentos muy concretos. Y para
eso no importa tanto el lugar como el acompañante. E incluso
a veces no hay mejor compañía que la soledad, que
nunca se enfada con nosotros ni nos grita salvo con su silencio.
Eso sí, los que somos poco dados a la nostalgia, cuando volvemos
a una ciudad que habíamos dejado atrás no es para
recordar momentos pasados o calles que transitamos y que, visto
está, no nos condujeron a ninguna parte, sino para vivir
nuevos momentos, descubrir rincones en los que, despistados, nunca
nos detuvimos, y confirmar que el paso del tiempo y su progreso
casi siempre mejora las ciudades y a nosotros nos otorga el don
de saber apreciar más lo que tenemos, por poco que sea.
Una de las ciudades en las que Miguel pasó una temporada
importante de su vida haciendo no sabemos muy bien el qué
es Salamanca, y el caso es que le pareció un buen destino
al que retornar por unos días, entre otras cosas porque cualquier
excusa es buena para escapar del frío de Madrid y probar
otros fríos. En su cabeza no paraba además de de sonar
el verso de Enrique Bunbury y Nacho Vegas
que dice eso de que "al final, para un hombre de mundo es muy
exótico volver a casa". Y no es que Miguel se encontrara
al final de algo ni que Salamanca fuera su casa, pero el caso es
tampoco le apetecía nada irse a la India o a Perú
y que, vestido con su traje gris de otoño, para tierras salmantinas
se nos fué.
Como ya preveía, en su vuelta no se encontró en los
bares con ninguna de esas malas compañías con la que
años atrás había compartido noches interminables
y llenado ceniceros de deseperanza. "Tendrán miedo de
verme por si les reclamo el dinero que les presté",
se dijo, y confirmó que todo cambia con el tiempo y que aunque
a veces sea para mal hasta los cambios malos ayudan a algo: a sentir
que estamos vivos y que esto sigue.
Entre los nuevos personajes con que se topó, y que a fin
de cuentas eran igual de raros que los de años atrás,
estaba el músico Quique González.
Nuestro amigo le ayudó a buscar su chupa de cuero e intercambió
unas palabras con él.
- Yo también soy un pájaro mojado -le dijo, y poco
después le alabó por uno de sus versos-. Me encanta
ese que dice que eso de que tu sexo es carne de aceituna de un olivo
en la carretera.
Quique, sosteniendo su cubata y empinando su barba de Don Quijote
en medio de la noche, le respondió que sí, que ese
era muy bueno. Pero no lo dijo con vanidad, sino como si esas líneas
que había escrito años atrás en un momento
de inspiración hubieran dejado de pertenecerle y ahora fueran
parte de su público, de la gente, de la calle. Claro que
el que sigue cobrando los derechos de autor por sus canciones no
es otro sino el propio Quique.
Miguel también se topó con alguna ex-compañera
de trabajo a la que ya apenas reconocía, pero a la que no
dudó en decirle que qué guapa seguía. "Pues
te equivocas de cabo a rabo", le confesó ella, "el
muy cabrón del tiempo me ha llevado más por hospitales
que por bares y ya no soy ni la sombra de lo que algún día
creí ser. Y lo peor de todo es que me están menguando
las tetas".
Más tarde, ya muy borracho, creyó encontrarse con
los fantasmas de esas mujeres que antaño le ofrecieron cama
y sopa en su ático de la zona antigua de Salamanca. Pero,
temoroso de volver a penetrar por agujeros sin salida a su ya avanzada
edad, huyó de ellas subiéndose a un carrito de la
compra del Alcampo y deslizándose por la primera cuesta empinada
que encontró. Casi se choca contra un semáforo, pero
un niño que montaba en bicicleta se chocó antes que
él y le dejó el camino libre.
Lo peor es que también creyó encontrarse con Almudena,
la compañera de clase que tanto le gustaba. Y en este caso
su fantasma no es que le horrorizara, sino que le dolía hasta
los huesos. Y es que se dió cuenta de que todavía
seguía queriendo a esa mujer por la que en su época
de la juventud hubiera sido capaz de darlo todo y por la que ahora
seguiría dándolo, también, todo. Pero ni ella
ni su fantasma querían nada con él, así que
la llevaba clara.
- No es que me acuerde de ti, sino que nunca te he olvidado -le
dijo de todas formas por si acaso, de nuevo parafraseando a Enrique
Bunbury y Nacho Vegas.
Pero ella, como era un fantasma, pasó de contestarle y se
marchó con su sábana y sus cadenas de hierro a cuestas
rumbo a algún lugar que probablemente ni Miguel ni nosotros
llegaremos nunca a conocer.
Finalmente, nuestro amigo acabó tumbado en medio de la Plaza
Mayor, tratando de contar las estrellas que había en el cielo.
Pero eran ya las diez de la mañana y no vió ninguna.
Miguel terminó yéndose de Salamanca casi como hace
veinte años años: con las manos metidas en los bolsillos
para aparentar que no se iba de vacío y resignado de saberse
incapaz de encontrarse a sí mismo ni de vislumbrar en la
fachada de la Universidad esa rana que le ayudara a aprobar los
exámenes a los que nunca se presentó o a desencantar
a la princesa de la boca de fresa de los sueños que nunca
durmió, o durmió demasiado.
Al menos, cuando la chica que le vendió el billete de vuelta
para Madrid le sonrió, en su rostro volvió a renacer
cierta esperanza. "Con lo guapa que es esta chica y me ha mirado...
Esto es algo que antes nunca me había pasado. Será
que estoy en mi mejor época", se dijo, aunque no se
lo creyó ni él.
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