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"¿En qué piensa la gente que no puede dormir
mientras trata, contra viento y marea, de conciliar el sueño?",
se pregunta Miguel en esas noches de insomnio en las que se convierte
en uno más de esos que dan vueltas y vueltas en la cama en
contra de un reloj que va marcando las tres, las cuatro, las cinco,
las seis y etcétera de la mañana. Supone que unos
cuentan ovejitas, que otros cabras y otros mujeres desnudas, pero
que seguro que hay también quien cuenta curas con sotana
o presidentes de gobierno o futuros inalcanzables como la zanahoria
del cuento ese del burro. Que gustos hay de todo tipo.
En el caso de nuestro amigo Miguel, hay veces en las que, para matar
ese tiempo insoportable, se pone a definir palabras que no descarta
publicar en un futuro próximo dentro de su diccionario particular.
"Si Ramoncín tiene el suyo, yo también",
se dice. Para que os hagáis una idea de su propuesta, suele
pensar en definiciones como las siguientes:
Bar: Lugar en el que siempre puedes encontrar a alguien a quien
darle el coñazo. El problema está en que son muchos
los que te pueden encontrar a ti.
Amor: Le das la vuelta y tienes la palabra Roma. Pero yo nunca he
estado en Roma.
Olvido: Una chica de la que me enamoré, pero que me olvidó
el primer día y nunca resucitó.
En otras ocasiones, nuestro amigo se plantea cuestiones tan extrañas
como la siguiente: "¿Cuantas canciones tendrían
que cantar los ruiseñores para devolverle a la mañana
toda la música que ésta entona con su luz?".
Claro que Miguel, que se considera un enamorado de esos momentos
del día en los que la luz empieza a hacer acto de presencia,
cuando todo parece nuevo y hasta da miedo pisar las calles, todavía
vírgenes, es no obstante consciente de que al final del día
todo eso que antes era nuevo se encontrará lleno de mierda
y que entonces los ruiseñores no tendrán ningún
canto que devolverle al mundo. "Entonces el único canto
posible será el de los borrachos", reconoce. Y se nos
pone a cantar en medio de la noche.
Para intentar dormir, según Miguel tampoco está mal
eso de contar las neuronas que se nos han marchado. Pero son tantas
que para llegar hasta el final necesitaríamos por lo menos
tres o cuatro noches de insomnio, y llegados a la última
habría que actualizar el recuento.
Otras veces nuestro amigo se pone a pensar en chicas, que para él
son hermosas todas, incluso las feas. Y a menudo se le viene a la
cabeza la imagen de un verso de Leonard Cohen,
que refleja el instante preciso en el que a la chica que nos regala
su noche le cuelga la ropa interior de un pie. ¿Hay algo
más bonito que ese momento?
Algunos amigos le han recomendado que beba un poco antes de irse
a la cama, que con el alcohol le será más fácil
conciliar el sueño, pero el problema es que también
hay quienes le han advertido que, si se pone a beber, una o dos
cervezas no bastan: que hacen falta por lo menos una decena. Pero,
claro, nuestro amigo tampoco quiere conseguir dormir a costa de
volverse alcohólico, y además sabe muy bien que si
bebe mucha cerveza tendrá que levantarse para ir al baño
en repetidas ocasiones e interrumpiría con ello su complicado
sueño. Además, correría el riesgo de darse
contra las paredes de su casa, y bastante tiene ya con darse contra
la cruda realidad una y otra vez.
También están esas pastillas para dormir que dicen
que ayudan mucho. Sin embargo, los médicos se niegan a recetárselas
a nuestro amigo, pues dicen que bastante tiene ya con los antidepresivos.
Y dicen bien, pero no dejan de ser médicos.
"Probablemente la respuesta al remedio de mi insomnio esté
en el viento, pero, ¿y si el aire está contaminado?",
se pregunta Miguel.
Lo cierto es que, con toda probabilidad, no hay solución
ni para el insomnio ni para ninguna de esas cosas que nos pasan
en la vida. A este respecto, Miguel nos hace una estraña
reflexión: "Para lo único que hay solución
es para la muerte: se nos entierra o se nos incinera y asunto arreglado,
pero para todo lo demás..."
Hoy Miguel volverá a dar vueltas y vueltas entre las sábanas
blancas de su soledad. "Al menos se me ocurrirán palabras
nuevas para mi diccionario", apunta, lo que nos hace presagiar
que los lectores de Sin Columna vamos a tener que pagar en las próximas
semanas por su insomnio teniendo que leer nuevas definiciones que
nos harán más llorar que reír de lo cutres
que serán. Pero, bueno, dejémos que así se
entretenga un poco nuestro amigo, que falta le hace.
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