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Cuenca, miércoles 11 de octubre de 2006

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Insomnio
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“Lo que más me molesta de los apagones es que se me enfrían las cervezas”, dice Mariano, un nuevo conocido de Miguel, un tipo todavía más raro que cualquiera de sus peores amigos, Pitu incluido. Su máxima afición es beber cerveza y comer queso, actividades que, eso sí, necesita simultanear para sentir por dentro ese placer que tanto le conmueve el paladar y que le recuerda a lo mejor que le queda por vivir.

Mariano es de esos tipos con dos dedos de frente, sí, pero dos dedos de feto al que todavía no le han salido los dedos. Es tan tonto que siempre que luce el sol sale a la calle con paraguas. “Es por si me escupen”, se justifica. Y lo cierto es que yo también le escupiría, si no fuera por la pena que me da.

Un sombrero de ala ancha de medio lao es parte de la indumentaria de este hombre, que lo que no usa son zapatillas, porque siempre va descalzo. Dice que así le huelen menos los pies. El resto de su atuendo lo componen un bigote de ratón y un chándal a rayas del que no vamos a decir la marca porque la empresa en cuestión no nos ha querido poner publicidad. Luego que no se queje de que no vende.

Mariano es de Mariana, un pueblecito de Cuenca del que reniega desde el día en el que la Policía le detuvo en plena calle por masturbarse en público, según se recoge en el parte de la detención. “¿Cómo que en público, si estaba escondido detrás de una roca?”, se pregunta él. “¡Si lo que estaba haciendo era un acto de amor hacia el pueblo!”, les exclamaba una y otra vez a los Policías mientras le ponían las esposas para llevarle al calabozo.

El mejor amigo de Mariano es un perro, Dog, Dogi para los amigos. Le da arroz con leche todas las mañanas, que dice que alimenta mucho más que la leche sola. Él hay días que se come las sobras, pero por regla general tiene bastante con el queso y la cerveza. A la hora de la sobremesa, mantiene con su mascota conversaciones de corte intelectual, según les asegura a sus amigos, aunque en realidad son una serie de ladridos incongruentes que sólo sirven para despertar a los vecinos. Dicen que al que más se le oye ladrar es a Mariano.

El día que más le gusta de la semana es el domingo, que no tiene nada que hacer. El resto de días, por el contrario, no para de rascarse la espalda con una caña que se trajo del Caribe una vez que fue allí. Tenía sólo tres años pero ya sabía que aquel instrumento le sería de mucha utilidad durante toda su existencia, mucho más que cualquier libro de Schopenhauer. “Yo, si hubiera hecho el mundo, como Dios, lo habría creado todo en un solo día para poder descansar los otros seis”, comenta.

El sueño de Mariano es que le contraten para asistir de público a la filmación de las series esas de televisión en las que constantemente salen risas de fondo. Él sería uno de esos que se ríen, aplauden y vitorean sin pudor a los actores. “La televisión me daría las razones para vivir que no me da la vida”, comenta.

“Cierra la puerta al salir”, suele decirle Mariano a todas sus amantes, aunque ninguna de ellas se ha atrevido a entrar en su vida. Una vez hubo una que le sacó la lengua, es cierto, pero fue sólo para burlarse de la soledad que se esconde bajo el felpudo su casa, en el que hace mucho tiempo que nadie pone los pies. Y eso que al pisarlo se oye una música de fondo.

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