|
“Yo ya sé por qué pasas tanto tiempo en este
bar. Tú buscas conocer a alguien. Pero ese alguien a quien
buscas no lo vas a conocer aquí”, le dijo a Miguel
el camarero de un bar en el que llevaba cuatro días, o quizá
cuatro siglos, pidiéndose copas y bebiéndose en ellas
su derrota.
Miguel no sabía qué contestar, así que se limitó
a encogerse de hombros y a responder: “No sé, de momento
ponme otra copa”.
El protagonista de estas columnas sabía bien que aquel camarero,
como muchos camareros de noche, tenía razón, que él
estaba ahí para buscar a alguien y que nunca iba a encontrar
a ese alguien ni en ese lugar ni en otros del estilo, y que además
en ese camino hacia ninguna parte malgastaría su salud con
bebidas y amistades nada saludables, con gente de esa a la que deberíamos
romper la cabeza por habernos vendido nuestra alma al diablo al
ofrecernos el azufre de la mala vida.
Pero el caso es que, aunque no lo parezca, de vez en cuando aparece
alguien en la otra esquina de la barra que nos lleva a creer que
es posible encontrar algo que nos llene la boca de sueños
hasta en la noche más fría de porvenires sin futuro.
Ella vestía de negro, como una estrella de rock, como un
vampiro, y de sus melenas negras colgaba la esperanza de que con
ella de la mano Miguel podría salir a la temible luz del
día sin la necesidad de taparse los ojos con las gafas del
miedo a que la calle descubra sus pecados.
“¡Viva el vampirismo!”, le dijo ella después
de más de un centenar de besos entre copas y mentiras, entre
saliva y hielos, entre el rojo de sus labios y la suavidad de las
primeras luces de la mañana, que iba tras de ellos dispuesta
a acorralarles en cualquier portal.
En el momento de la despedida, ella le pasó una nota con
las siguientes palabras: “He soñado contigo muchas
veces antes de conocerte. En todas llevabas un jersey naranja”.
Y lo cierto es que nuestro amigo, que nunca lleva jerséis
naranjas, no entendió muy bien aquel mensaje, e indudablemente
lo hubiera cambiado por el número de teléfono de la
chica en cuestión. Sin embargo, aquellas palabras extrañas
y sin sentido le parecieron atractivas, como compartir una almohada
con alguien que sabemos que nos llevará, de la mano, hasta
el infierno.
Miguel volvió a toparse varias veces con aquella chica que
siempre deambulaba por los mismos antros nocturnos, en los que presidía
la farra desde su taburete. Tras varios encuentros y desencuentros,
un buen día trató de escapar con ella de la noche
y le propuso algo diferente: cenar en un restaurante la comida más
pesada que sirvieran.
Para convencerla le dijo: “Las comidas pesadas y grasientas
nos ayudarán a llenar el vacío que ambos sentimos
dentro. Dos seres como tú y como yo no podemos conformarnos
con ensaladas, fresas, espárragos y galletitas integrales,
sino que debemos aspirar a algo parecido al hormigón. Es
mejor tener la tripa vacía que llena de superficialidades”.
La chica aceptó con gusto la invitación, a condición
de que para beber le sacaran tequila y pudiera comer sin quitarse
ni su sombrero ni sus medias. A Miguel le jodió lo de las
medias, pero no le quedó otra opción. Cenaron cómplicemente
y al acabar el convite ella afirmó: “Me ha encantado
comer callos contigo. La próxima vez nos pedimos un cocido
madrileño, que es bueno llenarse bien el estómago
para después poder tomar más copas. Por cierto, a
la siguiente invito yo”.
Aquella noche acabó todo muy tarde, aunque Miguel sólo
recuerda que la chica tuvo que acompañarle a casa y ponerle
el pijama. Después debió quedarse dormido y ella aprovechó
para escapar, probablemente de vuelta al bar, porque por la mañana
ya no estaba y en la nota que le dejó estaba escrito: “Adiós,
mi amor, regreso a los infiernos”.
Debió conocer a otro aquella misma noche porque desde entonces
han pasado varios días y la chica no ha vuelto a llamar a
Miguel, quien, lógicamente, no ha contestado ninguna de las
llamadas. La cena del cocido madrileño sigue pendiente, aunque
probablemente ni uno ni otro vuelvan a tener estómago para
volver a besarse. Al menos mientras les funcione el riñón
seguirán frecuentando los bares hasta que encuentren el amor
definitivo, si es que hay algo que encontrar.
|