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Cuenca, miércoles 18 de octubre de 2006

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¡Viva el vampirismo!
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“Yo ya sé por qué pasas tanto tiempo en este bar. Tú buscas conocer a alguien. Pero ese alguien a quien buscas no lo vas a conocer aquí”, le dijo a Miguel el camarero de un bar en el que llevaba cuatro días, o quizá cuatro siglos, pidiéndose copas y bebiéndose en ellas su derrota.

Miguel no sabía qué contestar, así que se limitó a encogerse de hombros y a responder: “No sé, de momento ponme otra copa”.

El protagonista de estas columnas sabía bien que aquel camarero, como muchos camareros de noche, tenía razón, que él estaba ahí para buscar a alguien y que nunca iba a encontrar a ese alguien ni en ese lugar ni en otros del estilo, y que además en ese camino hacia ninguna parte malgastaría su salud con bebidas y amistades nada saludables, con gente de esa a la que deberíamos romper la cabeza por habernos vendido nuestra alma al diablo al ofrecernos el azufre de la mala vida.

Pero el caso es que, aunque no lo parezca, de vez en cuando aparece alguien en la otra esquina de la barra que nos lleva a creer que es posible encontrar algo que nos llene la boca de sueños hasta en la noche más fría de porvenires sin futuro.

Ella vestía de negro, como una estrella de rock, como un vampiro, y de sus melenas negras colgaba la esperanza de que con ella de la mano Miguel podría salir a la temible luz del día sin la necesidad de taparse los ojos con las gafas del miedo a que la calle descubra sus pecados.

“¡Viva el vampirismo!”, le dijo ella después de más de un centenar de besos entre copas y mentiras, entre saliva y hielos, entre el rojo de sus labios y la suavidad de las primeras luces de la mañana, que iba tras de ellos dispuesta a acorralarles en cualquier portal.

En el momento de la despedida, ella le pasó una nota con las siguientes palabras: “He soñado contigo muchas veces antes de conocerte. En todas llevabas un jersey naranja”. Y lo cierto es que nuestro amigo, que nunca lleva jerséis naranjas, no entendió muy bien aquel mensaje, e indudablemente lo hubiera cambiado por el número de teléfono de la chica en cuestión. Sin embargo, aquellas palabras extrañas y sin sentido le parecieron atractivas, como compartir una almohada con alguien que sabemos que nos llevará, de la mano, hasta el infierno.

Miguel volvió a toparse varias veces con aquella chica que siempre deambulaba por los mismos antros nocturnos, en los que presidía la farra desde su taburete. Tras varios encuentros y desencuentros, un buen día trató de escapar con ella de la noche y le propuso algo diferente: cenar en un restaurante la comida más pesada que sirvieran.

Para convencerla le dijo: “Las comidas pesadas y grasientas nos ayudarán a llenar el vacío que ambos sentimos dentro. Dos seres como tú y como yo no podemos conformarnos con ensaladas, fresas, espárragos y galletitas integrales, sino que debemos aspirar a algo parecido al hormigón. Es mejor tener la tripa vacía que llena de superficialidades”.

La chica aceptó con gusto la invitación, a condición de que para beber le sacaran tequila y pudiera comer sin quitarse ni su sombrero ni sus medias. A Miguel le jodió lo de las medias, pero no le quedó otra opción. Cenaron cómplicemente y al acabar el convite ella afirmó: “Me ha encantado comer callos contigo. La próxima vez nos pedimos un cocido madrileño, que es bueno llenarse bien el estómago para después poder tomar más copas. Por cierto, a la siguiente invito yo”.

Aquella noche acabó todo muy tarde, aunque Miguel sólo recuerda que la chica tuvo que acompañarle a casa y ponerle el pijama. Después debió quedarse dormido y ella aprovechó para escapar, probablemente de vuelta al bar, porque por la mañana ya no estaba y en la nota que le dejó estaba escrito: “Adiós, mi amor, regreso a los infiernos”.

Debió conocer a otro aquella misma noche porque desde entonces han pasado varios días y la chica no ha vuelto a llamar a Miguel, quien, lógicamente, no ha contestado ninguna de las llamadas. La cena del cocido madrileño sigue pendiente, aunque probablemente ni uno ni otro vuelvan a tener estómago para volver a besarse. Al menos mientras les funcione el riñón seguirán frecuentando los bares hasta que encuentren el amor definitivo, si es que hay algo que encontrar.

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