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“Me cansé de ser una estrella de rock”, dice
Miguel, que nunca en la vida ha cogido una guitarra (salvo una vez
en la que quiso matar a una cucaracha que merodeaba, a ciegas, por
su casa, y que no le dejaba dormir a gusto), pero que se identifica
con todas esas canciones en las que el protagonista acaba de ser
abandonado por su chica y trata de matar el mal de amores comiéndose
la aceituna del martini mientras apoya sus penas en la barra del
bar.
Miguel sigue creyendo que nadie tiene un traje tan gris como el
suyo, pero ya no le hace tanta gracia eso de que la música
le robe el mes de abril, le llene el jardín de nomeolvides
y le haga perder los trenes de la felicidad dejándole en
vía muerta y sin un duro. Porque son demasiadas noches de
buscar, y no encontrar, una gatita que le maúlle en los callejones
a escondidas de la noche; de levantar las faldas a la luna equivocada;
de sentirse como un pájaro en el alambre o como uno de esos
chicos frágiles del rockandroll que se pegan viajes por los
caminos del exceso, de los que no siempre vuelven; de tener por
corazón una montaña rusa y por pies unas botas sucias
de piel de caimán que cada noche se le pierden bajo una cama
diferente.
“Al principio sí que me atraía el rollo ese
masoca de los perdedores de la canción de autor, pero me
he encontrado con tantos gusanos en la manzana de Eva que a día
de hoy sé que no debería abrir la boca salvo para
roncar”, le comenta a Pitu mientras el resto de sus amigos
contemplan sin pestañear el partido entre el Real Madrid
y el Barcelona. “Habrán ganado los blancos, pero en
el fondo todos hemos perdido noventa minutos de nuestra vida”,
le dice Pitu al terminar el encuentro.
Harto de que todo le salga mal, Miguel piensa seriamente en pasarse
del rock a la pachanga, que es una música mucho más
divertida y cuyos protagonistas, aunque también se emborrachan,
lo hacen por motivos diferentes, siempre con algo que celebrar,
siempre en compañía, siempre tirando cohetes al cielo
o haciendo sonar sus matasuegras en las bodas.
Su amigo Pitu, sin embargo, le insiste en que las estrellas de rockandroll
tienen que aguantar hasta el final, que peor sería acabar
defendiendo por televisión a los ‘sociatas’ como
Ramoncín o montando un negocio empresarial para
ganar dinero a costa del sudor ajeno. Que no hay nada mejor que
amanecer en el banco de un parque, en un bar o una cama desconocida.
Que al fin y al cabo así uno hace un poco de turismo y la
vida se hace más intensa.
Y le comenta también que, aunque no tiene ni puta idea de
pintar, acaba de terminar un cuadro que ha bautizado como ‘Amanecer
en El Zoco’, que es un bar en el que ha amanecido demasiadas
veces, aunque ninguna del todo. Eso sí, le explica que lo
único que aparece en el cuadro es su firma y que el resto
de la tela la ha dejado en blanco, para no estropearla. Que cada
uno se imagine lo que quiera, que el título ya está
bien claro.
Al llegar a casa, más confuso que antes de ponerse a hablar
con Pitu, Miguel decide echar un vistazo al periódico y lee
que la culpa de la obesidad infantil está en los macarrones
con queso. La idea le hace gracia y se echa a reír. Pero
al poco se olvida de los macarrones y del queso (la vida es otra
cosa) y vuelve a las canciones de rock. Enchufa la radio y escucha
la voz de Nacho Vegas cantando eso de “creo
que va a empezar a llover”. Entonces comprende que no podrá
vivir jamás sin esas canciones que le están matando
por dentro, pero que no le importaría que le mataran un poquito
más. De nuevo a gusto consigo mismo, con su vida de mártir
de la canción, se pone la chupa de cuero y vuelve a salir
a la calle, dispuesto rockandrollear. Eso sí, en esta ocasión
no se olvida del paraguas, que puede que empiece a llover. Y mientras
la música suena.
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