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Cuenca, miércoles 25 de octubre de 2006

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Me cansé de ser una estrella de rock
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“Me cansé de ser una estrella de rock”, dice Miguel, que nunca en la vida ha cogido una guitarra (salvo una vez en la que quiso matar a una cucaracha que merodeaba, a ciegas, por su casa, y que no le dejaba dormir a gusto), pero que se identifica con todas esas canciones en las que el protagonista acaba de ser abandonado por su chica y trata de matar el mal de amores comiéndose la aceituna del martini mientras apoya sus penas en la barra del bar.

Miguel sigue creyendo que nadie tiene un traje tan gris como el suyo, pero ya no le hace tanta gracia eso de que la música le robe el mes de abril, le llene el jardín de nomeolvides y le haga perder los trenes de la felicidad dejándole en vía muerta y sin un duro. Porque son demasiadas noches de buscar, y no encontrar, una gatita que le maúlle en los callejones a escondidas de la noche; de levantar las faldas a la luna equivocada; de sentirse como un pájaro en el alambre o como uno de esos chicos frágiles del rockandroll que se pegan viajes por los caminos del exceso, de los que no siempre vuelven; de tener por corazón una montaña rusa y por pies unas botas sucias de piel de caimán que cada noche se le pierden bajo una cama diferente.

“Al principio sí que me atraía el rollo ese masoca de los perdedores de la canción de autor, pero me he encontrado con tantos gusanos en la manzana de Eva que a día de hoy sé que no debería abrir la boca salvo para roncar”, le comenta a Pitu mientras el resto de sus amigos contemplan sin pestañear el partido entre el Real Madrid y el Barcelona. “Habrán ganado los blancos, pero en el fondo todos hemos perdido noventa minutos de nuestra vida”, le dice Pitu al terminar el encuentro.

Harto de que todo le salga mal, Miguel piensa seriamente en pasarse del rock a la pachanga, que es una música mucho más divertida y cuyos protagonistas, aunque también se emborrachan, lo hacen por motivos diferentes, siempre con algo que celebrar, siempre en compañía, siempre tirando cohetes al cielo o haciendo sonar sus matasuegras en las bodas.

Su amigo Pitu, sin embargo, le insiste en que las estrellas de rockandroll tienen que aguantar hasta el final, que peor sería acabar defendiendo por televisión a los ‘sociatas’ como Ramoncín o montando un negocio empresarial para ganar dinero a costa del sudor ajeno. Que no hay nada mejor que amanecer en el banco de un parque, en un bar o una cama desconocida. Que al fin y al cabo así uno hace un poco de turismo y la vida se hace más intensa.

Y le comenta también que, aunque no tiene ni puta idea de pintar, acaba de terminar un cuadro que ha bautizado como ‘Amanecer en El Zoco’, que es un bar en el que ha amanecido demasiadas veces, aunque ninguna del todo. Eso sí, le explica que lo único que aparece en el cuadro es su firma y que el resto de la tela la ha dejado en blanco, para no estropearla. Que cada uno se imagine lo que quiera, que el título ya está bien claro.

Al llegar a casa, más confuso que antes de ponerse a hablar con Pitu, Miguel decide echar un vistazo al periódico y lee que la culpa de la obesidad infantil está en los macarrones con queso. La idea le hace gracia y se echa a reír. Pero al poco se olvida de los macarrones y del queso (la vida es otra cosa) y vuelve a las canciones de rock. Enchufa la radio y escucha la voz de Nacho Vegas cantando eso de “creo que va a empezar a llover”. Entonces comprende que no podrá vivir jamás sin esas canciones que le están matando por dentro, pero que no le importaría que le mataran un poquito más. De nuevo a gusto consigo mismo, con su vida de mártir de la canción, se pone la chupa de cuero y vuelve a salir a la calle, dispuesto rockandrollear. Eso sí, en esta ocasión no se olvida del paraguas, que puede que empiece a llover. Y mientras la música suena.

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