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Cuenca, miércoles 1 de noviembre de 2006

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¿Existimos?
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Hace cosa de un mes Miguel se compró un televisor nuevo con una pantalla de esas sin reflejo. Al principio la idea le pareció estupenda, porque así no tenía que andar bajando las persianas de su salón de estar cada vez que hace sol para ver sin interferencias esas películas de Bruce Lee a las que tanto se ha aficionado últimamente, suponemos que para olvidarse con los golpes físicos del cine de esos otros golpes que nos da la vida.

Pero resulta que, al poco tiempo, le empezó a mosquear eso de que, al buscarse en el negro de la pantalla, su rostro no apareciera reflejado. Tal circunstancia llegó a crearle serias dudas sobre si era él quien estaba sentado frente al televisor, viendo aquellas películas idiotas, porque lo cierto es que podía ser cualquier otro.

Aquel día salió a la calle desconcertado. "No me veo reflejado en la pantalla, luego a lo mejor no existo", se decía.

Decidió entrar en un supermercado con el único objetivo de que, al pasar por caja, la cajera le mirara y le confirmara su existencia. Pero la chica en cuestión, aunque le cobró por sus adquisiciones, no le miró a la cara, lo que no hizo sino aumentar sus dudas. "Quizá exista para los demás, pero sólo por el interés, no como persona", pensó.

Fue entonces a visitar a su hermana Laura, quien siempre le había tratado muy bien hasta la fecha, y que acostumbraba a darle besos en la nariz e incluso en las orejas, sobre todo los domingos. Sin embargo, en aquella ocasión no le abrió la puerta a pesar de que Miguel oía dentro del hogar unos ruidos que indicaban que allí dentro había una fiesta y que todos se lo estaban pasando realmente bien, incluido el perro, que ladraba mucho. Nuestro amigo llamaba y llamaba, pero nada. "Es como si no existiera", seguía pensando para sí.

Optó por ir al cine, pero en aquella pantalla de grandes dimensiones tampoco logró verse reflejado. Y, para más inri, se sentó junto a él una pareja que no paró de besarse y de meterse mano durante toda la proyección, haciendo caso omiso de aquel tipo desorientado que se encontraba en la butaca contigua. Aquel par de quinceañeros actuaban libremente, como si estuvieran totalmente solos, a lo mejor porque lo estaban.

Nada más finalizar el filme, nuestro amigo aplaudió para intentar hacerse notar entre el resto de espectadores, pero nadie le siguió ni dirigió su mirada hacia él. Para colmo, un niño de unos doce años le pisó al salir del cine, sin inmutarse ni por supuesto pedirle perdón. “¡Ay!, ¡qué falta de respeto!”, exclamó Miguel indignado.

"¿Si no existo, entonces qué es lo que hizo mi madre cuando me dio a luz?", se preguntaba nuestro amigo, cada vez más convencido de su inexistencia.

Pero ya entrada la noche se encontró por la calle con su amigo Paco, que sí que le reconoció. “Acuérdate que me debes cien euros”, le dijo. Al poco llegó a casa y nada más quitarse la chaqueta recibió la llamada de un primo lejano que quería ir de visita unos días a Madrid y que le pidió alojamiento por tres o cuatro noches. Y pocas horas después, volvió a confirmar que existía al leer una carta que le había enviado el banco en la que le advertían de que se estaba retrasando en el pago de la hipoteca.

“Existir, existo”, se dijo, “lo que pasa es que en un mundo que es idéntico al del supermercado de la esquina, un mundo en el que todo cuesta dinero y las cajeras no nos miran a los ojos pero nos cobran por todo cuanto nos llevamos, o incluso hasta por lo que no nos llevamos”.

Miguel se puso entonces a pensar que, en realidad, lo mejor sería, ya puestos, no existir tampoco para eso para lo que nos utilizan los demás. El problema, eso sí, está en que él mismo, según reconoce, también se ha aprovechado de numerosas personas en su vida, sobre todo a altas horas de la noche, cuando no le llega el dinero para la última copa o le da miedo irse a dormir solo y se va con la primera que se le acerca, le guste o no. Por cierto: generalmente no.

“Para cabrón, yo”, se dice, y concluye que, en realidad, quienes no existen son todos sus amigos y compañeros de juergas. Entre ellos yo, que tantas veces he sido utilizado por Miguel para prestarle dinero por la noche o para presentarle a alguna amiga mía a la que no tardó en tirarle los tejos. Eso sí, con mis amigas nunca consigue nada. Y es que todas son muy guapas y tienen muy bien gusto. De irse con alguno, prefieren conmigo, que como también soy de este mundo no puedo remediar ser un poco cabrón y aprovecharme de su belleza. Pero es que así es la vida.

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