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Hace cosa de un mes Miguel se compró un televisor nuevo
con una pantalla de esas sin reflejo. Al principio la idea le pareció
estupenda, porque así no tenía que andar bajando las
persianas de su salón de estar cada vez que hace sol para
ver sin interferencias esas películas de Bruce Lee a las
que tanto se ha aficionado últimamente, suponemos que para
olvidarse con los golpes físicos del cine de esos otros golpes
que nos da la vida.
Pero resulta que, al poco tiempo, le empezó a mosquear eso
de que, al buscarse en el negro de la pantalla, su rostro no apareciera
reflejado. Tal circunstancia llegó a crearle serias dudas
sobre si era él quien estaba sentado frente al televisor,
viendo aquellas películas idiotas, porque lo cierto es que
podía ser cualquier otro.
Aquel día salió a la calle desconcertado. "No
me veo reflejado en la pantalla, luego a lo mejor no existo",
se decía.
Decidió entrar en un supermercado con el único objetivo
de que, al pasar por caja, la cajera le mirara y le confirmara su
existencia. Pero la chica en cuestión, aunque le cobró
por sus adquisiciones, no le miró a la cara, lo que no hizo
sino aumentar sus dudas. "Quizá exista para los demás,
pero sólo por el interés, no como persona", pensó.
Fue entonces a visitar a su hermana Laura, quien siempre le había
tratado muy bien hasta la fecha, y que acostumbraba a darle besos
en la nariz e incluso en las orejas, sobre todo los domingos. Sin
embargo, en aquella ocasión no le abrió la puerta
a pesar de que Miguel oía dentro del hogar unos ruidos que
indicaban que allí dentro había una fiesta y que todos
se lo estaban pasando realmente bien, incluido el perro, que ladraba
mucho. Nuestro amigo llamaba y llamaba, pero nada. "Es como
si no existiera", seguía pensando para sí.
Optó por ir al cine, pero en aquella pantalla de grandes
dimensiones tampoco logró verse reflejado. Y, para más
inri, se sentó junto a él una pareja que no paró
de besarse y de meterse mano durante toda la proyección,
haciendo caso omiso de aquel tipo desorientado que se encontraba
en la butaca contigua. Aquel par de quinceañeros actuaban
libremente, como si estuvieran totalmente solos, a lo mejor porque
lo estaban.
Nada más finalizar el filme, nuestro amigo aplaudió
para intentar hacerse notar entre el resto de espectadores, pero
nadie le siguió ni dirigió su mirada hacia él.
Para colmo, un niño de unos doce años le pisó
al salir del cine, sin inmutarse ni por supuesto pedirle perdón.
“¡Ay!, ¡qué falta de respeto!”, exclamó
Miguel indignado.
"¿Si no existo, entonces qué es lo que hizo mi
madre cuando me dio a luz?", se preguntaba nuestro amigo, cada
vez más convencido de su inexistencia.
Pero ya entrada la noche se encontró por la calle con su
amigo Paco, que sí que le reconoció. “Acuérdate
que me debes cien euros”, le dijo. Al poco llegó a
casa y nada más quitarse la chaqueta recibió la llamada
de un primo lejano que quería ir de visita unos días
a Madrid y que le pidió alojamiento por tres o cuatro noches.
Y pocas horas después, volvió a confirmar que existía
al leer una carta que le había enviado el banco en la que
le advertían de que se estaba retrasando en el pago de la
hipoteca.
“Existir, existo”, se dijo, “lo que pasa es que
en un mundo que es idéntico al del supermercado de la esquina,
un mundo en el que todo cuesta dinero y las cajeras no nos miran
a los ojos pero nos cobran por todo cuanto nos llevamos, o incluso
hasta por lo que no nos llevamos”.
Miguel se puso entonces a pensar que, en realidad, lo mejor sería,
ya puestos, no existir tampoco para eso para lo que nos utilizan
los demás. El problema, eso sí, está en que
él mismo, según reconoce, también se ha aprovechado
de numerosas personas en su vida, sobre todo a altas horas de la
noche, cuando no le llega el dinero para la última copa o
le da miedo irse a dormir solo y se va con la primera que se le
acerca, le guste o no. Por cierto: generalmente no.
“Para cabrón, yo”, se dice, y concluye que, en
realidad, quienes no existen son todos sus amigos y compañeros
de juergas. Entre ellos yo, que tantas veces he sido utilizado por
Miguel para prestarle dinero por la noche o para presentarle a alguna
amiga mía a la que no tardó en tirarle los tejos.
Eso sí, con mis amigas nunca consigue nada. Y es que todas
son muy guapas y tienen muy bien gusto. De irse con alguno, prefieren
conmigo, que como también soy de este mundo no puedo remediar
ser un poco cabrón y aprovecharme de su belleza. Pero es
que así es la vida.
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