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“No existen los paraísos salvo en la medida que se
añoran”, decía recientemente en una entrevista
el director salmantino Basilio Martín Patino.
En el caso de Miguel, y de quien esto escribe, quizá lo que
añoramos desde hace demasiado tiempo son esos paraísos
que nunca tuvimos y que si tenemos la esperanza de encontrar es
para perderlos de nuevo y poder añorarlos con más
fuerza cuando todo se haya venido definitivamente abajo.
El nuevo amigo de Miguel, Carlos el filósofo, considera sin
embargo que hay que dejarse de añoranzas y mirar únicamente
hacia el futuro y hacerlo además con optimismo. “La
vida hay que tomarla como una huida hacia delante, aunque se trate
de una huída de nosotros mismos, porque seguro que algo bueno
nos tiene que acabar pasando, aunque sea de rebote, que a fin de
cuentas todos los tontos acaban teniendo suerte, y tú y yo
somos un par de tontos de los buenos”.
Miguel, contrario a los argumentos de su amigo, le contesta que
no merece la pena mirar hacia el futuro porque el mundo no es sino
“un cúmulo de pérdidas, de facturas que hay
que pagar por los errores cometidos o por cometer, porque casi siempre
el castigo llega antes que los premios, y que lo único que
nos acabará trayendo el paso de los años es el dolor
más absoluto”.
Por tanto, a su entender lo mejor sería “nacer sin
nada, sin ni siquiera una madre que nos dé calor, para que
cuando lleguen las pérdidas sólo podamos añorar
aquello que no tuvimos, que es como añorar en el vacío,
que duele menos”.
Harto de decir y de escuchar sandeces, Carlos opta por pedir para
ambos un nuevo botellín con el que los dos pierden la cuenta
del número de botellines que llevaban hasta llegar a olvidarse
de que están en un bar tomando botellines para olvidarse,
valga la redundancia, del pasado, el presente y el futuro, que al
final todo es igual de mierda. Y esta columna, más.
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