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Cuenca, miércoles 22 de noviembre de 2006

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Los sueños de Miguel
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I

Estaba en un sueño, y estabas tú también. Y entonces apareció un tipo con una guadaña. Quería cortarme la cabeza. Yo le dije que, si acaso, cortara la tuya. Pero que te dejara intacto el cuerpo, que tanto me gusta (cómo te defendí). Pero la muerte te miró a los ojos y comprendió que no podía hacer daño a tanta hermosura. Le dí la razón, aunque por si acaso le dije que yo también era muy guapo. Pero la muerte me dijo que de hombres no entendía, que ella era lesbiana. Yo le respondí que, si me ponía una peluca, me pintaba los labios, me depilaba los pelos de la cara y piernas y me vestía con una falda y unas medias, a lo mejor daba el pego. Así que hice todo eso para que la muerte no me cortara la cabeza. Pero al poco tiempo desperté, así que tanto esfuerzo fue en balde. Al menos conservaba la cabeza, o eso creo, porque desde entonces no me atrevo a mirarme al espejo por si acaso.

II

Soñé que buscaba tu boca por los bares. Y que por fin la encontraba. Te besé y engullí toda la saliva que pude para poder escupirle después a la vida con tus babas. Y así lo hice pero me pilló el dueño del bar, que me sacó de mala manera de aquel sitio. Me ví tirado en plena carretera, con los coches tratando de esquivarme. Pero hubo uno que no pudo. Me aplastó de caro a rabo. Pese a todo no tardé en levantarme. Y descubrí que, dado mi aplastamiento, podía colarme en cualquier sitio. Primero entré en el banco central, y me lo llevó todo. Después en la alcoba dela chica que siempre me ha gustado, y que nunca me quiso. Pero estaba con otro en la cama y me desmoroné de tristeza bajo su cama. Por la mañana, el tipo con el que se había acostado me confundió con una alfombra y me pisó. Yo grité y fue entonces cuando me descubrieron. Me enroscaron y me echaron por la ventana. Otro coche me volvió a atropellar, y en esta ocasión me hizo añicos. Yo era mil trozos esparcidos por
la carretera. Pero seguía conservando mi identidad. O eso creía, hasta que dos barrenderos me recogieron y me echaron a una papelera que poco después un niño pirómano y quemó. Y con aquella gamberrada ardieron todos mis sueños.


III

Me puse a soñar y yo era el gato con botas. Pero las botas no eran de mi número y me hacían daño. Deambulaba por las calles, cojo, y las farolas se apagaban a mi paso, no sé por qué razón. Intenté entrar en varios bares pero en ninguno me querían servir cerveza. Decían que los gato no bebían. Me ofrecían leche, pero yo desde pequeño odio la leche. Todavía añoro la de mi madre, pero la comercial me da ganas de vomitar. Enfurecido, opté por entrar en una discoteca (estaba prohibida la entrada a los perros, pero de gatos no decían nada), aunque me jodió que no me hicieran ningún descuento por ser gato. Para colmo seguían sin servirme alcohol. Yo estaba hasta los huevos de todo. Menos mal que pusieron una de mis canciones favoritas, ‘Pedro Navaja’, y bailando se me pasó el mal humor. Hasta se me olvidó que era un gato. Después intenté ligarme a un par de suecas pero no debieron entenderme o yo no me expliqué muy bien. El caso es que me entregaron al dueño del bar,
para que me sacara fuera, cuando yo lo que quería era follármelas. Cuando estaba en los brazos del hostelero del turno, desperté gritando miau. Mi vecino, sorprendido por mis maullidos, llamó a la protectora de animales y para allí que me llevaron. Desde entonces vivo aquí, con otros gatos, y no digo que se viva mal, pero no dejan de darme leche y yo no puedo dejar de vomitar. Y todavía me siguen apretando las botas un huevo.

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