|
I
Estaba en un sueño, y estabas tú también. Y
entonces apareció un tipo con una guadaña. Quería
cortarme la cabeza. Yo le dije que, si acaso, cortara la tuya. Pero
que te dejara intacto el cuerpo, que tanto me gusta (cómo
te defendí). Pero la muerte te miró a los ojos y comprendió
que no podía hacer daño a tanta hermosura. Le dí
la razón, aunque por si acaso le dije que yo también
era muy guapo. Pero la muerte me dijo que de hombres no entendía,
que ella era lesbiana. Yo le respondí que, si me ponía
una peluca, me pintaba los labios, me depilaba los pelos de la cara
y piernas y me vestía con una falda y unas medias, a lo mejor
daba el pego. Así que hice todo eso para que la muerte no
me cortara la cabeza. Pero al poco tiempo desperté, así
que tanto esfuerzo fue en balde. Al menos conservaba la cabeza,
o eso creo, porque desde entonces no me atrevo a mirarme al espejo
por si acaso.
II
Soñé que buscaba tu boca por los bares. Y que por
fin la encontraba. Te besé y engullí toda la saliva
que pude para poder escupirle después a la vida con tus babas.
Y así lo hice pero me pilló el dueño del bar,
que me sacó de mala manera de aquel sitio. Me ví tirado
en plena carretera, con los coches tratando de esquivarme. Pero
hubo uno que no pudo. Me aplastó de caro a rabo. Pese a todo
no tardé en levantarme. Y descubrí que, dado mi aplastamiento,
podía colarme en cualquier sitio. Primero entré en
el banco central, y me lo llevó todo. Después en la
alcoba dela chica que siempre me ha gustado, y que nunca me quiso.
Pero estaba con otro en la cama y me desmoroné de tristeza
bajo su cama. Por la mañana, el tipo con el que se había
acostado me confundió con una alfombra y me pisó.
Yo grité y fue entonces cuando me descubrieron. Me enroscaron
y me echaron por la ventana. Otro coche me volvió a atropellar,
y en esta ocasión me hizo añicos. Yo era mil trozos
esparcidos por
la carretera. Pero seguía conservando mi identidad. O eso
creía, hasta que dos barrenderos me recogieron y me echaron
a una papelera que poco después un niño pirómano
y quemó. Y con aquella gamberrada ardieron todos mis sueños.
III
Me puse a soñar y yo era el gato con botas. Pero las botas
no eran de mi número y me hacían daño. Deambulaba
por las calles, cojo, y las farolas se apagaban a mi paso, no sé
por qué razón. Intenté entrar en varios bares
pero en ninguno me querían servir cerveza. Decían
que los gato no bebían. Me ofrecían leche, pero yo
desde pequeño odio la leche. Todavía añoro
la de mi madre, pero la comercial me da ganas de vomitar. Enfurecido,
opté por entrar en una discoteca (estaba prohibida la entrada
a los perros, pero de gatos no decían nada), aunque me jodió
que no me hicieran ningún descuento por ser gato. Para colmo
seguían sin servirme alcohol. Yo estaba hasta los huevos
de todo. Menos mal que pusieron una de mis canciones favoritas,
‘Pedro Navaja’, y bailando se me pasó el mal
humor. Hasta se me olvidó que era un gato. Después
intenté ligarme a un par de suecas pero no debieron entenderme
o yo no me expliqué muy bien. El caso es que me entregaron
al dueño del bar,
para que me sacara fuera, cuando yo lo que quería era follármelas.
Cuando estaba en los brazos del hostelero del turno, desperté
gritando miau. Mi vecino, sorprendido por mis maullidos, llamó
a la protectora de animales y para allí que me llevaron.
Desde entonces vivo aquí, con otros gatos, y no digo que
se viva mal, pero no dejan de darme leche y yo no puedo dejar de
vomitar. Y todavía me siguen apretando las botas un huevo.
|