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Miguel ha caminado cientos de veces por los pasillos de un balneario,
de un hotel, de una pensión y hasta de un convento con los
zapatos en la mano después de haber visitado la alcoba de
una chica que, saciado su deseo (eso que nunca se sacia del todo),
le echó de su cama con los primeros rayos del sol.
Tan contradictorio como siempre, nuestro amigo siempre ha corrido
escaleras arriba o escaleras abajo avergonzado y con la cautela
de quien no quiere ser visto, pero al mismo tiempo orgulloso de
su nueva hazaña y con el deseo de que alguien le descubra
en tal situación para que después lo propague a los
cuatro vientos y contribuya a aumentar la fama de Don Juan sin par
de este Miguel con más flechas que Cupido en el costado izquierdo
de su corazón.
De regreso a su parcela, siempre se siente como el protagonista
de ‘Un soplo en el corazón’, de Louis Malle,
e igual que él acostumbra a comerse una magdalena para recordar,
no su infancia, sino ese momento recién perdido que por recuperarlo
estaría dispuesto a dar hasta la irrecuperable dulzura de
la infancia.
Pero nuestro amigo nunca llora porque está hecho de hormigón,
como Madrid, como todas las ciudades, y por eso sabe reírse
de sus propios recuerdos, porque reírse es la mejor manera
de combatir aquello que nos duele. Si acaso, se lleva a la nariz
el dedo que utilizó para abrir esa puerta que le llevó
a una habitación de la que ya le hubiera gustado no encontrar
una salida. Con eso es feliz.
Luego no tarda en volver a salir a la calle para perderse entre
la gente, confiando en poder acabar, una vez más, escapando
descalzo con los zapatos en mano de una habitación de hotel,
de pensión o de convento, y el estómago lo suficientemente
vacío como para ser capaz de ingerir, ya por la mañana,
una magdalena de esas que le recuerdan a todo lo que nunca fue.
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