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Cuenca, miércoles 13 de diciembre de 2006

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Miguel se despertó del sueño todavía dormido. Se quitó el pijama como pudo y se vistió, también, como pudo, aunque se olvidó de quitarse el gorrito de dormir y se puso unos calcetines que no eran del mismo par. Al salir del portal se cruzó con la portera, que se rió de él al verle con pintas tales. Y eso que ella iba ataviada exclusivamente con unas bragas de colores. Suponemos que a partir de cierta edad la gente no sabe cómo llamar la atención.

Llegó a la oficina atolondrado, y su secretaria se aprovechó de su aturdimiento para venderle una colección entera de fascículos de no sabemos bien el qué. Miguel ni siquiera se dio cuenta de que eran los mismos fascículos que le había endosado dos años atrás, una mañana como tantas otras en la que acudió dormido a la oficina. Todavía no les ha quitado el plástico a los primeros y tampoco piensa quitárselos a los segundos.

Se durmió profundamente nada más empezar a trabajar. Sus compañeros le despertaron para el almuerzo, pero no pudo evitar volver a quedarse traspuesto mientras trataba de ingerir un trozo de su sándwich de atún.

Soñó, poco después, que se encontraba en una isla desierta, de esas que tienen una palmera en medio, con la chica más hermosa de la isla, aunque al mismo tiempo también con la más fea porque el caso es que no había más chicas en la isla. Para vencer el aburrimiento, se puso a tirar migas de pan a los tiburones, pero éstos le pedían vino tinto y galletas de chocolate. Uno de ellos llegó a enamorarse de la chica y se le acercó hasta arrancarle y llevarse consigo uno de sus pechos. La escena fue un poco sangrienta, pero el mal podía haber sido peor: al fin y al cabo a la chica le quedaba el pecho derecho, por lo que Miguel seguiría teniendo algo que tocar.

Tras comerse un coco despertó. Era justo la hora de salir de la oficina. Pero volvió a recibir la visita de Morfeo mientras bajaba las escaleras. Estuvo durmiendo un buen rato, hasta que le echó a patadas una viejecita que le confundió con un vagabundo y que le amenazó con llamar a la policía si volvía a verle por ahí, ya fuera dormido, despierto o en bikini.

Llegó al bar donde estaban sus amigos. En señal de educación, se quitó el gorrito de dormir, pero no pudo impedir quedarse frito antes de que le sirvieran su botellín de cerveza habitual. No le dio tiempo más que a entrar en el bar y decir “¡Mozo, un botellín!”. Pero de beber, nada. Se limitó a soñar que estaba en un guateque donde servían limonada y todo el mundo bailaba el twist de los Fat Boys.

Cerca de las doce el camarero le despertó y le obligó a abandonar el local porque tenía que cerrar. Miguel volvió a ponerse el gorrito de dormir y se marchó, mirando de refilón el botellín caliente que no pudo beber.

Al llegar a casa, tras dormirse cinco veces más por el camino, hizo balance del día y comprendió que lo había pasado mucho mejor que en otras ocasiones. Lo de dormir, a fin de cuentas, le ayudaba a no pensar en nada, lo cual hay veces que está bien. Entonces decidió meterse en la cama para seguir durmiendo, esta vez como dios manda, pero entonces se encontró con que no podía conciliar el sueño. Según parece, dormir en la cama no le motivaba tanto como hacerlo en la oficina, en el bar o en el banco de un parque. Así que optó por ponerse a soñar despierto para seguir llevándole la contraria al mundo, como tanto le gusta.

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