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Mucha gente me preguntaba en las pasadas navidades por Miguel.
Que qué era de su vida en esos días fríos donde
la gente es capaz de brindar con champagne por lo que sea, hasta
por el niño Jesús.
Yo les decía que se estaba preparando para la cabalgata de
los Reyes Magos, pues le ofrecieron hacer de paje en el desfile
del pueblo de su madre, un pequeño municipio conquense de
nombre Torrubia del Campillo que en el año 2005 contaba con
39 habitantes y sólo un año después, en 2006,
bajó a 38, según las estadísticas del INE.
Lo que no nos dicen esas estadísticas es si ese habitante
de menos se murió, se escapó a otra localidad de nombre
más atractivo o simplemente se escondió de los técnicos
del INE que elaboran las estadísticas, cansado de ser un
número más en los estudios poblacionales sin recibir
nada a cambio.
El caso es que Torrubia del Campillo es tan pequeño que la
totalidad de sus 39, ahora 38, habitantes se ven obligados a participar
en la cabalgata cada año. Incluso los ancianos, ya sea con
su bastón o en silla de ruedas. Y es que para organizar un
desfile en condiciones, incluso necesitan contar con los vecinos
de los pueblos de alrededor, que hacen de relleno a cambio de un
jamón. Lo de encontrar un negro, eso sí, ni se lo
plantean, y se limitan a pintar al más moreno o al que tiene
los labios más carnosos, como en los viejos tiempos. Pero
lo más curioso de todo es que, como todo el municipio se
involucra en el desfile, nunca queda público para presenciarlo,
de forma que los vecinos acababan desfilando para sí mismos
y tirando caramelos a los niños que no hay.
Ayer por la noche hablé por teléfono con Miguel y
me dijo que él por un jamón hubiera salido a recorrer
las calles del pueblo de su madre hasta en pelotas. Aunque no es
muy dado a los actos navideños, me aseguraba que se lo pasó
muy bien en el desfile, repartiendo caramelos a nadie en las calles
vacías y escoltando la carroza en la que viajaba en rey Melchor
para protegerla de posibles malhechores de los pueblos vecinos que
pudieran boicotearla por envidia.
Me comentó que todo iba de perlas hasta que, de pronto, se
hizo de noche y, como la iluminación del pueblo es bastante
deficiente, muchos de los integrantes de la cabalgata tomaron caminos
equivocados. Algunos acabaron uniéndose, por despiste, a
la del pueblo de al lado, y otros bañándose en las
heladas aguas de la fuente municipal, donde los hay que cogieron
una pulmonía.
Miguel también se extravió, pero afortunadamente no
acabó bañándose en la fuente, sino en el taburete
de bar, donde se puso a beber cava para brindar, como todos los
españolitos en esos días navideños, por la
paz mundial, por el pesebre, por la estrella de Belén, por
el niño Jesús y por la sonrisa de todos los niños
nacidos y por nacer. Además, por ir vestido de paje le hicieron
un precio especial.
Finalizadas las Navidades, ahora toca volver a la rutina de los
días cotidianos, alejada de los desfiles y de esas luces
de colores que ya quisieran para sí municipios como el de
Torrubia del Campillo, para que sus ciudadanos no perdieran el norte
en el momento más inoportuno. Personalmente, espero que con
la llegada del nuevo año mis allegados empiecen a preocuparse
más por mí que por Miguel, que empiezo a tener un
poco de celos de este personaje medio inventado medio real por el
que todo el mundo me pregunta. “Preocuparos más por
mí, que a fin de cuentas soy quien lo ha parido”, les
digo, pero ellos siguen en sus trece. Y es que así de poco
se suele valorar el trabajo de las madres. ¡Qué poco
reconocidas estamos!
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