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Cuenca, miércoles 10 de enero de 2007

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De cabalgata en Torrubia del Campillo
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Mucha gente me preguntaba en las pasadas navidades por Miguel. Que qué era de su vida en esos días fríos donde la gente es capaz de brindar con champagne por lo que sea, hasta por el niño Jesús.

Yo les decía que se estaba preparando para la cabalgata de los Reyes Magos, pues le ofrecieron hacer de paje en el desfile del pueblo de su madre, un pequeño municipio conquense de nombre Torrubia del Campillo que en el año 2005 contaba con 39 habitantes y sólo un año después, en 2006, bajó a 38, según las estadísticas del INE. Lo que no nos dicen esas estadísticas es si ese habitante de menos se murió, se escapó a otra localidad de nombre más atractivo o simplemente se escondió de los técnicos del INE que elaboran las estadísticas, cansado de ser un número más en los estudios poblacionales sin recibir nada a cambio.

El caso es que Torrubia del Campillo es tan pequeño que la totalidad de sus 39, ahora 38, habitantes se ven obligados a participar en la cabalgata cada año. Incluso los ancianos, ya sea con su bastón o en silla de ruedas. Y es que para organizar un desfile en condiciones, incluso necesitan contar con los vecinos de los pueblos de alrededor, que hacen de relleno a cambio de un jamón. Lo de encontrar un negro, eso sí, ni se lo plantean, y se limitan a pintar al más moreno o al que tiene los labios más carnosos, como en los viejos tiempos. Pero lo más curioso de todo es que, como todo el municipio se involucra en el desfile, nunca queda público para presenciarlo, de forma que los vecinos acababan desfilando para sí mismos y tirando caramelos a los niños que no hay.

Ayer por la noche hablé por teléfono con Miguel y me dijo que él por un jamón hubiera salido a recorrer las calles del pueblo de su madre hasta en pelotas. Aunque no es muy dado a los actos navideños, me aseguraba que se lo pasó muy bien en el desfile, repartiendo caramelos a nadie en las calles vacías y escoltando la carroza en la que viajaba en rey Melchor para protegerla de posibles malhechores de los pueblos vecinos que pudieran boicotearla por envidia.

Me comentó que todo iba de perlas hasta que, de pronto, se hizo de noche y, como la iluminación del pueblo es bastante deficiente, muchos de los integrantes de la cabalgata tomaron caminos equivocados. Algunos acabaron uniéndose, por despiste, a la del pueblo de al lado, y otros bañándose en las heladas aguas de la fuente municipal, donde los hay que cogieron una pulmonía.

Miguel también se extravió, pero afortunadamente no acabó bañándose en la fuente, sino en el taburete de bar, donde se puso a beber cava para brindar, como todos los españolitos en esos días navideños, por la paz mundial, por el pesebre, por la estrella de Belén, por el niño Jesús y por la sonrisa de todos los niños nacidos y por nacer. Además, por ir vestido de paje le hicieron un precio especial.

Finalizadas las Navidades, ahora toca volver a la rutina de los días cotidianos, alejada de los desfiles y de esas luces de colores que ya quisieran para sí municipios como el de Torrubia del Campillo, para que sus ciudadanos no perdieran el norte en el momento más inoportuno. Personalmente, espero que con la llegada del nuevo año mis allegados empiecen a preocuparse más por mí que por Miguel, que empiezo a tener un poco de celos de este personaje medio inventado medio real por el que todo el mundo me pregunta. “Preocuparos más por mí, que a fin de cuentas soy quien lo ha parido”, les digo, pero ellos siguen en sus trece. Y es que así de poco se suele valorar el trabajo de las madres. ¡Qué poco reconocidas estamos!

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