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Recibo en el periódico la llamada de un hostelero cabreado
que no es que me insinúe, sino que me dice directa y abiertamente,
en referencia a un artículo que publiqué hace poco,
que un buen periodista debe contrastar las informaciones de que
dispone antes de sacarlas a la luz, porque de lo contrario puede
contar algo que no es cierto, perder toda credibilidad y no provocar
sino la risa en los lectores.
A mí no me parece, sin embargo, que los periodistas tengan
por qué contar sólo cosas que son ciertas. Evidentemente,
no podemos darle a la invención, pero si una fuente de cierta
confianza nos informa sobre algo que ha sucedido o que va a suceder,
es lógico que lo contemos en el diario al día siguiente,
siempre citando a la fuente que nos lo ha ‘soplado’.
Que luego esa fuente nos haya dado una información equivocada
o parcial, o que lo que él espera que va a suceder no ocurra
jamás, no tiene por qué restar credibilidad a un periodista,
que no puede ser testigo de todo lo que ha ocurrido (no somos omnipresentes)
ni un visionario de lo que va a ocurrir (tampoco brujos), sino un
mero transmisor de lo que le cuentan sus fuentes o de lo que aprecia
que sucede a su alrededor. Lo de las verdades absolutas se lo dejamos
a Dios, que es el único que puede estar en todas partes y
que nunca se equivocaría si existiera. Pero afortunadamente
Dios no existe.
Estuve a punto de decir al empresario en cuestión que, para
mí, lo que sí que es evidente es que un hostelero
pierde toda su credibilidad no sólo como hostelero, sino
como persona, cuando sirve garrafón a sus clientes, como
me temo que hace él y otros muchos más. Pero no le
dije nada porque tengo claro que una acusación así
no podría hacerla salvo en el caso de tener pruebas concluyentes.
Y aunque cada vez que me tomo una copa en su local (con una es suficiente)
al día siguiente tengo un horrible dolor de cabeza, no puedo
demostrar que estoy en lo cierto ni conozco a ninguna persona que
haya hecho investigado la procedencia de sus botellas.
Así que no le dije nada, que además detesto entrar
en discusiones que no van a llegar a ninguna parte, y por regla
general ninguna discusión lleva a ninguna parte. Lo que sí
que haré será no volver a tomarme ninguna copa en
su local, que por cierto incumple un sábado sí y otro
también la ordenanza municipal en lo que respecta a la hora
de cierre, de lo cual sí que tengo pruebas y dice bien poco
de su profesionalidad como empresario de la hostelería.
Supongo que a esta persona tampoco se le ocurrirá volver
comprar nunca el periódico en el que trabajo. Si acaso le
echará un vistazo en algún bar, en busca de nuevas
noticias falsas a través de las que poder confirmar su superioridad
con respecto al mundo en que vivimos. Y es que son muchas las personas
que se creen Dios, poseedores de la única verdad, de la razón
que les permite criticar a los otros (incluso ridiculizarlos como
hace Rajoy con Zapatero) y que parece que nunca se han mirado a
sí mismos en el espejo y reconocido sus propios fallos. Son
personas que se creen Dios, pero ya he dicho antes que Dios no existe.
Menos mal.
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