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Me siento en mi salón de estar, como llevo haciendo desde
hace unos cuantos eneros, dispuesto a seguir la Gala de los Goya,
consciente de que se trata de una entrega de premios que, como toda
entrega de premios, tendrá momentos divertidos y aburridos,
pero sobre todo emoción, no sólo en la curiosidad
por conocer el nombre de los ganadores, sino también por
poder escuchar sus discursos, que siempre son mejores cuanto más
emocionados, cuanta más naturales, cuando salgan de dentro
y no de una de esas hojas sacadas de la chaqueta donde ya está
todo escrito.
Me parece no obstante indignante esa apuesta de TVE por transmitir
la gala en diferido, o con un retardo de treinta minutos, que a
fin de cuentas es lo mismo, que qué manía de no saber
o no querer llamar a las cosas por su nombre. Así que media
hora antes pruebo a sintonizar con Radio Nacional y me entero de
quiénes son los dos primeros premiados. Pero en seguida me
inclino por esperar a las imágenes porque qué es una
gala del cine sin ver el maquillaje de nuestras actrices, la gomina
de Viggo Mortensen o los ojos al borde de las lágrimas
de los ganadores menos arrogantes, más humanos, actores en
el trabajo pero no en la vida.
Con las primeras imágenes, certifico que no sólo no
me gusta el supuesto humor de ese tal Corbacho, sino que me parece
zafio, y se me hace insoportable su egocentrismo continuo, ese creerse
el amo del universo por tener la temeraria oportunidad de presentar
la gala de los Goya, ese atrevimiento de recordarnos en por lo menos
dos ocasiones que en la edición del pasado año ganó
el premio a la mejor dirección novel por esa película
que Isabel Coixet rebautizó en su intervención,
con cierta gracia, como 'Raciones', y que no era sino un episodio
más de una de las muchas teleseries que inundan los canales
de nuestra televisión.
Me fastidia además que lo mejor de este tipo de galas (el
momento de suspense previo al anuncio del ganador y las intervenciones
de los afortunados de la noche) se intente abreviar al máximo,
que se pretendan aparcar los sentimientos y hacer espectáculo
de efectos especiales de usar y tirar para contentar a la mayor
parte de los telespectadores, que ni ven cine español ni
le gusta o no les gusta porque no le ven.
Pero a pesar de todo ello me entretengo en cuerpo y alma a la gala,
y me alegro del triunfo y posterior discurso de ese Juan Diego que
pese a la acumulación de años y victorias se mantiene
fiel a sí mismo, y acaba de volver a demostrarnos que es
un genio del cine en la agridulce 'Vete de mí', donde representa
a ese padre que bastante tiene con tratar de recomponer su vida
como para echarle una mano a ese hijo que nunca ha dado ni golpe
en la suya, y que pretende seguir sin dar ni golpe.
Me decepciona, en cambio, el discurso tan medido de Ivana
Baquero, esa niña a la que muchos nos hubiéramos
comido de ternura en el 'El laberinto del fauno', pero que así
al natural me parece de lo más repipi, demasiado sabionda
para su edad, con unas ideas tan claras que ya se encargarán
los años de que se le oscurezcan.
También me apena la nueva espantada de Pedro Almodóvar,
que a su edad ya debería saber que no se puede ganar todo
y que lo importante en el mundo de las artes no es quedar primero,
sino crear. Que con eso es más suficiente, y máxime
en su caso.
Pero por encima de todo me alegra que ese canto al amor de las madres
que es 'Volver' se lleve los dos premios más importantes,
que la mezcla de fantasía y realidad afortunadamente pasada
de 'El laberinto del fauno' tenga una grata recompensa, que 'Salvador'
no se vaya vacío pese a que a priori tenía todas las
papeletas para ello, y que 'Alatriste' siga siendo una gran película.
Y por no ponerme del mismo lado de toda esa gente que tanto lo critica
todo, y que no ha tardado en despotricar contra la gala de los Goya
y contra el cine español en general, acabo haciendo un balance
positivo de esta fiesta de nuestro arte cinematográfico,
porque desde luego que nunca se me ocurriría avergonzarme
de pertenecer a un país donde se hacen películas como
'Vete de mí', como 'Volver', como 'Lo que sé de Lola',
como 'El laberinto del fauno', como 'Alatriste', como 'Salvador',
como tantas otras que se han hecho y que se harán, y cuyos
profesionales no dudan en rebelarse públicamente contra un
Gobierno o un partido político o lo que sea si consideran
que éste nos está tratando a todos como imbéciles.
Porque imbéciles los hay, está claro, pero menos de
los que algunos creen.
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