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Cuenca, miércoles 31 de enero de 2007

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Los Goya
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Me siento en mi salón de estar, como llevo haciendo desde hace unos cuantos eneros, dispuesto a seguir la Gala de los Goya, consciente de que se trata de una entrega de premios que, como toda entrega de premios, tendrá momentos divertidos y aburridos, pero sobre todo emoción, no sólo en la curiosidad por conocer el nombre de los ganadores, sino también por poder escuchar sus discursos, que siempre son mejores cuanto más emocionados, cuanta más naturales, cuando salgan de dentro y no de una de esas hojas sacadas de la chaqueta donde ya está todo escrito.

Me parece no obstante indignante esa apuesta de TVE por transmitir la gala en diferido, o con un retardo de treinta minutos, que a fin de cuentas es lo mismo, que qué manía de no saber o no querer llamar a las cosas por su nombre. Así que media hora antes pruebo a sintonizar con Radio Nacional y me entero de quiénes son los dos primeros premiados. Pero en seguida me inclino por esperar a las imágenes porque qué es una gala del cine sin ver el maquillaje de nuestras actrices, la gomina de Viggo Mortensen o los ojos al borde de las lágrimas de los ganadores menos arrogantes, más humanos, actores en el trabajo pero no en la vida.

Con las primeras imágenes, certifico que no sólo no me gusta el supuesto humor de ese tal Corbacho, sino que me parece zafio, y se me hace insoportable su egocentrismo continuo, ese creerse el amo del universo por tener la temeraria oportunidad de presentar la gala de los Goya, ese atrevimiento de recordarnos en por lo menos dos ocasiones que en la edición del pasado año ganó el premio a la mejor dirección novel por esa película que Isabel Coixet rebautizó en su intervención, con cierta gracia, como 'Raciones', y que no era sino un episodio más de una de las muchas teleseries que inundan los canales de nuestra televisión.

Me fastidia además que lo mejor de este tipo de galas (el momento de suspense previo al anuncio del ganador y las intervenciones de los afortunados de la noche) se intente abreviar al máximo, que se pretendan aparcar los sentimientos y hacer espectáculo de efectos especiales de usar y tirar para contentar a la mayor parte de los telespectadores, que ni ven cine español ni le gusta o no les gusta porque no le ven.

Pero a pesar de todo ello me entretengo en cuerpo y alma a la gala, y me alegro del triunfo y posterior discurso de ese Juan Diego que pese a la acumulación de años y victorias se mantiene fiel a sí mismo, y acaba de volver a demostrarnos que es un genio del cine en la agridulce 'Vete de mí', donde representa a ese padre que bastante tiene con tratar de recomponer su vida como para echarle una mano a ese hijo que nunca ha dado ni golpe en la suya, y que pretende seguir sin dar ni golpe.

Me decepciona, en cambio, el discurso tan medido de Ivana Baquero, esa niña a la que muchos nos hubiéramos comido de ternura en el 'El laberinto del fauno', pero que así al natural me parece de lo más repipi, demasiado sabionda para su edad, con unas ideas tan claras que ya se encargarán los años de que se le oscurezcan.

También me apena la nueva espantada de Pedro Almodóvar, que a su edad ya debería saber que no se puede ganar todo y que lo importante en el mundo de las artes no es quedar primero, sino crear. Que con eso es más suficiente, y máxime en su caso.

Pero por encima de todo me alegra que ese canto al amor de las madres que es 'Volver' se lleve los dos premios más importantes, que la mezcla de fantasía y realidad afortunadamente pasada de 'El laberinto del fauno' tenga una grata recompensa, que 'Salvador' no se vaya vacío pese a que a priori tenía todas las papeletas para ello, y que 'Alatriste' siga siendo una gran película.

Y por no ponerme del mismo lado de toda esa gente que tanto lo critica todo, y que no ha tardado en despotricar contra la gala de los Goya y contra el cine español en general, acabo haciendo un balance positivo de esta fiesta de nuestro arte cinematográfico, porque desde luego que nunca se me ocurriría avergonzarme de pertenecer a un país donde se hacen películas como 'Vete de mí', como 'Volver', como 'Lo que sé de Lola', como 'El laberinto del fauno', como 'Alatriste', como 'Salvador', como tantas otras que se han hecho y que se harán, y cuyos profesionales no dudan en rebelarse públicamente contra un Gobierno o un partido político o lo que sea si consideran que éste nos está tratando a todos como imbéciles. Porque imbéciles los hay, está claro, pero menos de los que algunos creen.

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