|
Iba andando tranquilamente por la calle, cuando de repente me
llamaron al teléfono. Era de la oficina. Me dijeron que me
había dejado el móvil en la mesa, que volviera si
podía o si quería. En ese momento no me paré
a pensar en la incongruencia de que me llamaran a un teléfono
que no tenía, y caminé apresurado de vuelta a la oficina,
con la intención de recuperar el móvil antes de que
alguno de mis compañeros curioseara en mis mensajes archivados
o se animara a hacer uso de mi crédito para concertar una
conferencia con el extranjero.
He de reconocer que nunca había caminado tan a prisa en dirección
al trabajo. Salir siempre salgo apresurado, pero entrar... Llegué
a subir las escaleras de dos en dos, de tres en tres, de cuatro
en cuatro, pasando por encima de la señora de la limpieza,
que comía una manzana y silbaba una canción, como
si estuviera feliz.
Cuando llegué a la oficina, comprobé que mi móvil
estaba sobre la mesa. Seguidamente analicé el registro de
las últimas llamadas para cerciorarme de que nadie le había
metido mano a mis archivos ni sacado rendimiento a mi crédito.
Todo estaba en orden, al menos aparentemente. Respiré aliviado,
metí el móvil en el bolsillo y me largué, como
siempre a toda prisa. Volví a pasar por encima de la señora
de la limpieza, que para entonces ya se había comido la manzana
y estaba a punto de empezar un plátano.
Al llegar a casa, eché un vistazo al teléfono al que
me habían llamado desde la oficina, que todavía no
entendía qué narices hacía en mi bolsillo,
y en ese momento el aparato comenzó a sonar. “¿Quién
es?”, pregunté. Y al otro lado apareció una
voz desconocida que me pidió que le pasara con mi otro móvil.
Yo al principio me negué, porque me parecía que, en
caso de necesidad, con quien debía hablar era conmigo, que
soy el dueño del móvil, pero accedí cuando
me aseguró que se trataba de un asunto entre móviles.
Reconozco que no debí ceder porque ambos teléfonos
se pasaron toda la tarde charlando sobre lo divino y lo humano,
intercambiándose fotos y hasta melodías de móvil,
y me gastaron el crédito. A mí no me hicieron ningún
caso, lo cual me pareció toda una falta de respeto, sobre
todo por parte del móvil que llevaba conmigo toda la vida.
¿Para eso le permití descansar tantas veces sobre
la mesilla de noche de la habitación de las chicas con las
que acabé durmiendo durante mi juventud?
Indignado, decidí tirar los dos móviles a la basura,
con la mala fortuna que poco después apareció un tercer
móvil en mi cartera. Sonaba y observé que lo hacía
desde el número de mi oficina. Pero en esta ocasión
ya no caí: opté por desconectarlo y os aseguro que
no pienso reactivarlo jamás ni molestarme en comprobar cómo
llegó hasta mí . Me parece muy bien que regalen móviles
por ahí y todo eso, pero yo desde luego que no pienso someterme
nunca más a un aparato por el que hay que pagar un mínimo
de nueve euros al mes y que encima sirve para que me tengan controlado
los de la oficina. Que le controlen a la muerte, si es que pueden.
|