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Resulta deprimente encarar la casa de la soledad, ya entrada la
mañana, después de tomarse un número indefinido
de copas de garrafón, y quedarse dormido en medio del pasillo,
incapaz de llegar entero hasta esa cama que, cuando uno está
borracho, y ya no digamos muy borracho, siempre da la impresión
que la han cambiado de sitio, alejándola de las noches en
las que dormimos abrazados a la luna. Y es que, aunque parezca mentira,
hubo un tiempo en el que la almohada era una luna que nos hacia
soñar con la cabeza dando vueltas sobre nosotros mismos y
nada era imposible.
Más deprimente es no obstante encarar una casa que no es
nuestra, como hoy en día sucede con la mayoría de
las casas, que si son de alguien es del banco, ese ente que no tiene
rostro ni ojos en los que se refleje la luna, tan alta como inalcanzable,
incluso en esas noches en las que el alcohol nos hace a creer que
todo no está tan perdido.
Y el colmo de la depresión es encarar una de esas casas que
no es ni nuestra ni del banco, porque a nadie pertenecen esos cartones
que uno encuentra en una esquina cualquiera de la calle, junto a
un contenedor, y que ni siquiera con un poco vino sirven para cubrirnos
de la humedad, de la lluvia, de las noches en blanco sin almohada
ni luna que abrazar.
Pero el caso es que el futuro se avecina como un sitio lleno de
seres sin casa, porque éstas se encuentran por las nubes
y más por las nubes que van a estar, al paso que vamos. Tener
un piso va a convertirse en el sueño imposible de los niños
que ayer soñaban con palacios de cristal y que mañana
tendrán que conformarse con un reducido ‘zulo’
que poder pagar el resto de sus vidas, si les dejan los bancos,
que tampoco es fácil que te concedan una hipoteca esos a
quienes les sale el dinero por las orejas.
En Francia los ciudadanos ya llevan un tiempo levantados contra
el orden mundial que condena a una parte de la gente a vivir en
la calle, con los pies siempre fríos, en un mundo repleto
de imposibles. Y el ejemplo francés es el único camino
que nos queda a los españoles, que al menos protestando,
saliendo a la calle con pancartas o tirando huevos a la casa del
alcalde, podríamos, si no conseguir techo y estufa para todos,
al menos sí conservar esa dignidad que el capitalismo se
nos ha llevado por delante.
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