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Lo peor no es que los que más dinero tienen nos engañen,
sino que nos dejamos engañar.
Un ejemplo: el tan criticado anuncio, que se quedó en nada,
de construir pisos de cuarenta metros cuadrados para hacer más
asequible la vivienda.
El PSOE lo propuso y no dejaron de lloverle críticas de todos
lados, hasta el punto de que el propio Gobierno dejó de creer
en su proyecto y optó por retirarlo.
Sin embargo, ¿era tan descabellada su propuesta? Es probable
que no. Y es que en una sociedad como la actual, donde las familias
numerosas han pasado a la historia, y cada vez se lleva más
la pareja sin hijos e, incluso, las personas que viven solas, cuarenta
metros cuadrados no son tan pocos como se pueda hacer creer. En
cuarenta metros hay espacio para un habitación, un baño,
una cocina y un salón decente. Será un piso pequeño,
es cierto, pero un piso. Y tal y como está hoy el mercado
inmobiliario, a lo mejor un piso de estas características
es lo único a lo que podemos aspirar determinadas personas.
Seguro, claro está, que, si pudiéramos elegir, casi
todos nos decantaríamos por una gran vivienda: una villa
con piscina, césped, barbacoa, media docena de habitaciones,
cuatro baños, bañera de hidromasajes, mayordomo y
señora de la limpieza. Pero ocurre que a todos no nos sale
el dinero por las orejas. Y que soñar imposibles está
bien cuando se es joven, pero luego hay que crecer.
¿Por qué se criticó tanto entonces en su día
la propuesta de la ministra de Vivienda? ¿Y quiénes
la criticaron? Desde luego que la gente con poco dinero no debería
arremeter contra que a la oferta general se añada una nueva
oferta para los que tienen menos posibilidades. Así que es
probable los críticos fueran los que más dinero tienen.
Y es que el hecho de que se pusieran pisos más económicos
a la venta podía hacer caer el precio de los suyos. Especialmente,
entre los críticos estarían los bancos y cajas de
ahorro, que lógicamente con los ‘mini-pisos’
temerían ver reducido el volumen de las hipotecas y, con
ello, su negocio.
Por ello, la estrategia de toda esta gente, con el PP a la cabeza,
fue reírse de lo único a lo que podía esperar
la gente de recursos escasos, logrando convencer, a base del engaño,
incluso a muchos de estos últimos de que aquello era inhumano,
cuando lo inhumano es el desorbitado precio de los bienes inmuebles.
Porque lo que hay que criticar con fiereza, insisto, es el disparatado
incremento de precios que ha registrado la vivienda en los últimos
años: todo con el viento a favor de las empresas de la construcción
y promotoras inmobiliarias, de los bancos y cajas de ahorro, de
Rajoy y compañía y de los ciudadanos sin escrúpulos
que quieren hacer dinero fácil con la especulación
sin mover prácticamente un dedo (ni de la mano ni del pie).
Ante esta situación, ¿qué nos queda? Puesto
que el proyecto de los ‘mini-pisos’ ya ha pasado a la
historia, y la vivienda, por mucho que digan que su precio va a
subir menos, seguirá encareciéndose, sólo nos
queda seguir pagando nuestra hipoteca con la soga al cuello, luchando
para no caer en la tentación de colgarnos de la desesperación
que nos produce el tener que trabajar durante treinta años
para pagarnos un pisito que, en la mayoría de los casos,
no suele ser nada del otro mundo porque los constructores, al apuntarse
también al objetivo de querer ganar cuanto más mejor
y en menor tiempo, construyen con cualquier tipo de material. O
pagamos nuestras deudas o emprendemos una nueva revolución.
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