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Cuenca, miércoles 28 de febrero de 2007

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Lo peor no es que los que más dinero tienen nos engañen, sino que nos dejamos engañar.

Un ejemplo: el tan criticado anuncio, que se quedó en nada, de construir pisos de cuarenta metros cuadrados para hacer más asequible la vivienda.

El PSOE lo propuso y no dejaron de lloverle críticas de todos lados, hasta el punto de que el propio Gobierno dejó de creer en su proyecto y optó por retirarlo.

Sin embargo, ¿era tan descabellada su propuesta? Es probable que no. Y es que en una sociedad como la actual, donde las familias numerosas han pasado a la historia, y cada vez se lleva más la pareja sin hijos e, incluso, las personas que viven solas, cuarenta metros cuadrados no son tan pocos como se pueda hacer creer. En cuarenta metros hay espacio para un habitación, un baño, una cocina y un salón decente. Será un piso pequeño, es cierto, pero un piso. Y tal y como está hoy el mercado inmobiliario, a lo mejor un piso de estas características es lo único a lo que podemos aspirar determinadas personas.

Seguro, claro está, que, si pudiéramos elegir, casi todos nos decantaríamos por una gran vivienda: una villa con piscina, césped, barbacoa, media docena de habitaciones, cuatro baños, bañera de hidromasajes, mayordomo y señora de la limpieza. Pero ocurre que a todos no nos sale el dinero por las orejas. Y que soñar imposibles está bien cuando se es joven, pero luego hay que crecer.

¿Por qué se criticó tanto entonces en su día la propuesta de la ministra de Vivienda? ¿Y quiénes la criticaron? Desde luego que la gente con poco dinero no debería arremeter contra que a la oferta general se añada una nueva oferta para los que tienen menos posibilidades. Así que es probable los críticos fueran los que más dinero tienen. Y es que el hecho de que se pusieran pisos más económicos a la venta podía hacer caer el precio de los suyos. Especialmente, entre los críticos estarían los bancos y cajas de ahorro, que lógicamente con los ‘mini-pisos’ temerían ver reducido el volumen de las hipotecas y, con ello, su negocio.

Por ello, la estrategia de toda esta gente, con el PP a la cabeza, fue reírse de lo único a lo que podía esperar la gente de recursos escasos, logrando convencer, a base del engaño, incluso a muchos de estos últimos de que aquello era inhumano, cuando lo inhumano es el desorbitado precio de los bienes inmuebles.

Porque lo que hay que criticar con fiereza, insisto, es el disparatado incremento de precios que ha registrado la vivienda en los últimos años: todo con el viento a favor de las empresas de la construcción y promotoras inmobiliarias, de los bancos y cajas de ahorro, de Rajoy y compañía y de los ciudadanos sin escrúpulos que quieren hacer dinero fácil con la especulación sin mover prácticamente un dedo (ni de la mano ni del pie).

Ante esta situación, ¿qué nos queda? Puesto que el proyecto de los ‘mini-pisos’ ya ha pasado a la historia, y la vivienda, por mucho que digan que su precio va a subir menos, seguirá encareciéndose, sólo nos queda seguir pagando nuestra hipoteca con la soga al cuello, luchando para no caer en la tentación de colgarnos de la desesperación que nos produce el tener que trabajar durante treinta años para pagarnos un pisito que, en la mayoría de los casos, no suele ser nada del otro mundo porque los constructores, al apuntarse también al objetivo de querer ganar cuanto más mejor y en menor tiempo, construyen con cualquier tipo de material. O pagamos nuestras deudas o emprendemos una nueva revolución.

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