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Cuenca, miércoles 14 de marzo de 2007

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José Luis Coll
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Decir que era el humorista del bombín, que en parte lo era, sería infravalorar el cerebro que, siempre en alerta, aguardaba bajo su bombín, dispuesto a resumir el mundo en una frase que nos hiciera reír y pensar a un mismo tiempo.

Cuando mis pies todavía no habían pisado Cuenca, y apenas sabía nada de esta ciudad colgada en el tiempo, ya sabía muy bien de ese señor bajito que siempre tenía en la boca un chiste y, junto al chiste, la palabra Cuenca. Porque mejor embajador de estas tierras desde luego que no pudo haber habido y no sabremos si lo volverá a haber.

Era capaz de colocar el vaso en todas las posiciones posibles e imposibles, incluso en la correcta que propiciara que por fin entrara el agua y el público se levantara feliz de sus asientos para aplaudir el ingenio de una pareja a la que tan bien le sentaban la chistera y el bombín, la derecha y la izquierda, los contrastes de esta España dividida que no haría nada mal en tomarles como ejemplo.

Tenía cierto toque como de humorista de la tristeza, quizá porque la realidad es triste y sus chistes nunca se quedaban en la superficie, sino que ahondaban en esa realidad que, aunque vista con humor, muchas veces acaba dejando un poso de amargura por lo que pudo haber sido y no fue o fue tan breve que apenas si lo percibimos.

Aquellas definiciones de palabras inventadas (o no) que aparecían en su diccionario siempre fueron para mí mucho más certeras que las del otro diccionario, el oficial, y me alegraron viajes de ida y de vuelta de lugares que nunca me ensañaron tanto como algunos libros suyos.

Recuerdo todavía aquella ocasión en la que en un mercadillo de Salamanca adquirí una edición de segunda mano de uno de sus libros que más me gustan, ¿Cosas mías?. El libro debía haber sido atravesado por una chincheta o un tornillo, porque tenía un agujero en medio, pero aun así se leían perfectamente todos aquellos mini-relatos y sentencias que en una ocasión llegaron a provocarnos un ataque de risa a mis compañeros de la Facultad y a mí en medio de clase de ¿Historia?.

¿Cuando apaleo un anciano enfermo, después me remuerde la conciencia?, era una de las frases que más nos gustaban. Y ni qué decir de la definición de ¿¡Ningüino!:? exclamación que utiliza el cazador de pingüinos cuando se va de caza y no encuentra ni uno solo?. O la de Hexagerado: ¿el que da proporciones excesivas a una cosa y, como no le creen, lo hace seis veces?.

Coll, libre de prejuicios, le daba la vuelta a las convicciones y soltaba, como si nada, una sola frase que lo escondía todo y que lograba ascender a lo más alto desde esa voz surgida como desde el fondo de las cavernas.

El pasado martes, echando un vistazo al especial que de su obra retransmitió la Primera de TVE, no pude evitar reírme a carcajadas en varias ocasiones, como hace tiempo que no lo hacía ni en las mejores compañías.

Para no bajar la cabeza y poder seguir tomándonos la vida (y a nosotros mismos) a broma, nos convendrá, al menos de vez en cuando, revisar alguna de esas obras que nos ha dejado y en las que tan bien se dan la mano la risa y la inteligencia, la vida y la muerte, el absurdo y la cruda realidad.

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