|
Decir que era el humorista del bombín, que en parte lo
era, sería infravalorar el cerebro que, siempre en alerta,
aguardaba bajo su bombín, dispuesto a resumir el mundo en
una frase que nos hiciera reír y pensar a un mismo tiempo.
Cuando mis pies todavía no habían pisado Cuenca, y
apenas sabía nada de esta ciudad colgada en el tiempo, ya
sabía muy bien de ese señor bajito que siempre tenía
en la boca un chiste y, junto al chiste, la palabra Cuenca. Porque
mejor embajador de estas tierras desde luego que no pudo haber habido
y no sabremos si lo volverá a haber.
Era capaz de colocar el vaso en todas las posiciones posibles e
imposibles, incluso en la correcta que propiciara que por fin entrara
el agua y el público se levantara feliz de sus asientos para
aplaudir el ingenio de una pareja a la que tan bien le sentaban
la chistera y el bombín, la derecha y la izquierda, los contrastes
de esta España dividida que no haría nada mal en tomarles
como ejemplo.
Tenía cierto toque como de humorista de la tristeza, quizá
porque la realidad es triste y sus chistes nunca se quedaban en
la superficie, sino que ahondaban en esa realidad que, aunque vista
con humor, muchas veces acaba dejando un poso de amargura por lo
que pudo haber sido y no fue o fue tan breve que apenas si lo percibimos.
Aquellas definiciones de palabras inventadas (o no) que aparecían
en su diccionario siempre fueron para mí mucho más
certeras que las del otro diccionario, el oficial, y me alegraron
viajes de ida y de vuelta de lugares que nunca me ensañaron
tanto como algunos libros suyos.
Recuerdo todavía aquella ocasión en la que en un mercadillo
de Salamanca adquirí una edición de segunda mano de
uno de sus libros que más me gustan, ¿Cosas mías?.
El libro debía haber sido atravesado por una chincheta o
un tornillo, porque tenía un agujero en medio, pero aun así
se leían perfectamente todos aquellos mini-relatos y sentencias
que en una ocasión llegaron a provocarnos un ataque de risa
a mis compañeros de la Facultad y a mí en medio de
clase de ¿Historia?.
¿Cuando apaleo un anciano enfermo, después me remuerde
la conciencia?, era una de las frases que más nos gustaban.
Y ni qué decir de la definición de ¿¡Ningüino!:?
exclamación que utiliza el cazador de pingüinos cuando
se va de caza y no encuentra ni uno solo?. O la de Hexagerado: ¿el
que da proporciones excesivas a una cosa y, como no le creen, lo
hace seis veces?.
Coll, libre de prejuicios, le daba la vuelta a las convicciones
y soltaba, como si nada, una sola frase que lo escondía todo
y que lograba ascender a lo más alto desde esa voz surgida
como desde el fondo de las cavernas.
El pasado martes, echando un vistazo al especial que de su obra
retransmitió la Primera de TVE, no pude evitar reírme
a carcajadas en varias ocasiones, como hace tiempo que no lo hacía
ni en las mejores compañías.
Para no bajar la cabeza y poder seguir tomándonos la vida
(y a nosotros mismos) a broma, nos convendrá, al menos de
vez en cuando, revisar alguna de esas obras que nos ha dejado y
en las que tan bien se dan la mano la risa y la inteligencia, la
vida y la muerte, el absurdo y la cruda realidad.
|