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Dicen que el fútbol es la mejor excusa que existe para
juntarse en un bar con los amigos y beber sin límite durante
los 90 minutos más la prolongación que dura un partido.
No hay día que no se llenan los estadios, pero casi todos
prefieren la barra del bar con su cerveza bien fría y su
pincho de boquerones. En un bar además uno no corre el riesgo
de acabar sin oxígeno contra las vallas por el empuje irracional
de una avalancha de forofos enfurecidos por los errores de ese árbitro
que ha propiciado la derrota del equipo de su vida. Y puede invertir
el dinero de la entrada que no ha comprado en pedir más cerveza.
En el bar ?El mandril?, de Cuenca, todos los sábados y domingos
se junta una masa de bebedores de cerveza de la peor calaña.
Pocos hay que amen el fútbol, pero todos aman la cerveza.
Y por eso nunca hay gol que no se cante, hasta los del equipo contrario.
El entusiasmo crece a medida que avanza el partido, que es cuando
todos están más bebidos y todo da como más
igual. El camarero no es ninguna excepción, y también
se le va notando más animado a cada segundo que pasa. Hay
quien le dice que no debería beber trabajando, pero él
contesta que está en su bar y bebe lo que le sale de los
cojones. Que si acaso prefiere dejar de trabajar.
Yo, que siempre he creído que cualquier excusa es buena para
beber, comprendo perfectamente las borracheras que se montan en
torno al fútbol. Sin embargo, no entiendo que esa capacidad
que tiene el balompié no la tenga ningún otro deporte,
como el atletismo, el golf, el baloncesto o el bádminton
Y ni qué decir de acontecimientos culturales como la Gala
de los Goya o el programa de Quintero, que por cierto ya ha pasado
a la historia, que está claro que siempre perdemos los mismos.
Nadie se baja al bar a emborracharse con la excusa de ver uno de
estos espectáculos. Así es España. Sin fútbol
no somos nada.
Claro que yo, si tengo que elegir, me quedo con esos hippies que
se juntan, sin ningún deporte ni televisiones de por medio,
en un parque cualquiera de la ciudad con unas litronas y unos canutos
dispuestos a meterse en el cuerpo unos cuantos tragos de alcohol
y de droga que les ayuden a reírse de sí mismos y
de sus desdichas y a pasarlo bien. Ellos nunca hablan de fútbol,
sino de tías buenas y de las canciones más guapas
que han escuchado en su vida, y todo eso les pone a cien. De vez
en cuando alguno se lanza a tocar la flauta y es ahí cuando
el grupo al completo alcanza algo parecido al orgasmo, que es la
felicidad. A mí desde luego que me producen muchísima
envidia cuando los observo al salir de uno de esos bares donde me
atiborro de cervezas con la excusa de ver un partido de fútbol
en el que el resultado siempre es el mismo: borrachera e hinchazón
de estómago. Cualquier día de estos me uno a esta
panda de hippies y me pongo a bailar con ellos al son de las notas
de su flauta. Todos nos merecemos algún orgasmo de vez en
cuando.
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