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Cuenca, miércoles 21 de marzo de 2007

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Sin fútbol no somos nada
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Dicen que el fútbol es la mejor excusa que existe para juntarse en un bar con los amigos y beber sin límite durante los 90 minutos más la prolongación que dura un partido.

No hay día que no se llenan los estadios, pero casi todos prefieren la barra del bar con su cerveza bien fría y su pincho de boquerones. En un bar además uno no corre el riesgo de acabar sin oxígeno contra las vallas por el empuje irracional de una avalancha de forofos enfurecidos por los errores de ese árbitro que ha propiciado la derrota del equipo de su vida. Y puede invertir el dinero de la entrada que no ha comprado en pedir más cerveza.

En el bar ?El mandril?, de Cuenca, todos los sábados y domingos se junta una masa de bebedores de cerveza de la peor calaña. Pocos hay que amen el fútbol, pero todos aman la cerveza. Y por eso nunca hay gol que no se cante, hasta los del equipo contrario. El entusiasmo crece a medida que avanza el partido, que es cuando todos están más bebidos y todo da como más igual. El camarero no es ninguna excepción, y también se le va notando más animado a cada segundo que pasa. Hay quien le dice que no debería beber trabajando, pero él contesta que está en su bar y bebe lo que le sale de los cojones. Que si acaso prefiere dejar de trabajar.

Yo, que siempre he creído que cualquier excusa es buena para beber, comprendo perfectamente las borracheras que se montan en torno al fútbol. Sin embargo, no entiendo que esa capacidad que tiene el balompié no la tenga ningún otro deporte, como el atletismo, el golf, el baloncesto o el bádminton Y ni qué decir de acontecimientos culturales como la Gala de los Goya o el programa de Quintero, que por cierto ya ha pasado a la historia, que está claro que siempre perdemos los mismos. Nadie se baja al bar a emborracharse con la excusa de ver uno de estos espectáculos. Así es España. Sin fútbol no somos nada.

Claro que yo, si tengo que elegir, me quedo con esos hippies que se juntan, sin ningún deporte ni televisiones de por medio, en un parque cualquiera de la ciudad con unas litronas y unos canutos dispuestos a meterse en el cuerpo unos cuantos tragos de alcohol y de droga que les ayuden a reírse de sí mismos y de sus desdichas y a pasarlo bien. Ellos nunca hablan de fútbol, sino de tías buenas y de las canciones más guapas que han escuchado en su vida, y todo eso les pone a cien. De vez en cuando alguno se lanza a tocar la flauta y es ahí cuando el grupo al completo alcanza algo parecido al orgasmo, que es la felicidad. A mí desde luego que me producen muchísima envidia cuando los observo al salir de uno de esos bares donde me atiborro de cervezas con la excusa de ver un partido de fútbol en el que el resultado siempre es el mismo: borrachera e hinchazón de estómago. Cualquier día de estos me uno a esta panda de hippies y me pongo a bailar con ellos al son de las notas de su flauta. Todos nos merecemos algún orgasmo de vez en cuando.

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