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Cervantes no es escritor de una sola obra, pero
como si lo fuera, porque la magia de 'El Quijote' empañó
todo lo demás que escribió y vivió. Esa obra
llena de ideales de una caballerosidad perdida, que hoy uno duda
que una vez pudiera existir, ha dado y sigue dando la vuelta al
mundo tanto en su lengua natural como en el idioma de las infinitas
traducciones que se han realizado sobre las andanzas y los sueños
de Quijote y Sancho.
Son muchos los que nunca lo han leído, suponemos que desanimados
por su amplio número de páginas, pero se trata en
realidad de una obra de fácil y divertida lectura. Está
tan bien escrita que es un verdadero gusto leerla y releerla e incluso
se puede degustar sin seguir el orden estricto que marca la numeración
de sus páginas. Porque cada capítulo tiene vida por
sí mismo.
Pero una cosa es el libro de 'El Quijote' y otra las distintas adaptaciones
que sobre la obra de Cervantes se han hecho para trasladar esta
historia al cine, al teatro, a los dibujos animados, a la música,
a la ópera, etcétera, etcétera, etcétera.
Estas adaptaciones suelen transmitir parte de los valores de 'El
Quijote', pero se quedan cojas. Y es que trasladar la literatura
a otras artes es poco menos que imposible (sólo la literatura
es literatura) y es lógico que los autores de dichas adaptaciones
básicamente se limiten a centrarse en la trama argumental
de la obra, que está bien pero no es lo mejor de ella.
Una de las últimas adaptaciones que se han hecho de la obra
de Cervantes es el montaje teatral 'En un lugar de Manhattan', del
grupo Els Joglars que dirige Albert Boadella. Se
trata de una buena obra de teatro y de una buena adaptación
en la que los personajes de Quijote y Sancho (un fontanero y su
ayudante que recién salidos de un fenoprático se dedican
a combatir entuertos domésticos con más fe que posibilidades)
se las tienen que ver con una directora argentina que, pretenciosamente
moderna, considera que los Quijote y Sancho del siglo XXI son dos
mujeres lesbianas en lucha contra las leyes dictatoriales de los
hombres, que para ellas son unos carneros.
Todo está muy bien escrito y muy bien interpretado, pero
no puede evitar cojear. No por sus virtudes más personales,
sino por su procedencia: 'En un lugar de Manhattan' gusta y entretiene
cuanto más se aleja de la obra de Cervantes, y aburre más
cuanto más referencias directas hay hacia 'El Quijote'.
Y es que la paciencia tiene un límite y uno empieza a estar
harto de que le cuenten una y otra vez el cuento de ese hombre con
barbas y esquelético que se volvió loco por leer demasiados
libros de caballerías y que invirtió todo su coraje
en enfrentarse a las mil batallas imposibles de la luna, hasta llegar
a su último suicidio en las playas de Barcelona.
A este hartazgo contribuyó en gran parte ese IV Centenario
de 'El Quijote' que se celebró el pasado año: aunque
se hizo con la idea de dar un nuevo impulso a la obra de Cervantes,
en realidad sirvió para empezar a odiar unas páginas
que no hay ningún motivo para odiar.
Conviene dejar en paz, al menos por un largo periodo, esta obra
cumbre de la literatura en castellano, no vayamos a volvernos locos
por escuchar hablar de 'El Quijote' en todas partes. Eso sí,
que quien lo desee lea o relea esta obra cumbre en la literatura
en castellano, que desde luego que su lectura merece la pena mil
veces más que todo lo que se dice sobre ella. Incluido en
este artículo.
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