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No recuerdo el día en que nací, aunque por lo que
cuentan mis padres, que bien podría ser que me hayan engañado,
debió de ser a eso de las once de la mañana de un
miércoles de abril, el mes en el que ahora estamos, cuando
a la primavera se le empieza a notar el aliento y nos chupa y nos
altera la poca sangre que nos queda.
En el mes de abril ha nacido también Gonzalo, el hijo de
José Luis y de Yolanda, un trozo de pan, según me
cuentan, que no da ninguna guerra ni por la noche ni por el día,
al contrario que cierto partido político que yo me sé.
Eso sí, parece ser que le costó salir del vientre
de su madre, lo cual es comprensible porque todos los que conocemos
a Yolanda nos hubiéramos negado a salir de su vientre de
vernos en tal circunstancia.
Gonzalo nació a las doce menos diez de la madrugada, minuto
arriba, minuto abajo, queriendo quizás emular las andanzas
de su padre, que según me cuenta su novia (de todas formas
yo ya lo sé bien) no es persona hasta las once de la noche,
cuando en los ojos le empiezan a brillar estrellas con forma de
cubata.
Andaba mi amigo José Luis revolucionado desde hacía
mucho tiempo, cuando conoció la noticia del embarazo de su
chica, esa mujer que se nos mosquea tanto cuando mi amigo y yo nos
vamos por ahí de marcha para olvidar con el alcohol las responsabilidades
de este mundo. Pero ahora, una vez con Gonzalito en casa, se le
nota como más relajado aunque le siga costando conciliar
el sueño por las noches y tenga que atender su niño
cuando todavía no ha aprendido a cuidarse de sí mismo.
José Luis, que también nació en un mes de abril
de hace ya tiempo, me cuenta que tener un hijo es una pasada, que
la emoción le ha quitado el resto de emociones que tenía,
que ahora se limitan a Gonzalo, que no es poco, y el único
pero que le pone a todo esto es que su chica no le haya dejado ponerle
de nombre a su hijo Elvis o Morteruelo.
Ya nos ha enviado las primeras fotos de su hijo (vendrán
muchas más), y no sabría decir si se parece a la madre
o al padre porque, en realidad, ningún recién nacido
se parece ni a su padre ni a su padre, sino a sí mismo en
el momento concreto y fugaz de su nacimiento.
Desde esta sincolumna le deseamos lo mejor a este recién
nacido. Su futuro, como el de todos los humanos, es una incógnita,
pero de momento ya tiene asegurado el calor y la atención
de ese padre suyo cuyo instinto paternal lo conocemos desde hace
tiempo todos sus amigos y enemigos. Porque incluso de estos últimos
sabe preocuparse José Luis, que no es que sea tonto ni mucho
menos, sino la persona más atenta que hay en este mundo tan
lleno de hijosdeputa.
Felicidades a Yolanda y a José Luis porque ha nacido el nuevo
hijo de Dios y el mundo tiene al menos un motivo para sonreír.
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