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Cuenca, miércoles 18 de abril de 2007

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Gonzalo
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No recuerdo el día en que nací, aunque por lo que cuentan mis padres, que bien podría ser que me hayan engañado, debió de ser a eso de las once de la mañana de un miércoles de abril, el mes en el que ahora estamos, cuando a la primavera se le empieza a notar el aliento y nos chupa y nos altera la poca sangre que nos queda.

En el mes de abril ha nacido también Gonzalo, el hijo de José Luis y de Yolanda, un trozo de pan, según me cuentan, que no da ninguna guerra ni por la noche ni por el día, al contrario que cierto partido político que yo me sé. Eso sí, parece ser que le costó salir del vientre de su madre, lo cual es comprensible porque todos los que conocemos a Yolanda nos hubiéramos negado a salir de su vientre de vernos en tal circunstancia.

Gonzalo nació a las doce menos diez de la madrugada, minuto arriba, minuto abajo, queriendo quizás emular las andanzas de su padre, que según me cuenta su novia (de todas formas yo ya lo sé bien) no es persona hasta las once de la noche, cuando en los ojos le empiezan a brillar estrellas con forma de cubata.

Andaba mi amigo José Luis revolucionado desde hacía mucho tiempo, cuando conoció la noticia del embarazo de su chica, esa mujer que se nos mosquea tanto cuando mi amigo y yo nos vamos por ahí de marcha para olvidar con el alcohol las responsabilidades de este mundo. Pero ahora, una vez con Gonzalito en casa, se le nota como más relajado aunque le siga costando conciliar el sueño por las noches y tenga que atender su niño cuando todavía no ha aprendido a cuidarse de sí mismo.

José Luis, que también nació en un mes de abril de hace ya tiempo, me cuenta que tener un hijo es una pasada, que la emoción le ha quitado el resto de emociones que tenía, que ahora se limitan a Gonzalo, que no es poco, y el único pero que le pone a todo esto es que su chica no le haya dejado ponerle de nombre a su hijo Elvis o Morteruelo.

Ya nos ha enviado las primeras fotos de su hijo (vendrán muchas más), y no sabría decir si se parece a la madre o al padre porque, en realidad, ningún recién nacido se parece ni a su padre ni a su padre, sino a sí mismo en el momento concreto y fugaz de su nacimiento.

Desde esta sincolumna le deseamos lo mejor a este recién nacido. Su futuro, como el de todos los humanos, es una incógnita, pero de momento ya tiene asegurado el calor y la atención de ese padre suyo cuyo instinto paternal lo conocemos desde hace tiempo todos sus amigos y enemigos. Porque incluso de estos últimos sabe preocuparse José Luis, que no es que sea tonto ni mucho menos, sino la persona más atenta que hay en este mundo tan lleno de hijosdeputa.

Felicidades a Yolanda y a José Luis porque ha nacido el nuevo hijo de Dios y el mundo tiene al menos un motivo para sonreír.

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