|
Siempre me ha molestado la gente que trata de convencerme de que
sus ideas son las correctas. Me parece bien que cada cual tenga
sus opiniones, y que me las haga ver, si quiere, pero luego necesito
que me dejen pensar por mí mismo, ya sea para compartir su
opinión, para alejarme, como si me quemara, lo más
posible de ella, o incluso para quedarme en el intermedio, que no
todo tiene por qué ser blanco o negro.
Uno de los abanderados de eso cada vez más extraño
que es el pensamiento propio es Fernando Savater, que ante asuntos
tan coercitivos para las libertades humanas como pueden ser el terrorismo,
el nacionalismo, las dictaduras o la religión, que proclaman
algo así como un edén para todos, siempre ha defendido
la libertad individual, esa que incluye hasta el derecho a que uno
decida acabar en el infierno.
Sorprende no obstante que hay quien siga atacando a este genio de
la filosofía y del hedonismo, a quien le resbala que la gente
le llame hortera por llevar esas camisas que sí, que son
horteras, y que incluso le lleguen a llamar fascista (un término
tan alejado de la libertad que proclama) y a condenarle a muerte
en las paredes de esa ciudad que hace años que perdió
la dignidad por culpa de la cobardía de sus gentes.
A la Iglesia, por ejemplo, no le sienta nada bien el pensamiento
de este filósofo que en su último libro ?La vida eterna?,
se ha atrevido a mostrar su convencimiento de que después
de la muerte no hay ni Dios ni Diosa. Así, han salido publicadas
en internet algunas opiniones bastante contrarias al escritor donostiarra.
Por ejemplo, resulta curioso un artículo de un tal Carlos
Soler, al parecer profesor de Derecho Canónico en la Universidad
de Navarra, que nos confiesa que reza para que Savater ?vuelva al
redil? porque, a su entender ?un Savater cristiano podría
hacer mucho bien?, pero para ello antes hay que conseguir ?que se
deje de tonterías y se ponga a pensar en serio?.
Pensar en serio, para este profesor, debe ser, suponemos, pensar
al modo de la Iglesia católica, es decir, sin libertad o,
lo que es lo mismo, no pensar. Pero no se da cuenta de que, para
pensar, lo que hace falta es hacerlo en libertad, ya sea con la
seriedad a la que a veces la vida obliga o con la saludable risa
que por lo general se da en mayor abundancia en los ambientes transgresores.
No seré yo desde luego quien rece para que Savater deje de
ser quien es y adquiera un pensamiento que no le pertenece, ya sea
el de la Iglesia, el del nacionalismo o el del equipo de fútbol
de todos los amores. Porque donde necesita el mundo a este escritor,
como a tantos otros seres, es fuera del rebaño, ajeno a la
llamada del Mesías (ya lo llamen Jesucristo, Dios, el Papa
o Ibarretxe) y listo para encabezar su propia manifestación,
aunque no le siga nadie, como lamentablemente nunca le ocurrirá
a la cabra de la Legión.
|