joliva@sincolumna.com
Cuenca, miércoles 23 de mayo de 2007

:: Inicio >> Gorka Díez >> Columna

Fernando Alfaro
Opina en el foro
Portada sincolumna.com

Si no fuera gracias a las actuaciones en directo, para los músicos querer vivir de la música sería tan utópico como para el poeta querer vivir de la poesía o para el dormilón de los sueños.

Los hay que viven muy bien, porque venden cientos de discos y llenan los estadios como un equipo de fútbol, pero la gran mayoría o no vive o malvive de la música, en este último caso a cambio de agotadoras giras de conciertos que marcan su agenda de fines de semana sin cabida para el ocio.

Personalmente, los músicos que me merecen más respeto son esos que ni viven de la música ni les importa no vivir de ella, que si cantan es porque para ellos cantar es respirar.

No tengo la suerte de conocer a Fernando Alfaro, así que no sé en qué bando se encuentra a día de hoy, pero por lo que he leído lleva más de veinte años en esto de la música (ha sido líder de la mítica banda Surfin' Bichos) y por lo menos hasta hace poco seguía trabajando en una gasolinera, que era lo que le daba de comer, por mucho que su creatividad emergiera componiendo canciones y no llenando los coches de combustible.

Ahora, tras su andadura con Chucho, Fernando vuelve a la actualidad musical con un nuevo trabajo en compañía de Los Alienistas. Doce temas en carne viva que parecen recién salidos del psiquiátrico en los que este albaceteño vuelve a dar lo mejor de sí mismo con esa voz tan personal (a veces me recuerda un poco a Epi, el compañero de Blas) y esas letras que hablan desde dentro del amor, de los exterminios en las cámaras de gas, de los asesinatos que siempre quisimos cometer, de la vuelta de los verdugos, de la Mancha interna que, como un Don Quijote apocalíptico, regresa para hacer la revolución mental de la locura.

Y se agradece que este señor haya decidido colgar todas y cada una de las canciones de su disco Carnevisión en internet (www.myspace.com/fernandoalfaroylosalienistas), sin importarle que no vaya a poder hacer negocio con su arte.

Dice que lo importante para él es que la gente escuche sus canciones, que lo de sacar dinero es cosa empresarios. Sin embargo, por regla general sucede que la música, en vez de un arte, es para muchos un negocio que les permite vivir muy bien sin tener que trabajar diariamente en una aburrida oficina de entre semana.

Ahí está el ejemplo de la Sociedad General de Autores de España (SGAE), que tanto me recuerda a la mafia cuando me cuentan que cobra impuestos incluso a los locales que programan conciertos para dar una oportunidad a cantantes no conocidos. Por supuesto, estos cantantes no cobran ni un duro de derechos de autor, sino que el dinero que el bar paga porque actúen en directo va a parar a Ramoncín y gente así.

Afortunadamente, noticias como una reciente sentencia judicial que ha negado a la SGAE el derecho a cobrar por toda la música que suena en los bares y demás establecimientos hosteleros sigue manteniendo abierta la puerta a la esperanza. Al parecer, David ha vuelto a vencer a Goliat dando la razón judicial al empresario de un pequeño local de Tomelloso, Sala Beat, donde se pincha música minoritaria de los años cincuenta y sesenta cuyos derechos no pertenecen a la entidad recaudatoria española, pero que ésta llevaba años empeñándose en cobrárselos al dueño del bar. La de casos similares que se darán en este país.

Sentencias como la de Tomelloso nos recuerdan que la música no tiene propiedad, o si la tiene es la propiedad del público que la escucha para bailar a su son, ya sea con los pies o con el sentimiento. El resto es el negocio sin escrúpulos de unos cuantos que se creen listos.

Ojalá la crisis de la industria discográfica acabe definitivamente con las discográficas (y con los ingresos de cantantes que hace lustros que no cantan como Ramoncín), y de sus cenizas resurjan los verdaderos grupos y cantantes que hacen música porque la sienten desde dentro y porque la necesitan para respirar. Los amantes de la música lo agradeceríamos.

Información sobre el columnista