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Si no fuera gracias a las actuaciones en directo, para los músicos
querer vivir de la música sería tan utópico
como para el poeta querer vivir de la poesía o para el dormilón
de los sueños.
Los hay que viven muy bien, porque venden cientos de discos y llenan
los estadios como un equipo de fútbol, pero la gran mayoría
o no vive o malvive de la música, en este último caso
a cambio de agotadoras giras de conciertos que marcan su agenda
de fines de semana sin cabida para el ocio.
Personalmente, los músicos que me merecen más respeto
son esos que ni viven de la música ni les importa no vivir
de ella, que si cantan es porque para ellos cantar es respirar.
No tengo la suerte de conocer a Fernando Alfaro, así que
no sé en qué bando se encuentra a día de hoy,
pero por lo que he leído lleva más de veinte años
en esto de la música (ha sido líder de la mítica
banda Surfin' Bichos) y por lo menos hasta hace poco seguía
trabajando en una gasolinera, que era lo que le daba de comer, por
mucho que su creatividad emergiera componiendo canciones y no llenando
los coches de combustible.
Ahora, tras su andadura con Chucho, Fernando vuelve a la actualidad
musical con un nuevo trabajo en compañía de Los Alienistas.
Doce temas en carne viva que parecen recién salidos del psiquiátrico
en los que este albaceteño vuelve a dar lo mejor de sí
mismo con esa voz tan personal (a veces me recuerda un poco a Epi,
el compañero de Blas) y esas letras que hablan desde dentro
del amor, de los exterminios en las cámaras de gas, de los
asesinatos que siempre quisimos cometer, de la vuelta de los verdugos,
de la Mancha interna que, como un Don Quijote apocalíptico,
regresa para hacer la revolución mental de la locura.
Y se agradece que este señor haya decidido colgar todas y
cada una de las canciones de su disco Carnevisión en internet
(www.myspace.com/fernandoalfaroylosalienistas), sin importarle que
no vaya a poder hacer negocio con su arte.
Dice que lo importante para él es que la gente escuche sus
canciones, que lo de sacar dinero es cosa empresarios. Sin embargo,
por regla general sucede que la música, en vez de un arte,
es para muchos un negocio que les permite vivir muy bien sin tener
que trabajar diariamente en una aburrida oficina de entre semana.
Ahí está el ejemplo de la Sociedad General de Autores
de España (SGAE), que tanto me recuerda a la mafia cuando
me cuentan que cobra impuestos incluso a los locales que programan
conciertos para dar una oportunidad a cantantes no conocidos. Por
supuesto, estos cantantes no cobran ni un duro de derechos de autor,
sino que el dinero que el bar paga porque actúen en directo
va a parar a Ramoncín y gente así.
Afortunadamente, noticias como una reciente sentencia judicial que
ha negado a la SGAE el derecho a cobrar por toda la música
que suena en los bares y demás establecimientos hosteleros
sigue manteniendo abierta la puerta a la esperanza. Al parecer,
David ha vuelto a vencer a Goliat dando la razón judicial
al empresario de un pequeño local de Tomelloso, Sala Beat,
donde se pincha música minoritaria de los años cincuenta
y sesenta cuyos derechos no pertenecen a la entidad recaudatoria
española, pero que ésta llevaba años empeñándose
en cobrárselos al dueño del bar. La de casos similares
que se darán en este país.
Sentencias como la de Tomelloso nos recuerdan que la música
no tiene propiedad, o si la tiene es la propiedad del público
que la escucha para bailar a su son, ya sea con los pies o con el
sentimiento. El resto es el negocio sin escrúpulos de unos
cuantos que se creen listos.
Ojalá la crisis de la industria discográfica acabe
definitivamente con las discográficas (y con los ingresos
de cantantes que hace lustros que no cantan como Ramoncín),
y de sus cenizas resurjan los verdaderos grupos y cantantes que
hacen música porque la sienten desde dentro y porque la necesitan
para respirar. Los amantes de la música lo agradeceríamos.
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