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Cuenca, miércoles 30 de mayo de 2007

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José Manuel Martínez Cenzano
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Ha caído uno más, uno más de los míos, de los nuestros (y permitidme que hable en plural porque sé que hay mucha más gente que le admiraba, incluso más que yo, que ya es decir, aunque a menudo lo que se dice se lo lleva el viento).

El alcalde de Cuenca, José Manuel Martínez Cenzano, era un tipo duro de roer, a veces quizás un tanto prepotente y déspota, pero siempre de corazón. Y con ternura. Un político probablemente sólo comparable a Tierno Galván o a José Bono, a cuya escuela pertenecía (aunque él también era, o es, profesor), un señor que trataba hasta a las cosas de usted y que nos hizo creer que éramos más de lo que nunca seremos.

Este hombre de barba impregnada de los copos de nieve de la madurez fue vencido en la cita electoral del 27-M por un médico de Urgencias que se había afiliado al Partido Popular apenas unos meses antes de las elecciones, después de ser elegido candidato de una organización a la que ha llevado a la gloria, aunque a la ciudad no sabemos adónde llevará, por muy buenas que sean, y lo son, sus intenciones.

El maestro ha caído y quién sabe si con su caída caerán también los próximos cuatro años de Cuenca. Una ciudad que hasta hace poco no existía, o existía apenas, y cuyo intento de resurgir en los últimos años puede quedarse en un mero amago. Porque el Gobierno de la ciudad ya no coincide ni con el de la provincia ni con el de la Comunidad, que es donde está el dinero, que no lo es todo pero casi.

La primera vez que lo ví, me extrañó que su voz no sonara a la política convencional. De hecho, a quien me recordaba era a Miguel Ángel Solá en la película 'Octavia', de Basilio Martín Patino. Y todavía me sigue recordando a ese filme que tan bien ahonda en la decadencia de los nuevos tiempos, tiempos sin ideales, o de unos ideales que se suicidan adrede para dejar constancia de su trágico existir.

Era el tipo de alta oratoria, capaz de traspasar la inteligencia con un gesto, el caballero de la Edad Media del siglo XXI, un irónico que se reía de sí mismo y de los periodistas que, retraídos por la aureola que desprendía, no sentíamos tan idiotas a su lado, quizá porque a su lado éramos más idiotas de lo que siempre fuimos.

Siempre me deslumbró su manera de pisar la tierra con la mente puesta en los más inalcanzables sueños. Porque de los sueños también se vive, aunque sólo sea de puertas para adentro.

Era el alcalde poeta, el alcalde escritor, el alcalde amante de la música clásica y el alcalde amigo del pueblo y de la gente que siempre le trataba de usted, para corresponderle su cariño.

Era algo así como Rajoy, pero a la inversa. Un tipo cuyo catolicismo envidamos los ateos que no sentimos ninguna envida del catolicismo en sí. Un tipo sin par, quijotesco y dotado de una personalidad que le nacía de dentro y que hacia fuera sabía reír y compartirse.

Era un político mucho menos político de lo que podría parecer, y por eso mismo hacía buena política municipal y, sobre todo, intelectual

Ya quisiera Zapatero llegar dos escalones más abajo que Cenzano. Tener esa clase que el alcalde de Cuenca desprendía con sus habituales tirantes, o con las mejillas rojas de su ideología, o con su afán por pasear por Cuenca, caminante infatigable por esos caminos que le llevaban a las profundidades de su pensamiento.

Pero el caso es que el alcalde ha perdido las elecciones y, aunque para muchos seguirá siendo el alcalde, ya no podrá ejercer como tal. Y eso nos duele, aunque nos alegra que él diga que una derrota electoral, aunque decepcione, nunca duele, que lo importante está en la vida personal, donde él es feliz.

Cenzano ha perdido y nos quedamos sin alcalde, pero al menos ganamos un escritor, que él mismo ha reconocido que desde el domingo escribe más que nunca (a todo buen escritor le da por escribir más y mejor cuando la cruda realidad le pone contra las cuerdas), y seguro que un tipo como él tiene mucho que contar. Y que sabe cómo hacerlo.

Aunque el pueblo le haya dado con la papeleta electoral en el culo, aunque nos quedemos sin alcalde, Cuenca nunca se quedará sin Cenzano. Así que el mundo no se acaba. José Manuel siempre será ese profesor que nos habla de lo divino y de lo humano desde el púlpito de la política mientras se acaricia sus barbas canas de pensar en los demás. Que nuestra memoria le acompañe.

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