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Ha caído uno más, uno más de los míos,
de los nuestros (y permitidme que hable en plural porque sé
que hay mucha más gente que le admiraba, incluso más
que yo, que ya es decir, aunque a menudo lo que se dice se lo lleva
el viento).
El alcalde de Cuenca, José Manuel Martínez Cenzano,
era un tipo duro de roer, a veces quizás un tanto prepotente
y déspota, pero siempre de corazón. Y con ternura.
Un político probablemente sólo comparable a Tierno
Galván o a José Bono, a cuya escuela pertenecía
(aunque él también era, o es, profesor), un señor
que trataba hasta a las cosas de usted y que nos hizo creer que
éramos más de lo que nunca seremos.
Este hombre de barba impregnada de los copos de nieve de la madurez
fue vencido en la cita electoral del 27-M por un médico de
Urgencias que se había afiliado al Partido Popular apenas
unos meses antes de las elecciones, después de ser elegido
candidato de una organización a la que ha llevado a la gloria,
aunque a la ciudad no sabemos adónde llevará, por
muy buenas que sean, y lo son, sus intenciones.
El maestro ha caído y quién sabe si con su caída
caerán también los próximos cuatro años
de Cuenca. Una ciudad que hasta hace poco no existía, o existía
apenas, y cuyo intento de resurgir en los últimos años
puede quedarse en un mero amago. Porque el Gobierno de la ciudad
ya no coincide ni con el de la provincia ni con el de la Comunidad,
que es donde está el dinero, que no lo es todo pero casi.
La primera vez que lo ví, me extrañó que su
voz no sonara a la política convencional. De hecho, a quien
me recordaba era a Miguel Ángel Solá en la película
'Octavia', de Basilio Martín Patino. Y todavía me
sigue recordando a ese filme que tan bien ahonda en la decadencia
de los nuevos tiempos, tiempos sin ideales, o de unos ideales que
se suicidan adrede para dejar constancia de su trágico existir.
Era el tipo de alta oratoria, capaz de traspasar la inteligencia
con un gesto, el caballero de la Edad Media del siglo XXI, un irónico
que se reía de sí mismo y de los periodistas que,
retraídos por la aureola que desprendía, no sentíamos
tan idiotas a su lado, quizá porque a su lado éramos
más idiotas de lo que siempre fuimos.
Siempre me deslumbró su manera de pisar la tierra con la
mente puesta en los más inalcanzables sueños. Porque
de los sueños también se vive, aunque sólo
sea de puertas para adentro.
Era el alcalde poeta, el alcalde escritor, el alcalde amante de
la música clásica y el alcalde amigo del pueblo y
de la gente que siempre le trataba de usted, para corresponderle
su cariño.
Era algo así como Rajoy, pero a la inversa. Un tipo cuyo
catolicismo envidamos los ateos que no sentimos ninguna envida del
catolicismo en sí. Un tipo sin par, quijotesco y dotado de
una personalidad que le nacía de dentro y que hacia fuera
sabía reír y compartirse.
Era un político mucho menos político de lo que podría
parecer, y por eso mismo hacía buena política municipal
y, sobre todo, intelectual
Ya quisiera Zapatero llegar dos escalones más abajo que Cenzano.
Tener esa clase que el alcalde de Cuenca desprendía con sus
habituales tirantes, o con las mejillas rojas de su ideología,
o con su afán por pasear por Cuenca, caminante infatigable
por esos caminos que le llevaban a las profundidades de su pensamiento.
Pero el caso es que el alcalde ha perdido las elecciones y, aunque
para muchos seguirá siendo el alcalde, ya no podrá
ejercer como tal. Y eso nos duele, aunque nos alegra que él
diga que una derrota electoral, aunque decepcione, nunca duele,
que lo importante está en la vida personal, donde él
es feliz.
Cenzano ha perdido y nos quedamos sin alcalde, pero al menos ganamos
un escritor, que él mismo ha reconocido que desde el domingo
escribe más que nunca (a todo buen escritor le da por escribir
más y mejor cuando la cruda realidad le pone contra las cuerdas),
y seguro que un tipo como él tiene mucho que contar. Y que
sabe cómo hacerlo.
Aunque el pueblo le haya dado con la papeleta electoral en el culo,
aunque nos quedemos sin alcalde, Cuenca nunca se quedará
sin Cenzano. Así que el mundo no se acaba. José Manuel
siempre será ese profesor que nos habla de lo divino y de
lo humano desde el púlpito de la política mientras
se acaricia sus barbas canas de pensar en los demás. Que
nuestra memoria le acompañe.
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