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Ya estamos a un paso de agotar la primavera, que este año
se nos va a ir sin darnos cuenta, con muy pocos días de sol
y con menos de calor, que vaya un desperdicio, porque aunque es
cierto que las altas temperaturas agotan peor es que nos agote la
espera de lo que nunca llega.
La primavera se nos va a ir dejando atrás días de
lluvia y de tormenta, de rayos y de un viento frío que desde
luego que no invita a ataviarnos con chanclas y pantalones cortos
ni a sentir como se merece una de las estaciones más agradables
del año y de la vida.
A lo largo de mi hasta la fecha errada existencia recuerdo haber
disfrutado de muchas primaveras. Y de las que más disfruté
fue precisamente de aquellas en las que el frío del invierno
daba paso al sol más reluciente, ese con forma de naranja
que en los recreos de la infancia nos animaba a sentarnos con las
chicas en el suelo del patio del colegio, y en la juventud en las
terrazas de la plaza donde intercambiábamos apuntes y tragos
de cerveza.
Pero lo de este año no ha sido primavera, sino otra cosa,
algo que la verdad no sé qué ha sido, pero que sin
embargo añoraré en cuanto se pase más que nunca,
que no hay mayor nostalgia que la que sentimos hacia aquello que
no hemos vivido como tampoco hay más vergüenza que la
que nos producen los pecados que nunca cometimos.
Quizás en Benidorm la cosa hubiera sido diferente, otro el
sol y otro el calor, porque allí dicen que hay una especie
de microclima que el Ayuntamiento contrata a cambio de todo un dineral
para tener contentos a los turistas. Pero por cuestiones de agenda
Benidorm se me ha quedado demasiado lejos y no me he podido desprender
de las katiuskas y del paraguas dos días seguidos.
Esperemos que el verano nos venga mejor dado, me digo, aunque muy
bueno tendrá que venir para compensarnos de la pérdida
de una primavera que ni en mayo se ha atrevido a hacerle la revolución
al invierno burgués del aburrimiento envasado al vacío.
"A lo mejor el problema no está en la temperatura exterior,
sino en la de dentro", me dice una chica a la que acompaño
a casa para taparla con mi paraguas de los rayos del sol que menos
calienta. Y pienso que algo de razón tendrá al echarme
en cara que mi estado de ánimo dependa más de la meteorología
que anuncia el hombre del tiempo que de los besos que me da, aunque
sólo sea en sueños, la chica de los anuncios de lencería.
"En realidad, la única estación posible está
en nosotros. Yo ya hace mucho tiempo que vivo en una eterna primavera",
añade antes de despedirnos frente a su portal.
Yo observo una vez más su cuerpo de veinte años y
confirmo que sí, que esta chica es la primavera en persona,
y me recreo al pensar en lo bonito que sería poder acompañarla
a casa todos los días del año, ya llueva o truene
o caigan rayos sobre nuestro porvenir.
Pero al pedirla el teléfono para quedar algún día
en un café me dice que está muy ocupada y que de momento
no va a poder ser. Se marcha escaleras arriba y yo me quedo maldiciendo
otra oportunidad perdida, otra primavera que se marcha sin apenas
haber tenido tiempo de sentir su lengua chocar contra la mía.
Que al menos el verano nos venga mejor dado, me repito, aunque reconozco
que se trata de un triste consuelo que nunca me devolverá
un pasado ya irrecuperable.
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