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Cuenca, miércoles 6 de mayo de 2007

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Primavera
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Ya estamos a un paso de agotar la primavera, que este año se nos va a ir sin darnos cuenta, con muy pocos días de sol y con menos de calor, que vaya un desperdicio, porque aunque es cierto que las altas temperaturas agotan peor es que nos agote la espera de lo que nunca llega.

La primavera se nos va a ir dejando atrás días de lluvia y de tormenta, de rayos y de un viento frío que desde luego que no invita a ataviarnos con chanclas y pantalones cortos ni a sentir como se merece una de las estaciones más agradables del año y de la vida.

A lo largo de mi hasta la fecha errada existencia recuerdo haber disfrutado de muchas primaveras. Y de las que más disfruté fue precisamente de aquellas en las que el frío del invierno daba paso al sol más reluciente, ese con forma de naranja que en los recreos de la infancia nos animaba a sentarnos con las chicas en el suelo del patio del colegio, y en la juventud en las terrazas de la plaza donde intercambiábamos apuntes y tragos de cerveza.

Pero lo de este año no ha sido primavera, sino otra cosa, algo que la verdad no sé qué ha sido, pero que sin embargo añoraré en cuanto se pase más que nunca, que no hay mayor nostalgia que la que sentimos hacia aquello que no hemos vivido como tampoco hay más vergüenza que la que nos producen los pecados que nunca cometimos.

Quizás en Benidorm la cosa hubiera sido diferente, otro el sol y otro el calor, porque allí dicen que hay una especie de microclima que el Ayuntamiento contrata a cambio de todo un dineral para tener contentos a los turistas. Pero por cuestiones de agenda Benidorm se me ha quedado demasiado lejos y no me he podido desprender de las katiuskas y del paraguas dos días seguidos.

Esperemos que el verano nos venga mejor dado, me digo, aunque muy bueno tendrá que venir para compensarnos de la pérdida de una primavera que ni en mayo se ha atrevido a hacerle la revolución al invierno burgués del aburrimiento envasado al vacío.

"A lo mejor el problema no está en la temperatura exterior, sino en la de dentro", me dice una chica a la que acompaño a casa para taparla con mi paraguas de los rayos del sol que menos calienta. Y pienso que algo de razón tendrá al echarme en cara que mi estado de ánimo dependa más de la meteorología que anuncia el hombre del tiempo que de los besos que me da, aunque sólo sea en sueños, la chica de los anuncios de lencería.

"En realidad, la única estación posible está en nosotros. Yo ya hace mucho tiempo que vivo en una eterna primavera", añade antes de despedirnos frente a su portal.

Yo observo una vez más su cuerpo de veinte años y confirmo que sí, que esta chica es la primavera en persona, y me recreo al pensar en lo bonito que sería poder acompañarla a casa todos los días del año, ya llueva o truene o caigan rayos sobre nuestro porvenir.

Pero al pedirla el teléfono para quedar algún día en un café me dice que está muy ocupada y que de momento no va a poder ser. Se marcha escaleras arriba y yo me quedo maldiciendo otra oportunidad perdida, otra primavera que se marcha sin apenas haber tenido tiempo de sentir su lengua chocar contra la mía.

Que al menos el verano nos venga mejor dado, me repito, aunque reconozco que se trata de un triste consuelo que nunca me devolverá un pasado ya irrecuperable.

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