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Cada vez que voy a un acontecimiento de masas me siento más
perdido. No tienen por qué ser cosas de la edad, que todavía
no paso de los treinta, pero el caso es que me siento algo así
como en el extranjero de mí mismo, acosado por los codos
ajenos que me acaban por sacar del centro del ruedo y me relegan
a una de esas esquinas donde a lo único que puedo aspirar
es a contemplar la apariencia de la felicidad ajena.
Y no sólo es cuestión de falta de espacio: también
hay algo estético que me lleva a sentirme raro entre la multitud.
Porque, ¿qué pinto yo en un partido de fútbol
donde los espectadores que me rodean se dedican a llamar cabrón
a los jugadores del equipo contrario, ondear sus banderas y desafinar
la tarde con sus cánticos?
¿Y en un concierto de esos grupos multitudinarios que tocan
el play-back de los 40 como si fueran dioses?
¿Y en un bareto donde te ponen la música a todo volumen
y te venden garrafón a precio de champagne?
¿Y en una sala de cine en la que la pantalla se llena de
chistes escatológicos y machistas de la última gilipollez
norteamericana de turno doblada al español?
¿Y en un supermercado a esa hora en la que todo el mundo
acaba de salir del trabajo y llena su carrito de comida congelada
y pan sin sal?
¿Y en ese salón de la sala de estar de unos amigos
a quienes no sabes cómo decirles que el hecho de que te hayan
invitado no les da derecho a hacerte tragar el telediario de las
tres?
¿Y en una iglesia pidiéndolo al señor que me
perdone por todos esos pecados que estoy tan orgulloso de haber
cometido y que no dudaría en volver a cometer?
¿Y en una de esas playas plagadas de gente donde me siento
como un ingrediente más de una paella?
Lo cierto es que en las pocas veces en las que creo sentirme en
mi sitio (escuchando un disco que me gusta, o en un concierto de
alguno de mis ídolos, o viendo una película en versión
original, o presenciando una competición deportiva sin importarme
quién ganará, o comprando en una tienda de comestibles,
o viendo por televisión el único programa de la semana
que me gusta, o en una playa desierta), si miro alrededor me encuentro
solo. O con una minoría con la que tampoco me identifico
en absoluto: gente que viste de un modo muy raro (casi todos con
camisetas a rayas y gafas de montura negra), mira de modo muy raro
y no se comunica más que con sus amigos, con quienes mantiene
conversaciones sólo aptas para iluminados.
La situación se me ha vuelto peor de lo que jamás
hubiera podido imaginar. Y, tal y como están las cosas, cada
vez estoy más convencido de que no me queda otra salida que
la del encierro en casa en soledad, acompañado únicamente
por unas cuantas cintas de video, unos buenos cd´s, algunos
libros y algo de alcohol sin garrafón. Del resto del mundo,
dimito. Por el bien de mi salud.
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