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Cuenca, miércoles 27 de mayo de 2007

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Hasta pronto
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Parece que fue ayer cuando acabó el verano de 2006, y ya hemos vuelto a traspasar las puertas de una nueva época estival, esa estación que a casi nadie desagrada, aunque no siempre se pueda lograr unanimidad en la alegría y los hay que tengan que conformarse con combatir el calor del mes de agosto metiendo los pies en una palangana.

- Me gusta el verano, pero no soporto que durante dos meses y medio nos dejéis sin nuevas columnas a los seguidores de vuestra web. Para eso preferiría que siguiera siendo primavera ?me dice una mujer que me conoce más por cómo escribo que por cómo me comporto ante sus ojos, quizá porque siempre me resultó más fácil escribir que vivir.

Trato de restarle importancia al asunto, y le digo que el mundo no se acaba porque este grupo de columnistas sin columna hayamos optado por tomarnos unas pequeñas vacaciones. Que a fin de cuentas seguirá habiendo escritores como Juan José Millás, José Luis Alvite o Carlos Boyero que nos seguirán deleitando con su lúcida visión del mundo en cuatro párrafos.

- Es que esos columnistas que tú dices ya están muy vistos. Tú me gustas mucho más, que además eres más jovencito y más guapo. Lo que haré será volver a leer todas tus columnas, de la primera a la última, como si fueran nuevas ?me responde, y me pregunto si es que se ha tomado dos copas de más o su vida es tan miserable que es capaz de encontrar un consuelo en mi desesperación.

Un tanto confundido, le digo que, si quiere, puesto que tanto se empeña, estoy dispuesto a enviarle directamente a su e-mail una nueva columna cada semana. Pero que no espere que mi trabajo veraniego sea de mucha calidad, que con el calor se me derriten las ideas y me limito a centrar todos mis esfuerzos en perseguir a chicas en bikini.

Pero ella me contesta, segura de sí misma, pero sobre todo de mí, que le gustará lo que haga aunque sea lo peor que pueda escribir nunca. Que hasta de la basura, si es literaria, se puede sacar algo (aunque sólo sea una línea o un verso) que nos ayude a comprender mejor la complejidad del mundo incomprensible que nos rodea y, si hace falta, nos de el valor necesario para dimitir de ella.

Ojalá fueran como esta lectora mía todos los lectores de la tierra ?me digo, consciente no obstante de que los lectores, y ni qué decir los míos, son una especie en extinción en este mundo de seres incomunicados, de relaciones de superficie y de una felicidad que finge tanto serlo que acaba por creerse todas sus mentiras.

Espero que a la vuelta de las vacaciones mis columnas dejen de darse de morros contra la pared, y que esa amiga que ha aparecido en este artículo y que, como no podía ser de otra manera, es ficticia, me brinde al menos una vez al mes esa oportunidad que a diario le concede a la televisión, a los blogs de sus amigos, a las fiestas y a toda la moda que se le ponga por delante. Que sepa también nadar a contracorriente y sentir la intimidad de una página escrita en busca de la comunicación. Y que después me busque, aunque sólo sea para decirme que no le ha gustado un pijo lo que he escrito. Que todos somos humanos y cometemos fallos. Aunque algunos menos que otros.

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