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Parece que fue ayer cuando acabó el verano de 2006, y ya
hemos vuelto a traspasar las puertas de una nueva época estival,
esa estación que a casi nadie desagrada, aunque no siempre
se pueda lograr unanimidad en la alegría y los hay que tengan
que conformarse con combatir el calor del mes de agosto metiendo
los pies en una palangana.
- Me gusta el verano, pero no soporto que durante dos meses y medio
nos dejéis sin nuevas columnas a los seguidores de vuestra
web. Para eso preferiría que siguiera siendo primavera ?me
dice una mujer que me conoce más por cómo escribo
que por cómo me comporto ante sus ojos, quizá porque
siempre me resultó más fácil escribir que vivir.
Trato de restarle importancia al asunto, y le digo que el mundo
no se acaba porque este grupo de columnistas sin columna hayamos
optado por tomarnos unas pequeñas vacaciones. Que a fin de
cuentas seguirá habiendo escritores como Juan José
Millás, José Luis Alvite o Carlos Boyero que nos seguirán
deleitando con su lúcida visión del mundo en cuatro
párrafos.
- Es que esos columnistas que tú dices ya están muy
vistos. Tú me gustas mucho más, que además
eres más jovencito y más guapo. Lo que haré
será volver a leer todas tus columnas, de la primera a la
última, como si fueran nuevas ?me responde, y me pregunto
si es que se ha tomado dos copas de más o su vida es tan
miserable que es capaz de encontrar un consuelo en mi desesperación.
Un tanto confundido, le digo que, si quiere, puesto que tanto se
empeña, estoy dispuesto a enviarle directamente a su e-mail
una nueva columna cada semana. Pero que no espere que mi trabajo
veraniego sea de mucha calidad, que con el calor se me derriten
las ideas y me limito a centrar todos mis esfuerzos en perseguir
a chicas en bikini.
Pero ella me contesta, segura de sí misma, pero sobre todo
de mí, que le gustará lo que haga aunque sea lo peor
que pueda escribir nunca. Que hasta de la basura, si es literaria,
se puede sacar algo (aunque sólo sea una línea o un
verso) que nos ayude a comprender mejor la complejidad del mundo
incomprensible que nos rodea y, si hace falta, nos de el valor necesario
para dimitir de ella.
Ojalá fueran como esta lectora mía todos los lectores
de la tierra ?me digo, consciente no obstante de que los lectores,
y ni qué decir los míos, son una especie en extinción
en este mundo de seres incomunicados, de relaciones de superficie
y de una felicidad que finge tanto serlo que acaba por creerse todas
sus mentiras.
Espero que a la vuelta de las vacaciones mis columnas dejen de darse
de morros contra la pared, y que esa amiga que ha aparecido en este
artículo y que, como no podía ser de otra manera,
es ficticia, me brinde al menos una vez al mes esa oportunidad que
a diario le concede a la televisión, a los blogs de sus amigos,
a las fiestas y a toda la moda que se le ponga por delante. Que
sepa también nadar a contracorriente y sentir la intimidad
de una página escrita en busca de la comunicación.
Y que después me busque, aunque sólo sea para decirme
que no le ha gustado un pijo lo que he escrito. Que todos somos
humanos y cometemos fallos. Aunque algunos menos que otros.
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