3 de septiembre de 2007
Verano de 2007
Se nos va un verano que desde luego no pasará a la historia de los veranos por los fuegos artificiales, ni de San Sebastián ni de la vida, que esta última se ha agotado para demasiadas genialidades, para demasiados corazones dignos de un aplauso o cinco mil.

Están los muertos de la carretera, que son los de siempre pero que nunca son los mismos, porque cada vez les toca sufrir a otros, y junto a ellos todos esos genios universales que se nos han ido en una estación donde la muerte, además de para hacernos llorar, parece que se cuele en nuestras vidas para engordar un poco los periódicos del día que en verano amanece más tarde.

Primero se nos fue el gran Ingmar Bergman, que acabó perdiendo aquella partida de ajedrez con la dama de negro después de haberse desgarrado en tantas y tantas películas desesperanzadas como callejones sin salida, desde ‘Crisis’ hasta ese epitafio cinematográfico que supuso ‘Saraband’, donde su protagonista, ya muy mayor, hacía un balance que desde luego no dejaba sitio al optimismo: “Mi vida ha sido una mierda, sin sentido y estúpida”, oímos decir al actor Erland Josephson, alter ego de Bergman.

Por si no tuviéramos bastante, un día después se nos murió Antonioni, ese maestro de la quietud cinematográfica en cuyas películas no pasaba nada porque quizás pasaba todo. O pasaba la vida, que no es poco. Confieso que no soy un gran seguidor del director italiano, pero joyas como ‘La noche’ me hicieron creer que deambulaba cabizbajo con sus protagonistas por el blanco y negro de las frías calles de Milán en busca del amanecer.

Ya en ese agosto irrecuperable se nos ha ido el columnista de los columnistas, ese gran poeta de la prosa que ha sido, y seguirá siendo, Francisco Umbral, bandera de las dos Españas y amante de la bohemia nocturna de las calles del Madrid de los Gómez de la Serna, Valle-Inclanes, González Ruanos y Tiernos Galvanes. Que su pluma nos siga escribiendo desde el cielo, el infierno o donde coño esté.

Para rematar el mes, nos enteramos de lo de José Luis Villalonga, caballero impecable de una aristocracia que se extingue, como la vida, escritor del Rey y viejo amigo de Fellini, Malle y García Berlanga, con quienes trabajó en películas como ‘Giulietta de los espíritus’, ‘Los amantes’ y ‘Patrimonio nacional’. Otra pérdida histórica.

Ya sé que me dejo en el tintero a Enma Penella, a Blanca Sánchez y alguno más, pero mejor ya paro que esto de las muertes parece el cuento de nunca acabar. Al final, lo que se morirá será el verano, y al hacer recuento nos encontraremos con que todo lo bueno quedó atrás, demasiado atrás, y por delante sólo hay un vacío cada vez más grande.

Esperemos que septiembre sea menos caprichoso y no nos dé tantos disgustos. Que podamos olvidar nuestra mortalidad, aunque sólo sea por un momento. Que la protagonista de todas las noticias sea una chica de quince años que pasea en bicicleta con todo su futuro por delante. O José Tomás cortando las dos orejas y el rabo sin tener que pagar su triunfo con el hospital. Que todo vaya, al menos, un poco menos mal que siempre. Feliz septiembre.


Gorka Díez
Periodista