| Se nos va un verano que desde luego no pasará
a la historia de los veranos por los fuegos artificiales, ni de San
Sebastián ni de la vida, que esta última se ha agotado
para demasiadas genialidades, para demasiados corazones dignos de
un aplauso o cinco mil.
Están los muertos de la carretera, que son los de siempre
pero que nunca son los mismos, porque cada vez les toca sufrir a
otros, y junto a ellos todos esos genios universales que se nos
han ido en una estación donde la muerte, además de
para hacernos llorar, parece que se cuele en nuestras vidas para
engordar un poco los periódicos del día que en verano
amanece más tarde.
Primero se nos fue el gran Ingmar Bergman, que
acabó perdiendo aquella partida de ajedrez con la dama de
negro después de haberse desgarrado en tantas y tantas películas
desesperanzadas como callejones sin salida, desde ‘Crisis’
hasta ese epitafio cinematográfico que supuso ‘Saraband’,
donde su protagonista, ya muy mayor, hacía un balance que
desde luego no dejaba sitio al optimismo: “Mi vida ha sido
una mierda, sin sentido y estúpida”, oímos decir
al actor Erland Josephson, alter ego de Bergman.
Por si no tuviéramos bastante, un día después
se nos murió Antonioni, ese maestro de la quietud cinematográfica
en cuyas películas no pasaba nada porque quizás pasaba
todo. O pasaba la vida, que no es poco. Confieso que no soy un gran
seguidor del director italiano, pero joyas como ‘La noche’
me hicieron creer que deambulaba cabizbajo con sus protagonistas
por el blanco y negro de las frías calles de Milán
en busca del amanecer.
Ya en ese agosto irrecuperable se nos ha ido el columnista de los
columnistas, ese gran poeta de la prosa que ha sido, y seguirá
siendo, Francisco Umbral, bandera de las dos Españas
y amante de la bohemia nocturna de las calles del Madrid de los
Gómez de la Serna, Valle-Inclanes, González
Ruanos y Tiernos Galvanes. Que su pluma
nos siga escribiendo desde el cielo, el infierno o donde coño
esté.
Para rematar el mes, nos enteramos de lo de José
Luis Villalonga, caballero impecable de una aristocracia
que se extingue, como la vida, escritor del Rey y viejo amigo de
Fellini, Malle y García Berlanga,
con quienes trabajó en películas como ‘Giulietta
de los espíritus’, ‘Los amantes’ y ‘Patrimonio
nacional’. Otra pérdida histórica.
Ya sé que me dejo en el tintero a Enma Penella,
a Blanca Sánchez y alguno más, pero
mejor ya paro que esto de las muertes parece el cuento de nunca
acabar. Al final, lo que se morirá será el verano,
y al hacer recuento nos encontraremos con que todo lo bueno quedó
atrás, demasiado atrás, y por delante sólo
hay un vacío cada vez más grande.
Esperemos que septiembre sea menos caprichoso y no nos dé
tantos disgustos. Que podamos olvidar nuestra mortalidad, aunque
sólo sea por un momento. Que la protagonista de todas las
noticias sea una chica de quince años que pasea en bicicleta
con todo su futuro por delante. O José Tomás
cortando las dos orejas y el rabo sin tener que pagar su triunfo
con el hospital. Que todo vaya, al menos, un poco menos mal que
siempre. Feliz septiembre.
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