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"Los columnistas, como todas las personas,
se pasan -nos pasamos- la vida buscando el cariño de nuestra
madre", decía el otro día Lucía
Méndez en la última página de 'El
Mundo', en ese espacio dedicado a una columna que parece que sigue
sosteniendo Umbral, que siempre será de
Umbral.
No es que Lucía nos descubra Roma (ninguna columna lo hace,
son demasiado breves y los periódicos demasiado efímeros)
pero en una frase nos dice una verdad de esas que cada vez se echan
más en falta en un mundo donde nos comunicamos a base de
imágenes, e-mails, mensajes a móvil, tacos y falsas
sonrisas. Porque en el fondo no nos comunicamos.
Apenas damos cabida a la relación con los demás, que
tampoco es que quieran relacionarse con nosotros, y quizá
por eso todos buscamos el cariño de nuestra madre, el único
amor sincero ajeno a la moda de lo superficial, ese que no engaña,
como el algodón.
Y junto a la madre están todas esas columnas que con un buen
párrafo donde respiren un par de metáforas acertadas
pueden hacernos un poco más dulce el desayuno con dos de
azúcar a medio camino entre la cama y la oficina, el placer
y la obligación.
'El Mundo' apuesta fuerte por este género a medio camino
entre el periodismo y la literatura, la información y las
memorias, y al haberse quedado sin Umbral, que era la columna del
periódico, nos está compensando descubriéndonos
durante cien días, que no son pocos, a nuevos columnistas.
Una buena idea que hace más vivo e interesante un periódico
que cada vez me ayuda a añorar un poco menos el exinto 'Diario
16', aquellas páginas del pueblo donde se combinaban plumas
tan dispares y atractivas como las de José Luis Alvite,
Antonio Escohotado, José Luis Coll, Chumy Chúmez,
Ismael Serrano, Andrés Calamaro o Andy Chango.
A su información periodística (que muchas veces tiene
una orientación discutible, pero que es lo que hacen todos
los periódicos de hoy en día), 'El Mundo' ha sabido
unir una serie de columnistas que lo mismo hacen política
que literatura, pan para hoy que para mañana, y el resultado
es un explosivo cóctel que uno no sabe muy bien si es de
izquierdas o de derechas porque probablemente no sea ni una cosa
ni la otra, ni falta que hace, que a fin de cuentas es del caos
de donde emerge la verdadera libertad. Y eso lo sabe este periódico
al que no le tiembla el pulso para publicar una entrevista con el
siempre lúcido Fernando Savater (la de palos
que le van a caer de aquí a las elecciones), estar al día
de los marginados festivales de cine y de la puta televisión
de manos del deslenguado Carlos Boyero, hacer cohabitar
al veterano Raúl de Pozo con el joven David
Gistau, animar a hacer prosa a poetas como Luis
Antonio de Villena y hasta a dejar la puerta abierta a
los pesados y cabezones Federico Jiménez Losantos
e Isabel San Sebastián, que de todo tiene
que haber.
Bendito sea este pluralismo hecho papel que es el espejo de las
dos Españas, que en realidad son muchas más, que desde
hace ya unos cuantos años se puede aquirir en el quiosco
por un euro, que ya es menos de lo que vale un pan, y que independientemente
de la opinión de cada cual, de las subidas y bajadas de calidad,
siempre encuentra algo con lo que sorprendernos cada día,
ya sea una columna, una entrevista, una necrológica o ese
horóspoco en el que no creemos pero que nunca está
de más leer, por si las moscas.
La muerte de nuestro idolatrado Umbral no ha provocado, como deseaban
algunos, la muerte de este periódico que es el sueño
de Pedro J. hecho papel, sino que lo ha hecho resurgir,
motivando a unos y otros para sacarles lo mejor de sí mismos
y elaborar entre todos un producto que sigue estando pegado a la
calle y a las oficinas, a la política y a la literatura,
a la democracia y al progreso.
Gracias a este periódico podemos comunicarnos con la realidad
como hace tiempo perdimos la costumbre de hacer con la gente que
nos rodea y encontrar consuelo por el contacto perdido en una metáfora,
una crítica de cine o una crónica taurina. Porque
la letra impresa siempre será buena amiga del buscador que
somos todos, el padrenuestro de cada día de los que no creemos
en ningún Dios, pero sí en el arte y en el cariño
de nuestas madres, que son en sí mismas una obra de arte.
Y mucho más que Dios.
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