17 de septiembre de 2007
El Mundo

"Los columnistas, como todas las personas, se pasan -nos pasamos- la vida buscando el cariño de nuestra madre", decía el otro día Lucía Méndez en la última página de 'El Mundo', en ese espacio dedicado a una columna que parece que sigue sosteniendo Umbral, que siempre será de Umbral.

No es que Lucía nos descubra Roma (ninguna columna lo hace, son demasiado breves y los periódicos demasiado efímeros) pero en una frase nos dice una verdad de esas que cada vez se echan más en falta en un mundo donde nos comunicamos a base de imágenes, e-mails, mensajes a móvil, tacos y falsas sonrisas. Porque en el fondo no nos comunicamos.

Apenas damos cabida a la relación con los demás, que tampoco es que quieran relacionarse con nosotros, y quizá por eso todos buscamos el cariño de nuestra madre, el único amor sincero ajeno a la moda de lo superficial, ese que no engaña, como el algodón.

Y junto a la madre están todas esas columnas que con un buen párrafo donde respiren un par de metáforas acertadas pueden hacernos un poco más dulce el desayuno con dos de azúcar a medio camino entre la cama y la oficina, el placer y la obligación.

'El Mundo' apuesta fuerte por este género a medio camino entre el periodismo y la literatura, la información y las memorias, y al haberse quedado sin Umbral, que era la columna del periódico, nos está compensando descubriéndonos durante cien días, que no son pocos, a nuevos columnistas. Una buena idea que hace más vivo e interesante un periódico que cada vez me ayuda a añorar un poco menos el exinto 'Diario 16', aquellas páginas del pueblo donde se combinaban plumas tan dispares y atractivas como las de José Luis Alvite, Antonio Escohotado, José Luis Coll, Chumy Chúmez, Ismael Serrano, Andrés Calamaro o Andy Chango.

A su información periodística (que muchas veces tiene una orientación discutible, pero que es lo que hacen todos los periódicos de hoy en día), 'El Mundo' ha sabido unir una serie de columnistas que lo mismo hacen política que literatura, pan para hoy que para mañana, y el resultado es un explosivo cóctel que uno no sabe muy bien si es de izquierdas o de derechas porque probablemente no sea ni una cosa ni la otra, ni falta que hace, que a fin de cuentas es del caos de donde emerge la verdadera libertad. Y eso lo sabe este periódico al que no le tiembla el pulso para publicar una entrevista con el siempre lúcido Fernando Savater (la de palos que le van a caer de aquí a las elecciones), estar al día de los marginados festivales de cine y de la puta televisión de manos del deslenguado Carlos Boyero, hacer cohabitar al veterano Raúl de Pozo con el joven David Gistau, animar a hacer prosa a poetas como Luis Antonio de Villena y hasta a dejar la puerta abierta a los pesados y cabezones Federico Jiménez Losantos e Isabel San Sebastián, que de todo tiene que haber.

Bendito sea este pluralismo hecho papel que es el espejo de las dos Españas, que en realidad son muchas más, que desde hace ya unos cuantos años se puede aquirir en el quiosco por un euro, que ya es menos de lo que vale un pan, y que independientemente de la opinión de cada cual, de las subidas y bajadas de calidad, siempre encuentra algo con lo que sorprendernos cada día, ya sea una columna, una entrevista, una necrológica o ese horóspoco en el que no creemos pero que nunca está de más leer, por si las moscas.

La muerte de nuestro idolatrado Umbral no ha provocado, como deseaban algunos, la muerte de este periódico que es el sueño de Pedro J. hecho papel, sino que lo ha hecho resurgir, motivando a unos y otros para sacarles lo mejor de sí mismos y elaborar entre todos un producto que sigue estando pegado a la calle y a las oficinas, a la política y a la literatura, a la democracia y al progreso.

Gracias a este periódico podemos comunicarnos con la realidad como hace tiempo perdimos la costumbre de hacer con la gente que nos rodea y encontrar consuelo por el contacto perdido en una metáfora, una crítica de cine o una crónica taurina. Porque la letra impresa siempre será buena amiga del buscador que somos todos, el padrenuestro de cada día de los que no creemos en ningún Dios, pero sí en el arte y en el cariño de nuestas madres, que son en sí mismas una obra de arte. Y mucho más que Dios.


Gorka Díez
Periodista