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Ha terminado una nueva y notable edición
del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, y ya
van 55 años, nada menos, con largas jornadas cinematográficas
de diez días que se hacen cortas para quienes nos levantamos
gustosamente a las siete y media de la mañana con el propósito
de olvidarnos de la mediocridad de nuestra vida en una sala oscura.
Este año ha vuelto a haber de todo: películas buenas,
malas y regulares, algo de lo que en parte son responsables los
organizadores, pero no sólo en parte: que el festival sea
mejor o peor depende sobre todo del nivel de calidad de la cosecha
de películas del año y de que otros festivales no
se lleven los objetos más deseados.
En la Sección Oficial se han proyectado dienueve películas
(dieciséis de ellas a concurso), que desde luego que no es
poco teniendo en cuenta todo lo que cuesta imaginarlas, conseguir
financiación, hacerlas y proyectarlas para que el público
las vea y las alabe o las ponga a parir.
Es habitual que muchas de las películas de la Sección
Oficial del Festival Internacional de Cine de San Sebastián
no sean nada del otro mundo, pero con que haya cuatro o cinco cintas
notables puede bastar para colgarle la medalla de oro a cada nueva
edición. Y a esta 55 desde luego que hay motivos de sobra
para subirla al pódium.
Ahí está, ante todo, la merecida Concha de Oro al
filme chino 'Mil años de oración', de Wayne Wang.
El autor de 'Smoke' y 'Blue in the face' regresa al cine más
intimista, sentido y cotidiano con una película en la que
narra la visita del señor Chi, un viudo jubilado de Pekín,
a su hija Yilan, que vive en Estados Unidos y tiene entre manos
una vida que no es ningún canto de alegría: carga
con un divorcio a cuestas, un duro trabajo y mucha soledad.
Para intentar hacer realidad su noble deseo de que su hija sea feliz,
le lanza consejos que probablemente a él también le
hubieran hecho falta en otra época, pero que poco a poco
iremos descubriendo que están llenos de debilidades. Muy
destacable es el ímpetu de este jubilado por comunicarse
con la gente que, como él, mata el tiempo en los parques
estadounidenses.
Para ello se sirve de las apenas cuatro palabras que conoce en inglés,
que ni siquiera sabe pronunciarlas, y así se crean situaciones
de lo más divertidas. Su amor por todo cuanto le rodea, lo
conozca o no, hace que esta cinta nos reconcilie con el cine y con
la vida.
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