1 de octubre de 2007
San Sebastián vuelve a cumplir con el cine

Ha terminado una nueva y notable edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, y ya van 55 años, nada menos, con largas jornadas cinematográficas de diez días que se hacen cortas para quienes nos levantamos gustosamente a las siete y media de la mañana con el propósito de olvidarnos de la mediocridad de nuestra vida en una sala oscura.
Este año ha vuelto a haber de todo: películas buenas, malas y regulares, algo de lo que en parte son responsables los organizadores, pero no sólo en parte: que el festival sea mejor o peor depende sobre todo del nivel de calidad de la cosecha de películas del año y de que otros festivales no se lleven los objetos más deseados.
En la Sección Oficial se han proyectado dienueve películas (dieciséis de ellas a concurso), que desde luego que no es poco teniendo en cuenta todo lo que cuesta imaginarlas, conseguir financiación, hacerlas y proyectarlas para que el público las vea y las alabe o las ponga a parir.
Es habitual que muchas de las películas de la Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de San Sebastián no sean nada del otro mundo, pero con que haya cuatro o cinco cintas notables puede bastar para colgarle la medalla de oro a cada nueva edición. Y a esta 55 desde luego que hay motivos de sobra para subirla al pódium.
Ahí está, ante todo, la merecida Concha de Oro al filme chino 'Mil años de oración', de Wayne Wang. El autor de 'Smoke' y 'Blue in the face' regresa al cine más intimista, sentido y cotidiano con una película en la que narra la visita del señor Chi, un viudo jubilado de Pekín, a su hija Yilan, que vive en Estados Unidos y tiene entre manos una vida que no es ningún canto de alegría: carga con un divorcio a cuestas, un duro trabajo y mucha soledad.
Para intentar hacer realidad su noble deseo de que su hija sea feliz, le lanza consejos que probablemente a él también le hubieran hecho falta en otra época, pero que poco a poco iremos descubriendo que están llenos de debilidades. Muy destacable es el ímpetu de este jubilado por comunicarse con la gente que, como él, mata el tiempo en los parques estadounidenses.
Para ello se sirve de las apenas cuatro palabras que conoce en inglés, que ni siquiera sabe pronunciarlas, y así se crean situaciones de lo más divertidas. Su amor por todo cuanto le rodea, lo conozca o no, hace que esta cinta nos reconcilie con el cine y con la vida.

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Gorka Díez
Periodista