15 de octubre de 2007
Javier Krahe

Tiene mucho de trovador, de juglar, de caballero andante, de quijote, de loco y hasta de duendecillo del bosque este cantautor de 63 años que lleva la última mitad de su vida de escenario en escenario, haciendo sentir y reír a un público que busca algún sentido al mundo en sus canciones, en esas letras entre la sátira y le melancolía, el adulterio y la ternura, la provocación y la más desgarrada de las declaraciones de amor.

Javier Krahe (Madrid, 1944) no es desde luego un cantautor al uso, sino un artista irrepetible que vive en un mundo que él mismo se ha construido con las letras de sus canciones y el humo de sus cigarrillos. Un mundo por el que le gusta deambular de flor en flor y frecuentar las alcobas de las gatas solitarias de la noche. Porque, aunque en vida es fiel a Annick, cuando escribe es un amante juguetón que o pone cuernos o se los deja poner y mira al cielo en busca de una de esas noches de tormenta en la que poder abrirle la puerta a la pasión.

Hay quien le cree un vago porque le gusta ver pasar la vida y no hace más de cuatro canciones al año, pero es que los demás tardaríamos toda una vida en hacer una sola de sus letras. Y a saber lo que salía.

El pasado martes le pude ver en el Teatro-Auditorio Cuenca, donde actuaba por primera vez, que ya era hora, y volví a sentir lo mismo que cuando lo vi en un café de la Salamanca de hace muchos años: una admiración inmensa por su genialidad, por su capacidad para reírse de sí mismo y del mundo entero y hacerlo además con canciones como ‘Eros y civilización’, ‘La tormenta’ o ‘Abajo el Alzheimer’, que son un derroche de poesía musicada donde se dan un apretón la nostalgia de Jaime Gil de Biedma y el humor de Woody Allen.

“¿Por qué no has tocado ‘Marieta’?”, le preguntó una chica en el camerino, después del concierto. Y Javier, fiel a su estilo, guardó silencio. Pero algo así como un minuto después contestó. “Es que me cansa. A lo mejor después de quince conciertos o así la vuelvo a cantar porque me apetece de verdad”.

“Me gustan mucho tus canciones. Son muy auténticas”, le dijo otra. Y Krahe volvió a guardar silencio para contestar un rato después: “Claro que son auténticas. Son mías. Las he hecho yo”.

Lo cierto es que se agradece en este mundo de precipitación el carácter reflexivo y pausado de este hombre que si tarda en contestar es porque no está dispuesto a hacerlo de cualquier manera.

En mi caso, unos días antes del concierto le entrevisté por teléfono y recuerdo que hubo respuestas en las que se fue alargando lenta pero sabiamente hasta el infinito.

Y me dijo cosas interesantes, como que ‘Kriptonita’ viene a ser una canción “que tiene, no sé, su ternura hacia uno mismo”; que para enfrentarse a la muerte da lo mismo ser cura o no; que ‘Piero della Francesca’es un tema que le costó mucho escribir “y ya sólo por eso me parece interesante”; y que si en el recuento de amores que hace ‘Abajo en Alzheimer no pasó de cien no fue porque no hubiera más chicas que nombrar, sino porque “cien me parecía un número redondo”.

Y sobre todo se liberó hablando de ‘18 Chulos’, el sello discográfico del que es socio junto a otros artistas como Wyoming o Pablo Carbonell. Le dije que a lo mejor el precio de los discos es un poco elevado, y se lió a hablar y hablar con ton y son: “Hay que vender unos cuantos ejemplares a cierto precio no para ganar dinero, sino para no perderlo. Porque entre otras cosas hay un distribuidor que se lleva dinero, y el establecimiento o punto de venta también se lleva dinero. Eso encarece, sí, pero es que de lo contrario no puedes colar tus trabajos. No te vas a poner en la calle a vender discos con la mano. (...) Está claro que si uno supiera que va a vender cien mil ejemplares, se podría rebajar bastante el precio de los discos. Pero como uno no lo sabe. Y si acabas vendiendo 6.000 o 7.000 discos pues al menos justo con eso se recupera. Y nosotros, en realidad, habremos editado, no sé, pon que veinte discos, y en 16 hemos perdido dinero. En cuatro hemos ganado algo, pero no creas que mucho. A lo mejor 5.000 o 10.000 euros, y teniendo en cuenta que se ha perdido en casi todos... No sé qué futuro tiene un sello discográfico”.

Yo le dejé hablar, que es lo suyo en las entrevistas, y disfruté de esas palabras que al final no llevaron a ninguna parte o que llevaron al único sitio al que podemos aspirar, que es la duda.

En fin. Habrá que seguir disfrutando del humor de Krahe, de su romanticismo, de esas amantes furtivas que se pone a recordar con el pijama blanco de las noches perdidas. Es lo que él quiere que hagamos y sólo una pequeña parte de lo mucho, muchísimo, que le debemos.


Gorka Díez
Periodista