| “Si me tocara la lotería o me hiciera
rica por lo que fuera, no se lo diría a nadie”, comentaba
el otro día una chica discreta y bella, de esas en vías
de extinción, como en su día los dinosaurios.
Y lo cierto es que me resulta imposible no enamorarme de alguien
que piensa que no todo en la vida es afán de figurar, que
también es posible ser feliz de puertas para adentro, sin
tener que aparentarlo, o incluso aparentando que se vive vulgarmente,
como si la vida apenas fuera con nosotros, aunque todo vaya bien.
“El árbol que cae no existe si nadie lo oye”,
dice el dicho, en la línea de esos tipos que aseguran que
lo mejor de acostarse con la mujer más guapa del mundo es
poder contarlo después.
No sé yo. A mí me parece que lo importante no es
lo que los demás conozcan nuestra vida, sino vivir, y hasta
me da que puede tener más valor el hecho de que nosotros
seamos los únicos que sepamos cuáles han sido nuestras
hazañas y nuestros fracasos, nuestros éxitos y nuestros
derrumbes, nuestras conquistas y nuestras despedidas sin preaviso.
Mientras pienso en estas cosas, me pongo a ver una de esas películas
antiguas en blanco y negro: ‘Navidad en julio’, de Preston
Sturges. Y no puedo sino detestar el comportamiento de
su protagonista cuando sus compañeros de trabajo le mandan
un telegrama para hacerle creer que ha ganado un concurso valorado
en 25.000 euros sólo para ver qué cara pone. Y es
que el supuesto afortunado se comporta como un loco, subiéndose
a las mesas de la oficina y cantando a viva voz un premio que ni
siquiera le corresponde, pero que aunque le correspondería
tampoco sé muy bien por qué narices tendría
que cantarlo a viva voz. Creo que la vida es lo suficientemente
efímera como para que nos tomemos tan en serio sus fracasos
o sus éxitos y encima pretender que se enteren de todo ello
los demás.
Y me vuelvo a acordar de aquella chica con la que comí el
otro día, y me parece volver a oír de su boca aquellas
palabras que le salieron con sinceridad, de forma espontánea,
y que tanto me conmueven. “Si me tocara la lotería
o me hiciera rica por lo que fuera, no se lo diría a nadie”.
Qué delicioso, no sé, eso de tener tan claro que
somos por dentro y no por fuera, que se puede ser feliz en la intimidad,
de puertas para adentro, y no hace falta que los demás escuchen
nuestro canto alegre para cantarnos a nosotros y reír. Que
también se puede ser feliz sin que nadie lo sepa.
|