22 de octubre de 2007
De puertas para adentro

“Si me tocara la lotería o me hiciera rica por lo que fuera, no se lo diría a nadie”, comentaba el otro día una chica discreta y bella, de esas en vías de extinción, como en su día los dinosaurios.

Y lo cierto es que me resulta imposible no enamorarme de alguien que piensa que no todo en la vida es afán de figurar, que también es posible ser feliz de puertas para adentro, sin tener que aparentarlo, o incluso aparentando que se vive vulgarmente, como si la vida apenas fuera con nosotros, aunque todo vaya bien.

“El árbol que cae no existe si nadie lo oye”, dice el dicho, en la línea de esos tipos que aseguran que lo mejor de acostarse con la mujer más guapa del mundo es poder contarlo después.

No sé yo. A mí me parece que lo importante no es lo que los demás conozcan nuestra vida, sino vivir, y hasta me da que puede tener más valor el hecho de que nosotros seamos los únicos que sepamos cuáles han sido nuestras hazañas y nuestros fracasos, nuestros éxitos y nuestros derrumbes, nuestras conquistas y nuestras despedidas sin preaviso.

Mientras pienso en estas cosas, me pongo a ver una de esas películas antiguas en blanco y negro: ‘Navidad en julio’, de Preston Sturges. Y no puedo sino detestar el comportamiento de su protagonista cuando sus compañeros de trabajo le mandan un telegrama para hacerle creer que ha ganado un concurso valorado en 25.000 euros sólo para ver qué cara pone. Y es que el supuesto afortunado se comporta como un loco, subiéndose a las mesas de la oficina y cantando a viva voz un premio que ni siquiera le corresponde, pero que aunque le correspondería tampoco sé muy bien por qué narices tendría que cantarlo a viva voz. Creo que la vida es lo suficientemente efímera como para que nos tomemos tan en serio sus fracasos o sus éxitos y encima pretender que se enteren de todo ello los demás.

Y me vuelvo a acordar de aquella chica con la que comí el otro día, y me parece volver a oír de su boca aquellas palabras que le salieron con sinceridad, de forma espontánea, y que tanto me conmueven. “Si me tocara la lotería o me hiciera rica por lo que fuera, no se lo diría a nadie”.

Qué delicioso, no sé, eso de tener tan claro que somos por dentro y no por fuera, que se puede ser feliz en la intimidad, de puertas para adentro, y no hace falta que los demás escuchen nuestro canto alegre para cantarnos a nosotros y reír. Que también se puede ser feliz sin que nadie lo sepa.


Gorka Díez
Periodista