29 de octubre de 2007
Nacho Vegas

Gorka y Nacho,
"que nos parta un rayo"

Hará ya unos cinco años que soy fan de Nacho Vegas, del que sólo me falta llevar su camiseta por ahí. Aunque la llevo por dentro, que es mejor. Estoy convencido de que este gijonés de poco más de treinta años es el mejor letrista en castellano de las nuevas generaciones, con un estilo distinto pero a la altura de los grandes Joaquín Sabina y Javier Krahe.

Hay a quien no le gusta nada porque dice que sus canciones son demasiado deprimentes. Pero eso qué importa para que su música sea buena o mala, digo yo. Y, de todas formas, no creo sus discos sean para cortarse las venas, ni mucho menos. Porque aunque toquen temas como la muerte, el abandono o las drogas, también tienen mucho humor, mucho reírse de uno mismo y de encogerse de hombros cuando el mundo se pone cuesta arriba, que a veces la mejor salida es desaparecer.

Como muestra de su humor, ahí esta ese gran himno de la autoparodia que es ‘El hombre que casi conoció a Michi Panero’, donde Nacho se nos presenta como una persona que está a punto de morir y recibe en su mansión a sus supuestos amigos y familiares para darles el último adiós. Y lo hace en batín. Y junto a ellos ironiza sobre esa humanidad “que tan bien habita el mundo” y se reconoce como un viejo verde y cascarrabias dispuesto a brindar por sus diez mil fracasos. Y al hacer recuento de sus logros en este mundo cruel destaca que en una ocasión casi conoció al pequeño de los Panero. “Fue emocionante casi conocerle”.

Y también hay humor, por ejemplo, en la forma en que se tira por la ventana, o no, la chica que deja un mensaje en su contestador en ‘Perdimos el control’, con “ja-ja-ja” incluido. Y en ese recuento de culpas que da forma a la mágica, pausada y burlona ‘En la sed mortal’.

Luego están baladas como ‘Ocho y medio’, un canto de desesperanza al amor agotado, cuyos párrafos incluyen frases tan redondas como esa “tengo que encontrar una salida / pero no recuerdo ni por dónde hemos entrado aquí”. Y, en la misma línea se sitúa esa demoledora canción plagada de imágenes que es ‘El ángel Simón’, escrita en memoria de ese padre que murió en la soledad de su casa cuando Nacho apenas contaba con 17 años de edad. “Y ahora no sé por qué / viene a mi mente el colchón / que tuvimos que bajar / Javi y yo a la basura / sin poder dejar de mirar / esa mancha oscura / que allí nos dejaste / como herencia y recuerdo / antes de partir / en tu último viaje / probablemente al infierno”, susurra.

Tampoco me olvido de ese libro suyo, ‘Política de hechos consumados’, que presentó en la Feria del Libro de Castilla-La Mancha en Cuenca hace casi cuatro años en cuyas páginas nos encontramos historias breves pero intensas que le sirven a Nacho para desarrollar algunas de sus mejores canciones, como la citada ‘El ángel Simón’. Y también hay algún poema que le da la vuelta a las convenciones de la sociedad, como esos versos que dicen “no es la mala vida la que me mata / sino la vida toda”. ¿Tremendismo o sentido del humor?

Y me encanta, por su puesto, su pose sobre el escenario, encogido totalmente, estático, con el pelo cubriéndole el rostro, la mirada perdida en ninguna parte y apariencia de estar apunto de derrumbarse sobre sus propios miedos, aunque probablemente esté riéndose por dentro.

Ahora acaba de editar un EP junto a Cristina Rosenvinge, ‘Verano fatal’, una nueva mezcla de dolor y humor, quizá no tan inspirada como sus discos en solitario pero que arranca con una preciosidad como ‘Me he perdido’ y que merece la pena escuchar y vivir. Para los próximos meses, este cantautor con aires de maldito anuncia nuevos trabajos discográficos, así que tenemos dolor y alivio para rato. Afortunados que somos.

Gracias Nacho por existir y compartir con nosotros esta puta vida.


Gorka Díez
Periodista