26 de noviembre de 2007
Musas

Hay veces en que la inspiración no llega, y la columna se nos queda con el culo al aire, superflua, insípida, como escrita por un fontanero (con todos mis respetos para los fontaneros), o tan impersonal y llena de lugares comunes como si no llevara firma.

Pero si la inspiración no viene hay que salir a buscarla por donde sabemos que puede andar: entre las páginas de un periódico, en un libro, en el telediario de las tres, en un gin-tonic, en plena Gran Vía madrileña o en un paso de cebra toreando con el bolso a su destino.

En esta ocasión me la encontré en un viaje en autobús Madrid-San Sebastián. Se había sentado junto a mí y olía a esas mañanas de Universidad en las que atravesaba las calles recién regadas de un día con todo por aprender. Tenía el pelo castaño, la boca grande, los ojos vivos, y entre las manos sostenía un libro que para ella era el paisaje que se veía a través de las ventanas. Su edad rondaba los veinte, así que disponía de más de media vida por delante para ir desentrañando el mundo a través de lecturas, amistades, cines, novios para siempre o para una sola noche, besos con saliva y viajes en autobús.

Ni siquiera nos dirigimos la palabra, es cierto, pero me gustó eso de compartir un mismo espacio durante unas cuantas horas, ese poder soñar con una chica que, aunque inalcanzable, tenía su codo derecho junto a mi codo izquierdo y parecía susurrarme al oído su respiración.

Al llegar a la estación de Burgos la ví cerrar el libro, bajarse a por la maleta y acudir corriendo hacia los brazos de un chico que, por el beso que se dieron en los labios, debía ser su novio. Por un momento sentí envidia de verles tan felices, al menos en apariencia, pero poco después lo que sentí fue compasión por la cruda realidad que, como a todos, les esperaba a la vuelta de la esquina. Porque, por mucho que ahora se quieran o demuestren quererse, el tiempo, que es un cabrón, les hará pagar tarde o temprano hasta las facturas que no les corresponden.

"Poco a poco irán comprendiendo que las rosas también tienen espinas. Que, como viene a decir el poeta, esto va en serio", pensé para mí.

El autobús siguió su camino y aquella chica despareció de mi vista. Pero algo así como una hora después, ya cerca de Vitoria, me di cuenta de que bajo el asiento había una bufanda con la que mi acompañante había rodeado su cuello en busca de suavidad y calor. Supuse que se le había olvidado, y para no dejarla al amparo de cualquier viajero la tomé y desde entonces la llevo conmigo a todas partes. Me ayuda a acordarme de ella y gozar de su recuerdo, y además de vez en cuando me inspira alguna que otra idea para mis columnas.

El problema, lo sé, vendrá en verano, cuando las altas temperaturas me obliguen a dejar la bufanda en el armario. Porque quién sabe si lo que acabará en el armario no será mi inspiración, y a partir de entonces me quede con el culo al aire en mis columnas y en la vida.

En fin. De todas formas soy de los que creen que la inspiración no empieza y termina en una única musa, sino que hay muchas más. Y si una se nos va siempre podemos salir a buscar otra, que ya sabemos por dónde las podemos encontrar: entre las páginas de un periódico, en un libro, en el telediario de las tres o en un viaje de esos donde se cruzan tantas vidas, tantos sueños, tantos labios. A la mayoría de ellos no les dirigiremos nunca la palabra, es cierto, pero una mirada suya puede bastar para que nos inspiren algo, que no es poco.


Gorka Díez
Periodista