| Hay veces en que la inspiración no llega,
y la columna se nos queda con el culo al aire, superflua, insípida,
como escrita por un fontanero (con todos mis respetos para los fontaneros),
o tan impersonal y llena de lugares comunes como si no llevara firma.
Pero si la inspiración no viene hay que salir a buscarla
por donde sabemos que puede andar: entre las páginas de un
periódico, en un libro, en el telediario de las tres, en
un gin-tonic, en plena Gran Vía madrileña o en un
paso de cebra toreando con el bolso a su destino.
En esta ocasión me la encontré en un viaje en autobús
Madrid-San Sebastián. Se había sentado junto a mí
y olía a esas mañanas de Universidad en las que atravesaba
las calles recién regadas de un día con todo por aprender.
Tenía el pelo castaño, la boca grande, los ojos vivos,
y entre las manos sostenía un libro que para ella era el
paisaje que se veía a través de las ventanas. Su edad
rondaba los veinte, así que disponía de más
de media vida por delante para ir desentrañando el mundo
a través de lecturas, amistades, cines, novios para siempre
o para una sola noche, besos con saliva y viajes en autobús.
Ni siquiera nos dirigimos la palabra, es cierto, pero me gustó
eso de compartir un mismo espacio durante unas cuantas horas, ese
poder soñar con una chica que, aunque inalcanzable, tenía
su codo derecho junto a mi codo izquierdo y parecía susurrarme
al oído su respiración.
Al llegar a la estación de Burgos la ví cerrar el
libro, bajarse a por la maleta y acudir corriendo hacia los brazos
de un chico que, por el beso que se dieron en los labios, debía
ser su novio. Por un momento sentí envidia de verles tan
felices, al menos en apariencia, pero poco después lo que
sentí fue compasión por la cruda realidad que, como
a todos, les esperaba a la vuelta de la esquina. Porque, por mucho
que ahora se quieran o demuestren quererse, el tiempo, que es un
cabrón, les hará pagar tarde o temprano hasta las
facturas que no les corresponden.
"Poco a poco irán comprendiendo que las rosas también
tienen espinas. Que, como viene a decir el poeta, esto va en serio",
pensé para mí.
El autobús siguió su camino y aquella chica despareció
de mi vista. Pero algo así como una hora después,
ya cerca de Vitoria, me di cuenta de que bajo el asiento había
una bufanda con la que mi acompañante había rodeado
su cuello en busca de suavidad y calor. Supuse que se le había
olvidado, y para no dejarla al amparo de cualquier viajero la tomé
y desde entonces la llevo conmigo a todas partes. Me ayuda a acordarme
de ella y gozar de su recuerdo, y además de vez en cuando
me inspira alguna que otra idea para mis columnas.
El problema, lo sé, vendrá en verano, cuando las
altas temperaturas me obliguen a dejar la bufanda en el armario.
Porque quién sabe si lo que acabará en el armario
no será mi inspiración, y a partir de entonces me
quede con el culo al aire en mis columnas y en la vida.
En fin. De todas formas soy de los que creen que la inspiración
no empieza y termina en una única musa, sino que hay muchas
más. Y si una se nos va siempre podemos salir a buscar otra,
que ya sabemos por dónde las podemos encontrar: entre las
páginas de un periódico, en un libro, en el telediario
de las tres o en un viaje de esos donde se cruzan tantas vidas,
tantos sueños, tantos labios. A la mayoría de ellos
no les dirigiremos nunca la palabra, es cierto, pero una mirada
suya puede bastar para que nos inspiren algo, que no es poco.
|