| No la conocí mucho, la verdad, pero la conocí.
Corría el verano de 1999 y yo estaba de prácticas
en la sección 'Madrid' del 'Diario 16'. Allí tenía
un jefe con bastante humanidad, Alejandro Posilio,
que nos trataba como lo que éramos, estudiantes de Periodismo
o periodistas en periodo de aprendizaje, por lo que nos ofrecía
retos modestos y nos echaba cuantas manos hicieran falta.
Pero Alejandro se nos fue de vacaciones en agosto y, en ese mes,
alguien ocupó su lugar en la redacción. Era Elisa
Beni, una tipa que, para dejar bien claro que aquel espacio
pasaba a ser de su propiedad, colocó una foto de su marido
sobre su ordenador. Ninguno lo conocíamos, pero recuerdo
que era un señor calvo con toga de juez.
Los redactores en prácticas, lo mismo que los que llevaban
años trabajando en aquel medio, tuvimos que afrontar el cambio
de pasar de la humanidad de Alejandro a la tiranía de una
jefa que nos despreciaba y hería desde el altar de su arrogancia.
Como no se sabía nuestros nombres, se dirigía a
nosotros señalándonos con el dedo o al grito de "tú".
Y de su boca salían frases de esas que suelen sentar mal.
Como la vez que, cuando uno de nosotros estaba preparando un reportaje
sobre loros, dijo que éstos eran más inteligentes
que algunos becarios.
Alguna vez me tocó sentarme frente a ella, con lo cual
me convertí en la diana de sus iras. Y puesto que era mi
jefa no tenía más remedio que reírle sus salidas
de tono, fingiendo que no me molestaban.
“Trataba a sus compañeros con la punta del pie”,
he leído en internet a alguien que coincidió con ella
en ‘La Voz de Almería’. Y reconozco que lo comparto.
Recuerdo que una vez me mandó asistir a un acto al que acudieron
el entonces presidente de la Comunidad, Alberto Ruiz Gallardón,
y el responsable del colectivo judío en Madrid. Mi grabadora
recogió las palabras que se pronunciaron en el acto, que
bastante tenía con eso para ser becario, digo yo, pero al
llegar al periódico ella empezó a formularme miles
de preguntas: que cuántos judíos hay en Madrid, que
dónde se reúnen, que por qué zona viven, que
qué problemas tienen...
Yo evidentemente no tenía respuesta para todo aquello,
pues en el acto no se nos había dado una información
pormenorizada sobre la vida de los judíos en Madrid, así
que recibí una bronca inmensa por no haberlo preguntado.
Enfadada, me mandó a una sinagoga judía en busca de
respuestas para sus caprichos.
Así que para allí me fui, con mi cuaderno y mi grabadora.
Pero los judíos, como me había advertido mi anterior
jefe, Alejandro, tenían la boca sellada. Lo único
que conseguí fueron cuatro o cinco anécdotas con poca
sustancia que me comentó la gente que regentaba los comercios
de la zona.
Aún así, Elisa Beni me mandó hacer una noticia
con aquello. Y algo escribí, qué remedio. Porque yo
quería ser periodista, aunque empezaba a dudar de si merecía
la pena el precio que había que pagar por ello.
No recuerdo muy bien el contenido de aquel reportaje, pero al
poco tiempo empezaron a llegar cartas al director firmadas por judíos
que por lo visto entonces sí que querían hablar. Y
se metían conmigo llamándome racista y cosas así.
Hasta se mostraban dispuestos a demandarme judicialmente.
Cuando leí una de aquellas cartas (me la hizo llegar la
propia Elisa, para regañarme con un "¿has visto
lo que has hecho?") lo cierto es que me acojoné. Pero
en fin. Hay cosas mucho peores en la vida y en seguida apareció
mi anterior jefe para restarle hierro al asunto. Así que
decidí que no iba a hundir mi autoestima por la falta de
consideración y la antipatía de una periodista de
hierro que se creía Dios.
Y, en fin, después de aquel episodio empecé a escabullirme
de la tal Elisa, y a colaborar más con la sección
de pueblos de Madrid que había pasado a coordinar Alejandro.
Aquello fue una vía de escape porque, la verdad, sobre todo
teniendo en cuenta que lo único que me pagaba el periódico
era el ‘bono-metro’, no tenía ninguna gana de
estar a las órdenes de aquella dura y fría mujer que
para colmo tenía a sus redactores hasta las tantas de la
noche, muchas veces de brazos cruzados, sin nada que hacer, pero
sin poder irse a su casa a dormir.
No fui el único que cambió de aires, porque poco
después empezó a irse la gente que trabajaba desde
hace años en aquella sección. Algunos a 'La Razón',
otros a un diario gratuito, otros a la mierda, que total peor no
iban a estar. Las cenas entre compañeros se acabaron y como
cosa de un par de años después el periódico
cerró.
Después de aquella experiencia he trabajado en otros medios
de comunicación, y afortunadamente no me he vuelto a encontrar
ninguna Elisa Beni en ellos. Sí que me han amenazado un par
de veces más con demandarme por algún artículo
que he escrito, pero de momento nunca lo han hecho. Toco madera.
Y el caso es que ahora, al volver a saber de Elisa Beni por los
periódicos, me ha venido a la memoria aquella ingrata experiencia
que tenía prácticamente olvidada. Y, bueno, la verdad
es que me importa tres pimientos lo que pase con su libro, que no
lo pienso leer. Y es que hay gente que me da lo mismo que se haga
famosa o que se pudra en el anonimato. Por mí que le vaya
bien, o mal, en ese mundo tan suyo donde vive, que desde luego que
yo no pienso asomar la cabeza por ahí.
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