10 de diciembre de 2007
Elisa Beni

No la conocí mucho, la verdad, pero la conocí. Corría el verano de 1999 y yo estaba de prácticas en la sección 'Madrid' del 'Diario 16'. Allí tenía un jefe con bastante humanidad, Alejandro Posilio, que nos trataba como lo que éramos, estudiantes de Periodismo o periodistas en periodo de aprendizaje, por lo que nos ofrecía retos modestos y nos echaba cuantas manos hicieran falta.

Pero Alejandro se nos fue de vacaciones en agosto y, en ese mes, alguien ocupó su lugar en la redacción. Era Elisa Beni, una tipa que, para dejar bien claro que aquel espacio pasaba a ser de su propiedad, colocó una foto de su marido sobre su ordenador. Ninguno lo conocíamos, pero recuerdo que era un señor calvo con toga de juez.

Los redactores en prácticas, lo mismo que los que llevaban años trabajando en aquel medio, tuvimos que afrontar el cambio de pasar de la humanidad de Alejandro a la tiranía de una jefa que nos despreciaba y hería desde el altar de su arrogancia.

Como no se sabía nuestros nombres, se dirigía a nosotros señalándonos con el dedo o al grito de "tú". Y de su boca salían frases de esas que suelen sentar mal. Como la vez que, cuando uno de nosotros estaba preparando un reportaje sobre loros, dijo que éstos eran más inteligentes que algunos becarios.

Alguna vez me tocó sentarme frente a ella, con lo cual me convertí en la diana de sus iras. Y puesto que era mi jefa no tenía más remedio que reírle sus salidas de tono, fingiendo que no me molestaban.

“Trataba a sus compañeros con la punta del pie”, he leído en internet a alguien que coincidió con ella en ‘La Voz de Almería’. Y reconozco que lo comparto.

Recuerdo que una vez me mandó asistir a un acto al que acudieron el entonces presidente de la Comunidad, Alberto Ruiz Gallardón, y el responsable del colectivo judío en Madrid. Mi grabadora recogió las palabras que se pronunciaron en el acto, que bastante tenía con eso para ser becario, digo yo, pero al llegar al periódico ella empezó a formularme miles de preguntas: que cuántos judíos hay en Madrid, que dónde se reúnen, que por qué zona viven, que qué problemas tienen...

Yo evidentemente no tenía respuesta para todo aquello, pues en el acto no se nos había dado una información pormenorizada sobre la vida de los judíos en Madrid, así que recibí una bronca inmensa por no haberlo preguntado. Enfadada, me mandó a una sinagoga judía en busca de respuestas para sus caprichos.

Así que para allí me fui, con mi cuaderno y mi grabadora. Pero los judíos, como me había advertido mi anterior jefe, Alejandro, tenían la boca sellada. Lo único que conseguí fueron cuatro o cinco anécdotas con poca sustancia que me comentó la gente que regentaba los comercios de la zona.

Aún así, Elisa Beni me mandó hacer una noticia con aquello. Y algo escribí, qué remedio. Porque yo quería ser periodista, aunque empezaba a dudar de si merecía la pena el precio que había que pagar por ello.

No recuerdo muy bien el contenido de aquel reportaje, pero al poco tiempo empezaron a llegar cartas al director firmadas por judíos que por lo visto entonces sí que querían hablar. Y se metían conmigo llamándome racista y cosas así. Hasta se mostraban dispuestos a demandarme judicialmente.

Cuando leí una de aquellas cartas (me la hizo llegar la propia Elisa, para regañarme con un "¿has visto lo que has hecho?") lo cierto es que me acojoné. Pero en fin. Hay cosas mucho peores en la vida y en seguida apareció mi anterior jefe para restarle hierro al asunto. Así que decidí que no iba a hundir mi autoestima por la falta de consideración y la antipatía de una periodista de hierro que se creía Dios.

Y, en fin, después de aquel episodio empecé a escabullirme de la tal Elisa, y a colaborar más con la sección de pueblos de Madrid que había pasado a coordinar Alejandro. Aquello fue una vía de escape porque, la verdad, sobre todo teniendo en cuenta que lo único que me pagaba el periódico era el ‘bono-metro’, no tenía ninguna gana de estar a las órdenes de aquella dura y fría mujer que para colmo tenía a sus redactores hasta las tantas de la noche, muchas veces de brazos cruzados, sin nada que hacer, pero sin poder irse a su casa a dormir.

No fui el único que cambió de aires, porque poco después empezó a irse la gente que trabajaba desde hace años en aquella sección. Algunos a 'La Razón', otros a un diario gratuito, otros a la mierda, que total peor no iban a estar. Las cenas entre compañeros se acabaron y como cosa de un par de años después el periódico cerró.

Después de aquella experiencia he trabajado en otros medios de comunicación, y afortunadamente no me he vuelto a encontrar ninguna Elisa Beni en ellos. Sí que me han amenazado un par de veces más con demandarme por algún artículo que he escrito, pero de momento nunca lo han hecho. Toco madera.

Y el caso es que ahora, al volver a saber de Elisa Beni por los periódicos, me ha venido a la memoria aquella ingrata experiencia que tenía prácticamente olvidada. Y, bueno, la verdad es que me importa tres pimientos lo que pase con su libro, que no lo pienso leer. Y es que hay gente que me da lo mismo que se haga famosa o que se pudra en el anonimato. Por mí que le vaya bien, o mal, en ese mundo tan suyo donde vive, que desde luego que yo no pienso asomar la cabeza por ahí.


Gorka Díez
Periodista