| Es morena y guapilla, o guapa, según se
la mire, aunque si es de frente o de perfil el resultado siempre
será satisfactorio para el paladar.
Es cierto que por encima de todo es actriz, y que cuenta cosas
interesantes sobre el cine, pero a mí me llaman más
la atención toda otra serie de anécdotas sobre sí
misma que le he oído confesar en algunos medios de comunicación.
Por ejemplo, leo en ‘Fotogramas’ y en ‘El País’
que antes de interpretar a Raquel en ‘Lo mejor de mí’
(un filme que se estrenará próximamente en las salas
comerciales y donde ella tiene su primer papel protagonista en el
cine, que no en la vida, donde supongo que en más de una
ocasión le habrá tocado la difícil, aunque
apasionante, tarea de llevar el timón) tuvo muchos trabajos,
entre ellos el de camarera en un bar, empleo que le llevó
a pensar en tirar la toalla de sus sueños de ser actriz,
que son unos sueños muy caros. Afortunadamente, la fortuna
se puso de su parte y le dio un hueco en la gran pantalla. Bravo
por la fortuna.
También leo que no hay nada de lo que se arrepienta o que
al menos no le haya valido para algo. “De todo se aprende”,
dice con inteligencia, yendo un poco más allá de aquella
emocionante canción de la siempre emocionante Edith
Piaf.
Y comenta asimismo que de pequeña admiraba a sus hermanos
mayores, de quienes no puedo opinar porque no tengo el gusto de
conocerles, y también a un personaje que sí que me
suena, Espinete: aquel erizo que vivía en un barrio muy familiar
con nombre de pan de hamburguesa donde también residían
un vendedor de caramelos, un panadero y un tal Don Pinpon, aunque
este último no recuerdo en qué trabajaba.
Y, puesto que no es muy alta de estatura (aunque eso qué
importa para que sea guapa y buena actriz) comenta que una de las
cosas que no le gustan es que se le ponga delante alguien más
alto en los conciertos. Y tiene toda la razón del mundo:
los tipos de ciertas dimensiones deberían agacharse cuando
van a ver música en directo. Incluso cuando van a misa, si
es que van alguna vez, claro, que a ver para qué.
Lo cierto es que me gustan sus declaraciones. A finales de noviembre
tuve el honor de entrevistarle para ‘La Tribuna de Cuenca’
tras la proyección de ‘Lo mejor de mí’
en la inauguración de la segunda edición de la Semana
Internacional de Cine de Cuenca, y la verdad que me pareció
una chica muy natural, muy de la calle en el mejor sentido, con
un corazón que, aunque no he tocado, me parece tan grande
como el personaje al que da vida en la opera primera de
Roser Aguiler.
Confieso que la película en cuestión no me gustó
mucho: me parece bien rodada y mejor interpretada, pero la historia
que narra no me la creo, más que nada porque no entiendo
cómo la bella y encantadora chica a la que da vida la no
menos bella y encantadora Marian esté tan prendada de un
tipo que en ningún momento da muestras de merecer ni la mitad
de su amor y que, para colmo, hace atletismo (deporte que practiqué
en su día y que, por tanto, abomino: demasiado sacrificio
para ningún dinero).
Pero, en fin, reconozco que ella está genial, intachable,
en su papel. Le avala no sólo mi opinión, sino el
Leopardo de Plata a la Mejor Actriz en el pasado Festival de Locarno
y las numerosas lamentaciones que se han escuchado estos días
después de que no fuera nominada para los Goya.
Lo siento por los asiduos a los bares, entre quienes me incluyo,
pero no creo que podamos volver a verla sirviendo copas en un bar.
Lo suyo da para más, con todos mis respetos para todos los
camareros y camareras: tiene demasiado talento para ser actriz como
para dedicarse a otros menesteres. Que la fortuna la siga acompañando,
que el cine lo merece.
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