| Parece que fue ayer cuando Zapatero, para sorpresa
de todos, o quizá no tanto, logró la victoria en aquellas
elecciones generales empañadas por el luto del terrorismo,
el cual impidió una celebración que muchos llevábamos,
cuando menos, cuatro años aguardando. Aquello fue una pena,
la verdad, porque nos robaron el día más alegre de
todo cambio de Gobierno, que como el de unas vacaciones siempre
es el primero. Después se empiezan a amontonar las decepciones.
Parece que fue ayer pero de eso hace ya cuatro años, de
modo que todos somos un poco más viejos, que no necesariamente
más sabios. Ahí están por ejemplo quienes empezaron
la legislatura a grito pelado y a grito pelado la han terminado.
En el caso de que gobiernen, todo indica que también lo harán
a grito pelado, así que confío en que las urnas no
propicien la victoria del berrido. Nuestra capacidad auditiva está
en juego.
El problema está en que, por más que nos pese, toda
esa gente tiene sus seguidores, y sus gritos no sólo provocan
repulsa, sino también aplausos. Y, si son capaces de convencer,
evidentemente también están capacitados para vencer
la guerra de las urnas.
En el aspecto de la demagogia, desde luego, se las saben todas,
como cuando nos sueltan eso de que el aborto es un crimen. No digo
que no lo sea, pero hay veces en que el aborto es lo mejor que le
puede pasar al hijo que no va a nacer. Porque a ver qué sentido
tiene asomar la cabeza para ir a parar al regazo de unos padres
que no saben ni cuidar de sí mismos.
Nos dirán, también, que el matrimonio está
en peligro de extinción. Y a lo mejor aciertan. Pero el problema
no es ese, sino que haya maridos que maten a sus mujeres a golpes.
Es cierto que el Gobierno saliente no ha logrado acabar con el maltrato
a pesar de la Ley Integral contra la Violencia de Género,
pero es que no se puede acabar de un día para otro con tantos
años de educación católica, de tener metido
en la cabeza eso de que la mujer se debe a su marido y el matrimonio
es para siempre.
Y, como últimamente están haciendo, nos repetirán
hasta la saciedad que el español medio tiene más dificultades
que hace cuatro años para llegar a fin de mes. Y acertarán,
desde luego, pero lo que no dirán es que quien más
ha contribuido al alza de los precios es la codicia de los empresarios
que votan derecha. Entre ellos, ese señor que ahora presentan
como número dos al Congreso por Madrid, que si tiene tanto
dinero que lo reparta, que es la mejor política que puede
hacer por España.
Lo mismo que hace cuatro años, me temo que no nos queda
otra que votar, aunque sea tapándonos la nariz. Es cierto
que tenemos derecho a no hacerlo, pero si no votamos luego no nos
quejemos de que los tanques han entrado en el Congreso. La democracia
es algo que, del mismo modo que hemos conseguido, también
podemos perder. Y hay que cuidarla día a día para
que no se marchite más de lo que la hemos marchitado por
incompetencia de todos.
Ya sé que Zapatero no es perfecto, que el socialismo del
PSOE tiene bien poco de izquierdas y menos de socialismo, pero cuando
no sólo no hay alternativa mejor, sino que la alternativa
es tan rastrera, hipócrita y engreída, hay que quedarse
con lo menos malo. A fin de cuentas, hay muchas cosas en la vida
que no nos gustan, pero que hacemos porque es lo mejor que podemos
hacer, como trabajar, limpiar la casa o ver a determinados familiares.
Hacer una más qué importa si a cambio la virgencita
nos permite seguir como estamos, que no es poco.
Ojalá la victoria socialista se repita y, esta vez sí,
podamos celebrarlo por la noche en un bar de copas y descorchar
champagne hasta la madrugada. Aunque al día siguiente la
resaca sea enorme y empecemos a sentir la decepción de la
política, tan inevitable como la muerte.
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