| Hay en Cuenca un curioso quiosquero ubicado en el
céntrico Xúcar que tiene a la vista los dos periódicos
locales, ‘La Tribuna’ y ‘El Día’,
los deportivos y los tres diarios de tirada nacional digamos de
derechas: ‘El Mundo’, el ‘Abc’ y ‘La
Razón’. Cuando me paso por ahí tengo comprobado
que casi todos sus clientes, muchos de ellos ya jubilados, se decantan
por alguno de esos periódicos a ojos de todos. Yo hay ocasiones
que también, pero a veces le pregunto que a ver si no tiene
‘El País’ o ‘Público’, a lo
que me responde que sí y me los saca de dentro. Pero casi
siempre lo hace frunciendo el ceño, y hasta me lanza alguna
que otra indirecta, como si le jodiera venderme un diario que según
deduzco por sus comentarios considera un panfleto inmoral que se
está cargando nuestro país, o al menos el concepto
que él tiene de país.
Recuerdo que una vez, por equivocación, le pedí ‘El
Mundo’ y, cuando rápidamente rectifiqué y le
dije que perdonara, que lo que quería era ‘El País’,
me soltó, con indignación, algo así como un
“¡Vaya cambio!”, mientras le daba una nueva calada
a su puro. Yo, por no discutir, me crucé de hombros y le
dije que ya compraría ‘El Mundo’ en otra ocasión.
Que a mí a fin de cuentas me gustan todos los periódicos.
En mi pueblo, Errenteria, pasa algo parecido, ya no con determinados
diarios de tirada nacional, sino con todos ellos: la ideología
nacionalista de ciertos vendedores, o quizá el miedo, les
lleva a tener sólo a la vista ‘El Diario Vasco’,
el ‘Deia’, el ‘Gara’ o ‘Noticias de
Guipúzcoa’, mientras que ‘El País’,
‘Público’, ‘El Mundo’, el ‘Abc’
o ‘La Razón’ aguardan ocultos en la parte de
atrás, como si de material clandestino se tratara. Los deportivos
sí que están bien expuestos, porque son publicaciones
que van a otra cosa, aunque también es cierto que allí
tira mucho más ‘Mundo Deportivo’, supongo que
por eso de que se imprime en Cataluña y no en Madrid.
Lo cierto es que me parece muy bien que estos señores tengan
su ideología y sus preferencias lectoras, pero si venden
periódicos se deberían limitar a eso, a vender periódicos,
sean del tipo y del color que sean. Que en la variedad es donde
está su negocio.
Creo por otra parte que uno de los actos más hermosos de
este mundo es levantarse más o menos temprano y bajar al
quiosco a por el periódico del día, sea el que sea,
para después desayunar con sus noticias. Pero quiosqueros
como estos de los que hablo, que los hay por todos sitios, sólo
consiguen que empieces el día cabreado, recordando que habitamos
en un mundo dividido entre buenos y malos, derechas e izquierdas,
Dios y el diablo. Y así no hay manera de hacer las paces
con la vida.
Me temo que España nunca será un país libre
mientras sus ciudadanos no puedan comprar el periódico que
les venga en gana cuando les venga en gana y pasearlo después
por la calle, bajo el brazo, sin estar a expensas de que el quiosquero
de turno o cualquier ciudadano con el que se cruce le reproche la
orientación de su lectura. El problema está en que
cambiar estos prejuicios que llevan tantos años instalados
entre nosotros parece tan complicado como lograr que Rajoy y Zapatero
coincidan en sus políticas y, a los intereses de sus respectivos
partidos, antepongan los de nuestro país, España,
este “intratable pueblo de cabreros”, “este país
de todos los demonios”, que decía Jaime Gil de Biedma.
Pero, citando de nuevo al poeta, me temo que mientras no expulsemos
fuera estos demonios los españoles no podremos ser, jamás,
dueños de nuestra historia. Ni siquiera de nosotros mismos.
Ay, país.
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