| Ante mis allegados siempre he confesado que me
avergüenzo de no haber nacido francés, pero lo cierto
es que me alegro de la maldición de ser español desde
que ese tal Sarkozy es presidente de la República
gala.
Aunque, como a casi todos, al principio me cayó simpático
ese señor bajito pero estirado, sabelotodo y sonriente, de
sabios, e incluso de tontos, es rectificar, y yo, que supongo que
estoy entre medias de la sabiduría y de la estupidez, no
he tardado en calarle a Sarkozy su prepotencia y su chulería,
su afán por aparentar y ser portada más que un buen
presidente para todos y todas, que se dice.
Después de sus muchas declaraciones y de sus muchas más
imágenes retransmitidas por medios de comunicación
de prestigio y del corazón, creo que este galo de cabeza
grande y piernas pequeñas tiene mucha forma pero poco fondo,
mucha jeta y no tanta inteligencia como nos hizo creer en aquel
debate cara a cara con la socialista Ségolène Royal
que retransmitieron en TVE y donde supo cómo hacer que su
oponente se exaltara más de lo recomendable y con ello perdiera
sus mínimas posibilidades de hacerse con las riendas del
país de Baudelaire, de Zola,
de Houellebecq, de Zidane.
Yo desde luego que no puedo compartir la ideología de un
hombre dispuesto a suprimir la conquista social de las 35 horas
semanales, lo cual me parece uno de los mayores retrocesos sociales
que se pueden hacer en estos tiempos donde las nuevas tecnologías
nos brindan la posibilidad de producir más en menos tiempo
y poder disfrutar más de esos instantes de felicidad que
sólo el ocio sabe cómo darnos.
Y qué miedo me da cuando dice eso de que hay que ser ambiciosos
en la vida. Porque no digo que no haya que esforzarse, que cada
uno tiene que intentar dar lo mejor de sí en la oficina y
en casa (sobre todo en casa), pero una cosa es el esfuerzo y otra
la ambición, la cual lo que acaba produciendo es una competitividad
desorbitada, una guerra de todos contra todos y que el último
pague la cuenta.
Más que como a un presidente a Sarkozy lo veo, la verdad,
como a un concursante del Gran Hermano, que cómo se explica
si no que hayamos asistido en vivo y en directo a su divorcio, a
sus vacaciones en Egipto, a su footing mañanero, a sus paseos
en yate y su segunda boda con mi ya no tan admirada Carla
Bruni, que aunque es verdad que el amor pesa más
que una ideología para mí tiene pecado atreverse a
musicar poemas para luego ir a parar a brazos de un ricachón
más simple que un domingo por la tarde.
Al menos me alegro de que su popularidad haya bajado tantos enteros
que se ha convertido en el presidente francés peor valorado
de los últimos cincuenta años de Francia. Ojalá
dentro de tres años y medio, o lo que falten para las nuevas
elecciones generales francesas, los votantes expresen ese malestar
en las urnas, que es donde hay que escupir. Aunque quién
sabe. En todos los países hay gentes para todo y en eso nuestra
vecina Francia anda parecida a España. O eso me temo.
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| Los Goya
Nadie daba un euro por la victoria de ‘La soledad’ en
los Goya, ni siquiera las 41.000 personas que la habíamos
ido a ver al cine y salimos de la sala encantados y con los ojos
húmedos de un celuloide que parece tan real como la vida
misma. Sin embargo, contra todo pronóstico, el segundo filme
de Jaime Rosales se llevó el gato al agua,
y para colmo era un gato que sabe nadar, además de maullar,
claro.
La verdad es que me alegro, porque esto va a permitir que muchísimas
personas que no sabían ni de la existencia de esta cinta
puedan conmoverse con una historia que, por muy de culto que se
la pinte, es accesible a todos los públicos y puede gustar
por más que a su vez nos lo haga pasar un poco o un mucho
mal.
Me da pena que ‘Mataharis’, para mí la otra gran
película española del año, se haya ido de vacío,
pero siempre se ha dicho que los premios son injustos y al menos
a Icíar Bollaín no le hace falta
tanta repercusión mediática como al hasta la gala
de los Goya desconocido Jaime Rosales.
Lo que más me gusta de la victoria de ‘La soledad’,
no obstante, es que los renegados del cine español, que todos
los años se cuentan por miles, se hayan quedado sin argumentos
para criticar nuestro palmarés patrio. Porque ya no podrán
decir que las cintas ganadoras son una mierda o imitan a Hollywood.
‘La soledad’, desde luego, no cae en ninguna de esas
dos cosas, sino que es una gran maravilla. Aunque duela.
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