11 de febrero de 2008
Sarkozy
 

Ante mis allegados siempre he confesado que me avergüenzo de no haber nacido francés, pero lo cierto es que me alegro de la maldición de ser español desde que ese tal Sarkozy es presidente de la República gala.

Aunque, como a casi todos, al principio me cayó simpático ese señor bajito pero estirado, sabelotodo y sonriente, de sabios, e incluso de tontos, es rectificar, y yo, que supongo que estoy entre medias de la sabiduría y de la estupidez, no he tardado en calarle a Sarkozy su prepotencia y su chulería, su afán por aparentar y ser portada más que un buen presidente para todos y todas, que se dice.

Después de sus muchas declaraciones y de sus muchas más imágenes retransmitidas por medios de comunicación de prestigio y del corazón, creo que este galo de cabeza grande y piernas pequeñas tiene mucha forma pero poco fondo, mucha jeta y no tanta inteligencia como nos hizo creer en aquel debate cara a cara con la socialista Ségolène Royal que retransmitieron en TVE y donde supo cómo hacer que su oponente se exaltara más de lo recomendable y con ello perdiera sus mínimas posibilidades de hacerse con las riendas del país de Baudelaire, de Zola, de Houellebecq, de Zidane.

Yo desde luego que no puedo compartir la ideología de un hombre dispuesto a suprimir la conquista social de las 35 horas semanales, lo cual me parece uno de los mayores retrocesos sociales que se pueden hacer en estos tiempos donde las nuevas tecnologías nos brindan la posibilidad de producir más en menos tiempo y poder disfrutar más de esos instantes de felicidad que sólo el ocio sabe cómo darnos.

Y qué miedo me da cuando dice eso de que hay que ser ambiciosos en la vida. Porque no digo que no haya que esforzarse, que cada uno tiene que intentar dar lo mejor de sí en la oficina y en casa (sobre todo en casa), pero una cosa es el esfuerzo y otra la ambición, la cual lo que acaba produciendo es una competitividad desorbitada, una guerra de todos contra todos y que el último pague la cuenta.

Más que como a un presidente a Sarkozy lo veo, la verdad, como a un concursante del Gran Hermano, que cómo se explica si no que hayamos asistido en vivo y en directo a su divorcio, a sus vacaciones en Egipto, a su footing mañanero, a sus paseos en yate y su segunda boda con mi ya no tan admirada Carla Bruni, que aunque es verdad que el amor pesa más que una ideología para mí tiene pecado atreverse a musicar poemas para luego ir a parar a brazos de un ricachón más simple que un domingo por la tarde.

Al menos me alegro de que su popularidad haya bajado tantos enteros que se ha convertido en el presidente francés peor valorado de los últimos cincuenta años de Francia. Ojalá dentro de tres años y medio, o lo que falten para las nuevas elecciones generales francesas, los votantes expresen ese malestar en las urnas, que es donde hay que escupir. Aunque quién sabe. En todos los países hay gentes para todo y en eso nuestra vecina Francia anda parecida a España. O eso me temo.


Los Goya

Nadie daba un euro por la victoria de ‘La soledad’ en los Goya, ni siquiera las 41.000 personas que la habíamos ido a ver al cine y salimos de la sala encantados y con los ojos húmedos de un celuloide que parece tan real como la vida misma. Sin embargo, contra todo pronóstico, el segundo filme de Jaime Rosales se llevó el gato al agua, y para colmo era un gato que sabe nadar, además de maullar, claro.

La verdad es que me alegro, porque esto va a permitir que muchísimas personas que no sabían ni de la existencia de esta cinta puedan conmoverse con una historia que, por muy de culto que se la pinte, es accesible a todos los públicos y puede gustar por más que a su vez nos lo haga pasar un poco o un mucho mal.

Me da pena que ‘Mataharis’, para mí la otra gran película española del año, se haya ido de vacío, pero siempre se ha dicho que los premios son injustos y al menos a Icíar Bollaín no le hace falta tanta repercusión mediática como al hasta la gala de los Goya desconocido Jaime Rosales.
Lo que más me gusta de la victoria de ‘La soledad’, no obstante, es que los renegados del cine español, que todos los años se cuentan por miles, se hayan quedado sin argumentos para criticar nuestro palmarés patrio. Porque ya no podrán decir que las cintas ganadoras son una mierda o imitan a Hollywood. ‘La soledad’, desde luego, no cae en ninguna de esas dos cosas, sino que es una gran maravilla. Aunque duela.


Gorka Díez
Periodista