| Leí el otro día que la libertad es
algo así como poder faltar a la cena a la que uno está
invitado sin tener que dar excusas.
Yo, que soy uno de esos que ha tenido que ir a tantas cenas, comidas
y meriendas por mero compromiso, o que se ha visto obligado a inventar
excusas amables para ausentarse de ellas, evidentemente me identifico
con la frase, supongo que como casi todo el mundo, que a nadie le
gusta hacer nada a la fuerza, aunque a menudo trague.
Creo que esta afirmación da en la diana y me vuelve a confirmar
algo que ya sabía desde hace tiempo: que nuestros actos dependen
de las miradas de los otros, de las esperanzas que hemos depositado
en nuestros allegados y del miedo a defraudar, de los sentimientos
que tenemos o que jamás tendremos, del cariño (o el
odio) que nos procesan nuestras parejas, de la educación
que hemos recibido, de la cultura, de la nacionalidad, del sexo,
de la edad (siempre cambiante pero siempre condicionante), de los
vicios y de los sentimientos de culpa, de la hora del día
o de la noche, de los políticos que nos gobiernan, de los
que no (que por algo será), de la puta televisión,
del tipo que nos mira en el espejo y nos lanza una sonrisa idiota,
a juego con el entorno.
“Tenemos tantos condicionantes que a lo mejor somos mucho
más de lo que nos creemos. O quizá lo que ocurre es
que no somos nada. A lo mejor es que sin libertad no hay nosotros”,
recuerdo que me dijo hace cosa de dos años un amigo mío
que estaba de la olla, que si no a ver cómo se explica que
fuera soltando por ahí ese tipo de cosas en vez de limitarse
a hablar de fútbol o poner a parir al Gobierno, que es lo
que hace todo el mundo.
Recuerdo que profundicé bastante en la cuestión de
la libertad en mi ensayo de fin de carrera, donde analicé
el pensamiento del filósofo Isaiah Berlin, quien venía
a decir que el ser humano tiene tantos condicionantes que su margen
de libertad es mínimo, pero insistía en que, a pesar
de todo, existe dicho margen, y a él es al que tenemos que
agarrarnos cuando nos toca tomar decisiones en las que nos jugamos
el futuro, que hay desvíos que hay que tomar o dejar a la
derecha para llegar a un lugar en el mundo.
Con tantas cosas como determinan nuestros actos, nos queda otra
que apechugar con todo lo que somos, que es mucho aunque nos haga
poco. Y, si queremos ir un poco más allá y ser fieles
a nuestro yo más profundo, nuestro deber pasa por tomar las
decisiones que la vida nos depara buscando un equilibrio entre nuestros
múltiples condicionantes y eso que es sólo nos pertenece
a nosotros, que es poco pero existe. Sólo así podremos
decir que somos, en cierta medida, libres.
Ahora que se acercan las elecciones, y que se supone que podemos
votar con total libertad, que España es una democracia, o
eso nos dicen, recordar que nuestra capacidad de elección
está tan condicionada por lo que nos rodea me hace pensar
en que la mayoría de los votantes, independientemente de
las propuestas que hagan los distintos candidatos, acabaremos depositando
nuestra confianza en aquel que sentimos más próximo
a nuestro entorno, a nuestro día a día, a nuestra
educación, a nuestra cultura, etcétera, etcétera.
Por eso supongo que la mayoría de los ricos votarán
a Rajoy, la mayoría de los pobres al PSOE o IU y gran parte
de la clase media, que somos casi todos, a la derecha o a la izquierda:
la decisión final dependerá de si nos consideramos
más ricos o más pobres, más incultos o más
sensibles a la cultura, más empresarios o más trabajadores,
más apegados a las costumbres de la patria o más ansiosos
de modernidad.
Pero, independientemente de todo eso, hay alrededor de un uno
por ciento de nosotros donde no hay condicionante posible y que,
en base a cuestiones como nuestro sentido común o un meditado
repaso a lo sucedido en la España de los últimos cuatro
años, nos permitirá sacarnos del sombrero un voto
independiente, nuestro, reflexionado, libre.
Personalmente, me da la impresión de que ese uno por ciento
daría la victoria a la izquierda, pero para ello haría
falta que los votantes ricos, los votantes pobres y los votantes
de clase media hiciéramos uso de él, cosa complicada
en esta sociedad de usar y tirar donde una imagen vale más
que mil reflexiones.
Pero, bueno. A fin de cuentas la izquierda también puede
ganar por la vía de los condicionantes. Porque hoy por hoy
España tiene muchos más pobres que ricos y en líneas
generales está mucho mejor visto Zapatero que Rajoy. Es cierto
que si el optimista-ingenuo de ZP sale reelegido quizá su
victoria no sea la victoria de la libertad, pero a fin de cuentas
qué importa eso con tal de que pierda Rajoy. Hasta Carrillo
ha dicho que no queda otra que votar al PSOE, que ya es decir. La
de condicionantes que ha tenido que dejar a un lado para pronunciarse
en libertad. Eso sí que es actuar en base al criterio de
uno mismo y tener un buen par de cojones. A ver si el resto de españoles
los tenemos también.
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