25 de febrero de 2008
La libertad o los huevos de Carrillo
 

Leí el otro día que la libertad es algo así como poder faltar a la cena a la que uno está invitado sin tener que dar excusas.

Yo, que soy uno de esos que ha tenido que ir a tantas cenas, comidas y meriendas por mero compromiso, o que se ha visto obligado a inventar excusas amables para ausentarse de ellas, evidentemente me identifico con la frase, supongo que como casi todo el mundo, que a nadie le gusta hacer nada a la fuerza, aunque a menudo trague.

Creo que esta afirmación da en la diana y me vuelve a confirmar algo que ya sabía desde hace tiempo: que nuestros actos dependen de las miradas de los otros, de las esperanzas que hemos depositado en nuestros allegados y del miedo a defraudar, de los sentimientos que tenemos o que jamás tendremos, del cariño (o el odio) que nos procesan nuestras parejas, de la educación que hemos recibido, de la cultura, de la nacionalidad, del sexo, de la edad (siempre cambiante pero siempre condicionante), de los vicios y de los sentimientos de culpa, de la hora del día o de la noche, de los políticos que nos gobiernan, de los que no (que por algo será), de la puta televisión, del tipo que nos mira en el espejo y nos lanza una sonrisa idiota, a juego con el entorno.

“Tenemos tantos condicionantes que a lo mejor somos mucho más de lo que nos creemos. O quizá lo que ocurre es que no somos nada. A lo mejor es que sin libertad no hay nosotros”, recuerdo que me dijo hace cosa de dos años un amigo mío que estaba de la olla, que si no a ver cómo se explica que fuera soltando por ahí ese tipo de cosas en vez de limitarse a hablar de fútbol o poner a parir al Gobierno, que es lo que hace todo el mundo.

Recuerdo que profundicé bastante en la cuestión de la libertad en mi ensayo de fin de carrera, donde analicé el pensamiento del filósofo Isaiah Berlin, quien venía a decir que el ser humano tiene tantos condicionantes que su margen de libertad es mínimo, pero insistía en que, a pesar de todo, existe dicho margen, y a él es al que tenemos que agarrarnos cuando nos toca tomar decisiones en las que nos jugamos el futuro, que hay desvíos que hay que tomar o dejar a la derecha para llegar a un lugar en el mundo.

Con tantas cosas como determinan nuestros actos, nos queda otra que apechugar con todo lo que somos, que es mucho aunque nos haga poco. Y, si queremos ir un poco más allá y ser fieles a nuestro yo más profundo, nuestro deber pasa por tomar las decisiones que la vida nos depara buscando un equilibrio entre nuestros múltiples condicionantes y eso que es sólo nos pertenece a nosotros, que es poco pero existe. Sólo así podremos decir que somos, en cierta medida, libres.

Ahora que se acercan las elecciones, y que se supone que podemos votar con total libertad, que España es una democracia, o eso nos dicen, recordar que nuestra capacidad de elección está tan condicionada por lo que nos rodea me hace pensar en que la mayoría de los votantes, independientemente de las propuestas que hagan los distintos candidatos, acabaremos depositando nuestra confianza en aquel que sentimos más próximo a nuestro entorno, a nuestro día a día, a nuestra educación, a nuestra cultura, etcétera, etcétera.

Por eso supongo que la mayoría de los ricos votarán a Rajoy, la mayoría de los pobres al PSOE o IU y gran parte de la clase media, que somos casi todos, a la derecha o a la izquierda: la decisión final dependerá de si nos consideramos más ricos o más pobres, más incultos o más sensibles a la cultura, más empresarios o más trabajadores, más apegados a las costumbres de la patria o más ansiosos de modernidad.

Pero, independientemente de todo eso, hay alrededor de un uno por ciento de nosotros donde no hay condicionante posible y que, en base a cuestiones como nuestro sentido común o un meditado repaso a lo sucedido en la España de los últimos cuatro años, nos permitirá sacarnos del sombrero un voto independiente, nuestro, reflexionado, libre.

Personalmente, me da la impresión de que ese uno por ciento daría la victoria a la izquierda, pero para ello haría falta que los votantes ricos, los votantes pobres y los votantes de clase media hiciéramos uso de él, cosa complicada en esta sociedad de usar y tirar donde una imagen vale más que mil reflexiones.

Pero, bueno. A fin de cuentas la izquierda también puede ganar por la vía de los condicionantes. Porque hoy por hoy España tiene muchos más pobres que ricos y en líneas generales está mucho mejor visto Zapatero que Rajoy. Es cierto que si el optimista-ingenuo de ZP sale reelegido quizá su victoria no sea la victoria de la libertad, pero a fin de cuentas qué importa eso con tal de que pierda Rajoy. Hasta Carrillo ha dicho que no queda otra que votar al PSOE, que ya es decir. La de condicionantes que ha tenido que dejar a un lado para pronunciarse en libertad. Eso sí que es actuar en base al criterio de uno mismo y tener un buen par de cojones. A ver si el resto de españoles los tenemos también.


Gorka Díez
Periodista