| Supongo que habré visto un debate distinto
al de ciertos ‘opinadores’ de la cosa política
española. Porque desde luego que para mí el presidente
ganó de largo el primer debate de cara a las elecciones del
9-M, aunque sólo sea por eso de que en el país de
los ciegos el tuerto es el rey. Y no sólo ganó de
goleada él, sino que también lo hicieron los principios,
la ética, la dignidad, la civilización, el diálogo,
la humanidad, la coherencia, la honestidad, la fe en el ser humano
y en una patria, España, que debería estar muy por
encima de quien la gobierne o desgobierne pero que me temo que correría
el riesgo de desintegrarse si fuera liderada por la charlatanería,
la demagogia, la crispación, la falta de respeto, la incultura,
la frustración, la maldad, el afán de revancha, la
xenofobia y la impotencia de Rajoy.
Así que no entiendo cómo pueden decir por ahí
que ese señor de mirada desorientada y barba ridícula
le puso a Zapatero contra las cuerdas en varias ocasiones, cuando
para mí lo único que hizo fue repetir los lugares
comunes que lleva repitiendo durante toda la legislatura, que está
visto que para él cuatro años no han sido suficientes.
Como era de prever, volvió a caer en miles de actitudes
indignas, como cuando se atrevió a menospreciar a las personas
que perdieron familiares en la guerra civil descalificando esa Ley
de la Memoria Histórica que según sus palabras “no
interesa a nadie”. O cuando acusó a ZP de haber agredido
a las víctimas del terrorismo: puede que sea lícito
pensar que en algún momento no tuvo con ellas la consideración
que se merecen, pero de ahí al ataque hay un buen trecho.
Lo mismo que de la tensión en vísperas de unas elecciones
a una crispación que durante cuatro años nos ha intentado
sacar de quicio a todos, y de hecho lo ha conseguido, que si no
cómo se explica que cada vez que escriba del PP lo haga cabreado.
A ZP, sus adversarios le achacaron haber recurrido con demasiada
insistencia a la anterior legislatura del PP, pero qué mejor
manera de poner con el culo al aire los argumentos de quien ahora
pretende levantar un muro contra la inmigración que recordando
que cuando fue ministro del Interior bastaba presentar un bono-bus
para conseguir los ansiados ‘papeles’. Por supuesto,
también me gustó que puntualizara que la ‘negociación’
con ETA no ha conllevado ni una sola concesión en la presente
legislatura y es algo que ha existido en todos los gobiernos de
la democracia. Y me gustó también que viniera a decir
que poco puede saber de Cultura quien, pese a haber sido ministro
de la cosa, se dedica a denostar a nuestros sabinas, serrates, bardenes
y compañía.
Ni siquiera me convencen ciertos ‘opinadores’ cuando
dicen que Rajoy supo combatir la macroeconomía gubernamental
con los precios de la calle, como si las estadísticas que
manejó para decirnos en qué porcentaje han subido
el pollo o el pan las hubiera elaborado él personalmente
acudiendo semanalmente al mercado. Al final los dos tiraron de estadística,
pero al menos ZP no intentó engañar a la televisión
mostrando el lado humano que a todo político le falta.
No sé qué nos deparará el debate de esta semana,
pero supongo que la cosa se andará por similares derroteros.
Porque Rajoy, además de no tener más ideas que la
acusación perpetua y la demagogia, ni siquiera tiene formas
para combatir al a su lado todopoderoso ZP: apenas sabe hablar sin
leer, se traba miles de veces y es incapaz de mantener la boca cerrada
cuando no habla (hasta se le ve la lengua) y de mantenerle la mirada
a la cámara.
Que vaya pensando en la jubilación ese señor que
no sabemos a santo de qué está metido en política
cuando en su partido es imposible que no haya cuando menos una decena
de personas, por no decir centenares, mejores que él. Empezando,
por supuesto, por Gallardón, que ojalá hubiera sido
la persona con la que en estos días se hubiera encontrado
en frente ZP. Porque en tal caso habríamos tenido garantizado
unos debates que no fueran un insulto a la inteligencia, a la cultura,
a la dignidad, a la civilización, a la ética. En tal
disyuntiva, ni siquiera importaría tanto quién ganara
o quién perdiera el 9 de marzo, que seguro que ninguno de
los dos lo haría mal.
Pero el caso es que la única alternativa posible es Rajoy,
con lo cual sí que corremos el riesgo de que gane alguien
capaz de hacerlo rematadamente mal en nombre de una España
que no es la de todos. Creo que este país no se merece eso,
pero habrá que votar para evitarlo. De nosotros depende.
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A siete
Pero una cosa es el debate a dos y otra el debate a siete. En este
otro formato de propaganda electoral las siglas de PSOE y PP se
mantienen, pero cambian sus líderes. Y si quien representa
al primero es un tipo caduco con los lugares comunes y la demagogia
como único recurso, como para mí es el señor
Ramón Jáuregui, y en cambio a los ‘populares’
les representa alguien tan calmado, respetuoso y dialogante como
Esteban González Pons, no puedo sino quitarme el sombrero
ante el segundo y echar todas mis pestes hacia el representante
socialista y, sobre todo, hacia esos líderes del partido
que le han elegido una vez más para representar la ideología
de Zapatero por televisión. Que se limiten a pagarle una
buena jubilación.
La oratoria de Jáuregui me hace recordar que, como sigo
empadronado en el País Vasco, no me queda otra que votar
por la circunscripción de Guipúzcoa, lo cual me obliga
tener que favorecer a otro de esos socialistas a los que no puedo
ni ver: Miguel Buen, ese tipo de apariencia bonachón pero
más simple que un huevo frito, aunque lo que precisamente
le falta es un buen par de huevos para defender la libertad en Euskadi.
Valga como ejemplo que cuando era alcalde de mi pueblo, localidad
que cuando nací se llamaba Rentería, se bajó
tanto los pantalones ante los nacionalistas que no se limitó
a aceptar, como hubiera sido lo lógico, que al nombre de
Rentería se le uniera el vasco Errenteria, para que cada
cual se refiriera a esta localidad como quisiera, sino que impuso
el segundo y nos dejó a sus habitantes sin historia.
El caso es que el susodicho ya lleva unas cuantas metidas de pata
en esta antesala electoral, como cuando apuntó que el Gobierno
volvería a negociar con ETA “si se volvieran a dar
las condiciones adecuadas”. Para colmo, no hizo estas declaraciones
de forma improvisada, que cuando se improvisa todo puede pasar,
sino leyendo un discurso previamente escrito (y se supone que reflexionado).
Por cierto, para colmo lo leyó atropelladamente, con menos
naturalidad que la de Rajoy con el cuento de la niña esa.
El PSOE le pidió que rectificara por aquellas declaraciones,
pero lo que debería hacer es impedir que un tipo que, aunque
puedo equivocarme, a mí me parece un tonto, le represente
en unas elecciones generales. No me queda otra que votarle tapándome
con un dedo, o dos, mi castigada nariz. Y confiar en que esta sea
la última vez que me vea obligado a dar mi voto a Miguel
Buen. Que lo cambien, como a Rajoy, que cualquier otro militante
de sus respectivos partidos lo puede hacer mejor. Peor, la verdad,
es imposible.
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