| En cuanto cae en mis manos un periódico,
lo primero que leo es la columna de la contraportada: no concibo
‘El País’ de los viernes sin Millás ni
‘El Mundo’ sin ese Raúl del Pozo a quien Umbral
nombró su sucesor natural, y todavía añoro
aquella parte de atrás del ‘Diario 16’ donde
Alvite dejaba libres a esos fantasmas del ‘Savoy’ para
quienes la vida es algo así como dar vueltas a la aceituna
del martini.
Pero gracias al ciclo de humoristas gráficos que ha organizado
la UIMP en Cuenca, me he hecho también adicto a esos otros
periodistas que son capaces de plasmar la actualidad en una viñeta
de escasas dimensiones. Y mi favorito, sin duda, es ‘El Roto’,
ese Andrés Rábago capaz de hacernos reflexionar con
un dibujo que se puede degustar en un par de segundos pero que deja
un poso que va mucho más allá de las limitaciones
del tiempo.
El otro dio una conferencia en Cuenca y puede verle la cara a
ese ser humano que lleva años escondiéndose detrás
de los seudónimos, ya sea ‘El Roto’ u ‘Ops’,
pero que un día sí y otro también consigue
dar en la diana de la cruda realidad sin dejar de ser honesto consigo
mismo ni situarse por encima o por debajo de sus lectores, que somos
muchos.
Nunca le había escuchado hablar, y lo cierto es que me
encantó oírle decir cosas como que la libertad de
expresión no tiene por qué implicar que cada uno diga
lo que le venga en gana y de la manera en que le venga en gana,
sino que hay cosas que merecen la pena ser contadas y cosas que
no, y formas de decirlas y formas que pueden desvirtuar totalmente
el significado de lo que queremos decir. No mencionó en ningún
momento aquella portada de ‘El Jueves’ en la que los
Príncipes aparecían haciendo el amor como animales,
que probablemente sea como haya que hacer el amor, pero advirtió
de que hay humoristas gráficos cuya chabacanería no
contribuye para nada a engrandecer la libertad de expresión
y la democracia, sino a restar valor a ambas y degradar las posibilidades
de comunicación del ser humano.
Las palabras de ‘El Roto’ me recordaron a David Trueba,
quien en su segunda novela, ‘Cuatro amigos’, venía
a decir que, escudados en el derecho a su libertad de expresión,
hay gente que suelta tantas gilipolleces al cabo del día
que lo que debería hacer es meterse su derecho a la verborrea
por el culo.
Supongo que yo también creo en eso de que debe haber limitaciones,
que la libertad no lo es todo, que debemos exigirnos a nosotros
mismos cada vez que escribimos o decimos algo, que hay unas reglas
que están ahí para respetarlas cuando nos dirigimos
a los otros, un gusto hacia las cosas y hacia la palabra, un camino
que seguir que no está impuesto por ley, pero al que deben
llevarnos el sentido común y el afán constructivo.
En fin. Yo creo que en el mundo hacen falta muchos más ‘El
Roto’ y muchos menos Rajoy, por poner dos ejemplos claros,
aunque hay muchos más.
Puesto que las costumbres son algo tan difícil de cambiar,
imagino que seguiré empezando los diarios por la columna
de la contraportada, pero después espero acordarme de acudir
a uno de esos chistes que con una sola idea nos puede hacer reflexionar
y ayudar a generar cientos de ideas propias. Es probable que las
nuestras nunca vayan a ser tan ingeniosas como la de ciertos dibujantes
gráficos, pero de lo que se trata es de darle un poco a la
cabeza, que siempre viene bien aunque corramos el riesgo de que
nuestros amigos nos tomen por locos. A fin de cuentas siempre habrá
alguno por ahí que este mucho más loco que nosotros.
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